Semillas bajo la piel

Capitulo 3 - El principio del caos

El día amaneció lentamente. El sol se asomaba por las cortinas de mi habitación, haciendo que el dolor de cabeza empeorara.
Después de lo que pasó en el gimnasio, pensé que todo volvería a la normalidad si dormía un poco, pero ese sueño se sintió demasiado real. La sensación seguía ahí, clavada en el pecho, como si algo estuviera esperando el momento exacto para suceder.
Me fui a bañar y a cambiarme. Desde mi habitación se escuchaban las voces llenas de alegría de mi hermano menor. Con solo pensarlo, sentí un poco de ánimo.

—¡¡¿Estás lista?!! —preguntó mi hermano con entusiasmo— ¡¡Vamos al festival!!

—Jajajaja, cálmate, Luck —dijo mamá.

—Jajaja, déjalo, mamá. Sí, ya estoy lista —respondí, despeinándolo—¿Papá ya alistó el coche?

—Sí —respondió mi mamá.

Nos dirigimos al coche y vimos a mi padre. Era un hombre alto y apuesto, con cabello color avellana y algunas canas. Sus ojos color miel siempre me parecieron llamativos. Claramente yo no había salido así. Me parecía más a mi madre: cabello negro con un ligero tono azulado, ojos oscuros y piel pálida. Mi hermano, en cambio, sí se parecía a papá.

—¿Están listos? —preguntó mi padre.

—¡Siii! —respondió mi hermano sin dudar.

Mi madre y yo asentimos.
Después de unos veinte minutos, por fin llegamos al festival.

—¿Estás segura de que estás bien? —preguntó mi mamá mientras caminábamos entre los puestos— Kael nos llamó y nos contó lo que pasó.

—Sí —mentí—, solo estoy un poco cansada.

Mi hermano iba unos pasos delante de nosotros, mirando todo con emoción, como si nada pudiera tocarlo. Catorce años, cero preocupaciones… qué vida la suya.
El festival estaba lleno: luces de colores, música, risas, gente chocando sin pedir disculpas. Todo era normal… hasta que volvió esa presión.
Me detuve en seco.

—Bleir —dijo papá—, ¿qué pasa ahora?

No supe qué responder. El aire se sentía pesado, igual que en el gimnasio.
Miré alrededor.
Fue entonces cuando lo vi.
Un hombre parado cerca de un puesto de luces. No se movía. No hablaba. Solo observaba. Su sonrisa era forzada, incorrecta, como si no supiera usarla.
Nuestros ojos se cruzaron.
¿Eran… dorados?
Un escalofrío me recorrió la espalda.

—No me siento bien —dije de golpe— ¿Podemos irnos?

—¿Pero…? —mi hermano frunció el ceño— Acabamos de llegar.

—¡Ahora! —insistí, tomando el brazo de mi mamá—Por favor.

No alcancé a decir nada más.
Un grito cortó el aire.
Las luces parpadearon. La música se detuvo de golpe. El suelo tembló ligeramente y la gente empezó a correr sin entender por qué.

—¡Mamá! —grité cuando alguien nos empujó.
Perdí su mano.

—¡Papá!
El caos explotó en segundos. Personas cayendo, empujones, gritos desesperados. Algo oscuro se movía entre la multitud, deslizándose como humo.
Corrí.
No sabía hacia dónde, solo corría.

—¡Mamá! ¡Papá! —volví a gritar.

Nadie respondió.
Un dolor fuerte me atravesó el tobillo y casi caigo.

—No… no ahora —murmuré, apretando los dientes.

Entonces lo sentí detrás de mí.
Giré.
La cosa era alta, completamente oscura, con ojos brillantes que no parecían humanos. No caminaba. Se deslizaba.
Mi cuerpo se congeló.

—¡Apártate! —gritó alguien.

Una figura pasó a mi lado y, en un solo movimiento, una katana atravesó al ser oscuro. La sangre se esparció por el suelo. Miré mis manos temblorosas y noté que era negra y espesa.
Todo ocurrió tan rápido que no pude procesarlo.
Me quedé ahí, temblando.

—¿Qué… qué era eso? —susurré.

El hombre de la katana no respondió de inmediato. Me observó unos segundos, como si evaluara algo, y luego habló.

—¿Los puedes ver? —preguntó con el ceño fruncido.

—¿V-ver qué? —mi voz temblaba.

—Las sombras… o como las llamamos nosotros, los Inukais —respondió, observándome con atención—. ¿Vienes de algún clan?

—¿Clan? No… —negué—, pero sí puedo verlos.

Sus ojos se abrieron levemente, sorprendido.

—Entonces esto es peor de lo que pensé —murmuró—. Escucha bien, niña. Esta ciudad ya no es un lugar seguro.

Sacó un pergamino del interior de su abrigo y lo puso en mis manos.

—Corre hacia el oeste. No te detengas.
Encontrarás un refugio oculto; cuando llegues, entrégale esto al anciano llamado Akal. El sabrá qué hacer.
Se giró un instante y señaló la oscuridad que se movía entre la gente.

—Y cuídate de ellos.

Antes de que pudiera decir algo más, desapareció entre el caos con una agilidad imposible, como un samurái sacado de una película.
Me quedé quieta solo un segundo, intentando entender qué demonios estaba pasando. No había tiempo para pensar.
Apreté el pergamino con fuerza y empecé a correr.
Mi pecho ardía y el tobillo protestaba con cada paso, pero no podía detenerme.
La ciudad ya no era un festival.
Mientras corría por el camino vi a demasiada gente. Rostros desconocidos, miradas llenas de miedo. No veía a mi familia por ningún lado. Quise volver, girar, buscarlos… pero mis piernas no me obedecían.
Ojalá estén en el refugio, pensé, aferrándome a esa idea como si fuera lo único que me mantenía en pie.

—¡AHHHH! —un grito desgarró el aire de repente.

Me giré.
La vi otra vez.
La sombra.
Esta vez estaba pegada a una niña pequeña, sus ojos vacíos, su cuerpo rígido, como si algo más la moviera.

—Matar… —murmuró la niña con una voz que no parecía suya.

Nadie más reaccionó. Nadie parecía verla.
En un segundo, la niña se lanzó contra su madre. Todo ocurrió demasiado rápido. La mujer cayó al suelo y, antes de que alguien pudiera ayudarla, otra sombra se aferró a ella.
La gente entró en pánico.
Gritos. Empujones. Pasos desordenados.
Al parecer solo veían las marcas, el desastre… pero no la causa.
Corrí, pero alguien me empujó y caí al suelo con fuerza. El aire se me escapó de los pulmones. Intenté levantarme, pero era demasiado tarde.
Eso se acercaba a mí.
Cada vez estaba más cerca, solo quedaron mis pensamientos.
¿Este es mi fin?
Luck…
Mamá… papá…




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