Semillas bajo la piel

Capitulo 5 - ¿Estoy lista?

A la mañana siguiente apenas pude descansar. Me levanté con el cuerpo pesado y la mente saturada. Mi hermano seguía dormido; lo observé unos segundos antes de dejarlo descansar un poco más.
Salí del hospedaje.
El refugio ya estaba despierto. Personas caminaban de un lado a otro con movimientos automáticos, cargando cajas, repartiendo comida, murmurando órdenes. Nadie sonreía. El aire olía a metal, a cansancio, a miedo contenido. Una mujer me observó desde lejos y luego se acercó.

—Hola. Me llamo Elena y me han mandado el señor.—dijo—. Te mostraré lo que harás a partir de ahora.
Asentí sin hacer preguntas. Nos estaban dando techo y seguridad; no estaba en posición de exigir nada. Caminamos hasta una zona donde varias personas cocinaban mientras otras lavaban platos. El sonido del agua golpeando el metal era constante, casi hipnótico.

Genial.

Me van a poner limpiar una mierda de trastos sucios.
—Desde hoy ayudarás aquí —dijo Elena—. Todos colaboramos. Y tienes un hermano que alimentar, ¿verdad?
—Sí, señorita —respondí.
— Suerte y ten bueno resto de día — dijo la señorita.

Se fue sin decir nada más. Las miradas se posaron en mí por unos segundos antes de volver a lo suyo. Aunque el miedo seguía presente, nadie se detenía. El movimiento era su forma de sobrevivir.
Los días pasaron.
Cinco.
No soñé.
Trabajé hasta que los brazos me ardían, hasta que el cansancio era lo único que ocupaba mi mente. Mi hermano comía. Eso era suficiente. Las sombras no aparecieron y el silencio llenaba todo mi lugar.
Esa noche, justo cuando el sueño comenzaba a arrastrarme, el mundo se deshizo.
No había paredes. No había cielo. Solo una calidez antinatural que me rodeaba, como si algo me sostuviera desde dentro.

—No puedes seguir escondiéndote —dijo una voz—. El frente te espera.
—¿El frente? —pregunté—. No entiendo.
—Lo harás. Tu lugar no está aquí.
Una figura apareció ante mí. Un hombre de mirada tranquila, rostro marcado por una cicatriz profunda. No imponía miedo. Imponía verdad y serenidad.
—Los clanes se están preparando —continuó—. Y tú no puedes llegar tarde.
—¿Quién eres? —alcancé a decir.
Sonrió apenas.
—Alguien que lo intento y lo volverá a intentar antes de descansar.
Desapareció.
Desperté sobresaltada.
Era de mañana.
El mensaje seguía ahí, clavado en el pecho como una certeza imposible de ignorar. Yo sabía pelear. Sabía resistir. No había nacido para esperar mientras otros morían, por algo estuve en boxeo por 6 años.
Fui a buscar al anciano.
Apenas crucé la puerta, él levantó la mirada. Sus ojos, opacos por la edad, se afilaron al verme.
—Te he estado esperando —dijo Akal.
—¿Cómo sabía que vendría? —pregunté, tensa.
Él no respondió de inmediato. Se levantó con calma, caminó hasta quedar frente a mí y extendió la mano. No me tocó, pero el aire vibró.
—Porque el poder no llega en silencio —dijo—. Y tú… haces demasiado ruido para alguien que intenta ocultarse.
Tragué saliva.
—Yo no sé de qué habla.
Akal sonrió, una sonrisa cansada, antigua.
—Aún no —respondió—. Pero las semillas siempre despiertan cuando el mundo empieza a sangrar.
Y entonces lo sentí.
Un pulso.
Un calor bajo la piel.
Akal bajó la voz.
—Si das un paso más… ya no habrá regreso.
La pregunta quedó flotando entre nosotros.
¿Estaba lista para ir al frente en verdad?

En otro lugar, entre desconocidos…

—Amo, Blimia está preparando para atacar. —anunció aquella voz, baja pero cargada de urgencia.
Hubo un breve silencio, pesado, como si el aire mismo contuviera la respiración.
—Al parecer hay un regalito que nos dejó mi querido hermano —respondió la voz imponente, con un deje de burla fría—. Asegúrate de que todo se haga correctamente. No quiero errores.
—Sí, señor —contestó la otra voz sin dudar, inclinándose levemente antes de retirarse.
Las sombras volvieron a adueñarse del lugar sin dejar ninguna luz.




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