Incliné apenas la cabeza. Fue un gesto mínimo, casi imperceptible, pero suficiente.
—Sí —respondí—. Acepto.
Durante un segundo no ocurrió nada. Luego, la voz imponente resonó otra vez, más grave, como si emergiera desde las paredes mismas. Juraría que sonreía en la oscuridad.
—Bien. Entonces enviaré al hombre que se encargará de tu entrenamiento. Por lo que averigüé sobre ti, no te tomará mucho tiempo adaptarte. —Hubo una breve pausa—. Sin embargo, Bleir… después de eso, me deberás un favor.
Un escalofrío me recorrió la espalda. No pregunté cuál era. Tal vez por instinto, tal vez por miedo. En ese momento solo había tres cosas que importaban: volverme más fuerte, proteger a mi hermano y descubrir qué era aquello que se movía en las sombras.
Horas más tarde, el aire nocturno del patio interno estaba cargado de humedad y silencio. Allí me esperaba un hombre delgado, de mirada dura y expresión impenetrable. No llevaba insignias ni símbolos visibles, pero su presencia imponía respeto. Cada movimiento era preciso, medido, como si incluso al estar quieto su cuerpo ya estuviera listo para atacar.
—Combate cuerpo a cuerpo —dijo sin preámbulos—. Contra humanos… y contra sombras.
No entendí del todo sus palabras, pero asentí. Algo en su tono dejaba claro que negarme no era una opción.
El entrenamiento comenzó sin aviso. Fue brutal desde el primer minuto. No hubo pausas, ni explicaciones largas, ni palabras de aliento. Solo golpes secos, bloqueos veloces y caídas controladas que me robaban el aire de los pulmones. El suelo estaba frío, la respiración me ardía en el pecho, pero mi cuerpo reaccionaba solo.
Mis movimientos fluían con una naturalidad inquietante. Las técnicas que había aprendido años atrás en clases de boxeo regresaban como recuerdos tatuados en mis músculos. Esquivar, golpear, girar, resistir. La sangre me latía con fuerza en los oídos. No era una principiante, y él lo notó.
Cuatro horas después, apenas podía mantenerme en pie. El sudor me empapaba la espalda y las manos me temblaban. Nos sentamos en silencio y compartimos una botella de agua. Nunca algo tan simple había sabido tan bien.
—Tienes buena técnica —dijo al fin—. Eso es raro… y útil.
Me miró fijamente.
—Soy el sargento Mael. Desde ahora entrenarás de seis de la mañana a tres de la tarde, todos los días. Sin excepciones.
—Sí, señor —respondí, con la voz rota por el cansancio.
—Puedes ir a descansar. Mañana será peor.
Cinco días después…
El sargento colocó sobre la mesa dos cuchillos envueltos en una tela oscura. El ambiente se volvió pesado, como si el aire mismo presintiera algo.
—Esto es lo único que puede matarlas —explicó—. Armas del clan Nexo.
Tomé uno con cuidado. Desde el primer contacto supe que no era un cuchillo común. La hoja estaba cubierta de grabados finos, casi invisibles, que parecían moverse cuando la luz los tocaba.
—El clan Nexo los forja desde hace generaciones —continuó—. No solo con metal, sino con rituales antiguos. Cada cuchillo está hecho para atravesar la sombra, no el cuerpo. Por eso funcionan donde otras armas fallan.
—¿Y yo sí puedo portar uno? —pregunté, sin poder apartar la mirada del arma.
—Solo aquellos que pueden ver a las sombras tienen permiso —respondió—. Y tú puedes verlas. No todos lo logran. El viejo Akal se encargará de explicarte por qué.
Luego añadió, casi como si fuera un dato sin importancia:
—El clan Nexo proviene de Miyang. Quedan pocos… aunque algunos están aquí.
Apreté el mango. Un leve pulso recorrió mi mano, como un latido ajeno. No me soltó. Al contrario, sentí que el cuchillo me aceptaba… o me marcaba.
Desde ese día, el entrenamiento cambió por completo. Los movimientos se volvieron más rápidos, los ataques más precisos. Aprendí a no dudar, a no pensar de más. Porque frente a una sombra, un solo segundo de vacilación podía significar la muerte… o algo peor: ser poseída.
También comencé a entrenar arquería. La tensión del arco, el silencio antes del disparo, la concentración absoluta. Cada error era corregido sin piedad.
Y mientras mi cuerpo se fortalecía y mis reflejos se afilaban, una idea no dejaba de perseguirme, como una presencia constante detrás de mí:
La deuda pendiente, que era?....
Al día siguiente, el señor Akal envió a alguien para que me llevara hasta donde se encontraba. El pasillo por el que caminamos era estrecho y silencioso, iluminado apenas por antorchas antiguas que proyectaban sombras largas y deformes sobre las paredes. Cada paso resonaba demasiado fuerte en mis oídos.
Mientras avanzábamos, el nerviosismo me oprimía el pecho. No dejaba de pensar en el favor que tendría que pagar. ¿Qué era eso tan importante? ¿Qué podía querer de mí? La sensación de que algo no estaba bien no me abandonaba.
—Hola, Bleir. ¿Cómo te ha ido en tu entrenamiento? —dijo el señor Akal de repente, rompiendo mis pensamientos.
Su voz sonaba tranquila, casi amable, pero había algo en su mirada que me puso en alerta.
—Bien, gracias. Un poco duro, pero bien —respondí, intentando mantener la compostura.
Akal asintió lentamente.
—Bien. Entonces iré directo al punto, sin preámbulos. Quiero que ayudes a mi nieto.
Me tensé de inmediato.
—Él sufre de una enfermedad —continuó—, pero por alguna razón… siento que tú puedes hacer que salga. Aunque sea a la fuerza.
Parpadeé, confundida. Esperaba algo más peligroso, algo relacionado con sombras o armas. Esto sonaba demasiado… normal. Y, aun así, algo no encajaba.
—¿Yo? —pregunté, incapaz de ocultar la duda—. ¿Por qué yo?
Akal no respondió de inmediato. Su silencio pesó más que cualquier explicación.
—Creo que puedo hacer ese favor —dije al final, todavía confundida, como si las palabras hubieran salido solas.
—Bien —respondió él—. Te guiaré hasta donde está. Se encuentra encerrado en una habitación con seguridad reforzada. Cuando entres, lo entenderás por ti misma.
Nerviosa asentí...
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Editado: 17.02.2026