El poder cambió con él.
Donde antes había destrucción, ahora había contención.
Las grietas del suelo comenzaron a cerrarse por si solas. Las marcas en las paredes se suavizaron, reconstruyéndose como si el tiempo retrocediera. Era ese poder el que mantenía la habitación en pie… el que lo mantenía a él encerrado, que mierda ocurría aquí, en qué lugar psiquiatrico estaba?
Levantó la mirada hacia mí.
Sus ojos eran distintos. No había ira, solo miedo contenido.
—Quien eres?… —pregunto con voz baja y temblorosa—. ¿Te hice daño?
Me quedé en silencio unos segundos, recuperando el aliento, observándolo con cuidado. Seguía encadenado, pero ahora parecía más prisionero que amenaza.
—Casi me matas —respondí con sinceridad—. Pero porque tu cabello es distinto? Y porque cambiaste tu forma?
Desvió la mirada.
—Yo solo… arreglo lo que él rompe —susurró—.solo soy una personalidad..
El silencio se asentó entre nosotros, espeso, apenas roto por su respiración inestable. El brillo azul de su cabello iluminaba débilmente la habitación, como si fuera la única luz real allí dentro.
Me incorporé despacio, sin apartar la mirada de él.
—Tranquilo —dije con voz baja—. No voy a atacarte.
Asintió apenas, aferrándose a la cadena como si fuera lo único sólido que tenía.
—No deberías estar aquí… —murmuró—. El puede volver...
Me senté en el suelo, a una distancia prudente.
—Dime tu nombre.
Tardó en responder.
—No tengo uno —confesó—. No soy… el verdadero. Solo aparezco para arreglar los daños causados.
Sus palabras me apretaron el pecho.
—¿Qué quieres decir con “no eres el verdadero”?
Bajó la mirada, observando cómo una pequeña grieta en el suelo se cerraba sola bajo sus pies.
—Somos tres… pero yo no nací primero. Soy una personalidad creada por el original. Aunque el ni siquiera sabe porque existimos.—tragó saliva—. Cuando él destruye demasiado, yo aparezco para reconstruir, para que así el cuerpo no muera.
—Entonces existes para protegerlos.
—Para contenerlos —corrigió—. Si yo fallo… él lo pierde todo.
Me di cuenta de que sus manos temblaban.
—¿Sabes por qué ocurre? —pregunté— ¿Por qué él se dividió?
Negó lentamente.
—Los ancianos dijeron que era un error de herencia. Que el don era demasiado grande para una sola mente —una sombra de tristeza cruzó su rostro—. Nunca nos explicaron más. Solo… nos encerraron.
La habitación parecía más pequeña de pronto.
Quedé muy confundida un don?
Algo de aquí no me habían hablado o comentado...
—¿No te duele vivir así? —pregunté, casi en un susurro.
Alzó la vista, sorprendido.
—No… —dijo después de pensarlo—. Me duele que ellos crean que soy el problema eso sí.
Guardamos silencio. No era incómodo, solo frágil.
Entonces su respiración cambió.
El azul comenzó a desvanecerse, como tinta diluida en agua. Se llevó una mano al pecho, respirando hondo.
—Se está despertando… —susurró—. Él siempre sale después de mí.
—¿El primero? —pregunté.
Asintió.
—Es bueno… —dijo con una pequeña sonrisa cansada—. Por favor, no le tengas miedo por lo que hizo el segundo.
El color azul desapareció por completo.
Cuando levantó la cabeza, su cabello era negro otra vez. Sus ojos estaban claros, atentos, confundidos.
Con lo poco que sabía, ya tenía una idea de lo que ocurría.
Parpadeó varias veces.
—¿Quién…? —se detuvo al verme—. ¿Estás bien?
Su voz era firme, educada. Totalmente distinta.
—Soy Bleir —respondí despacio—. Y tengo mucho por preguntar.
Él miró la cadena en su muñeca, luego la habitación reconstruida, y finalmente a mí.
—Entonces… —dijo con un suspiro— volvió a pasar, ¿verdad?
Asentí
Él bajó la mirada, como si el peso de la habitación entera cayera sobre sus hombros.
Desde una distancia moderada, veía su cabello oscuro y sus largas pestañas, un porte de una persona sencilla y educada.
¿ Cómo le sucedió esto?
—¿Te hizo daño…? —preguntó en voz baja despertandome de mis pensamientos—. El segundo.
No respondí de inmediato. Me limité a observarlo: la forma en que evitaba mirarme, cómo sus dedos se cerraban lentamente alrededor de la cadena, como si mereciera estar atado.
—Me sujetó del cuello —dije al final—. Pero ya pasó.
Alzó la cabeza de golpe.
—Lo siento —dijo con firmeza—. No debiste ver eso.
—No fue culpa tuya —respondí, aunque no estaba del todo segura—. Él no eres tú.
Una risa breve, amarga, escapó de sus labios.
—Eso es lo que todos dicen… hasta que vuelve a pasar.
Se levantó con cuidado, probando el largo de la cadena. El metal tintineó, recordándole su límite.
—Mi abuelo te pidió que vinieras, ¿verdad?
Asentí.
—Quiere que salgas. O al menos… que lo intentes.
Sus hombros se tensaron.
—¿Salir? —repitió—. Bleir, si cruzo esa puerta y él despierta… no habrá reconstrucción que lo arregle.
Me acerqué un poco más, sin invadirlo.
—La tercera personalidad me dijo algo antes de irse —dije—. Que no es el problema. El puede arreglar lo que queda.
Sus ojos se abrieron apenas.
—¿Hablaste con él…? —susurró—. Entonces eso significa que estuvo muy asustado.
—Lo estaba —respondí—. Pero aun así confió en mí.
El silencio volvió, pesado.
—Yo recuerdo fragmentos —continuó—. Sangre que no es mía. Gritos. Lugares destruidos que luego aparecen intactos. Vivo con miedo de dormir… y con miedo de despertar.
Di un paso más.
Que?
El también ve eso?
De un momento a otro la habitación cambió y volví a ver esa persona en el bosque.
— Bleir no es casualidad que tú puedas— dijo de repente.
— ¿Puedo qué?
No podía oír bien sus palabras.
— Tienes que ayudarlo...— dijo desvaneciéndose.
La habitación cambió y ví que aquel chico estaba sosteniendome y preguntando si estaba bien.
— ¡Ey! — grito el —¿ Estás bien?
—No tienes que hacerlo solo— dije murmurando.
Me miró, como si esa idea le resultara peligrosa.
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Editado: 17.02.2026