Semillas bajo la piel

Capitulo 9 – Una decisión.

El silencio empezó a dolerme.
No era un silencio normal; era uno cargado, denso, como si las paredes escucharan cada uno de mis pensamientos y los guardaran para después. La luz de las antorchas parpadeaba con lentitud, proyectando sombras alargadas que parecían moverse solas. Recién entonces mi cuerpo recordó que estaba cansado… y que llevaba horas resistiéndose a aceptarlo.
Akal me observó sin decir nada. Sus ojos eran antiguos, demasiado. Como si guardaran siglos de respuestas que no estaba dispuesto a entregar todavía.
—Ya es tarde —dijo por fin—. No es momento para más preguntas.
Sentí un nudo cerrarse en mi pecho. Había tanto que no entendía, tantas cosas que parecían rozarme sin explicarse del todo, como si alguien me mostrara solo fragmentos de un cuadro mucho más grande.
—Pero yo… —intenté decir.
Levantó la mano con calma, sin dureza, y me detuve al instante.
—El conocimiento no se pierde —continuó—, pero una mente cansada puede romperse. Hoy escuchaste más de lo que debías en una sola noche.
Lo vi guardar uno de los pergaminos con un cuidado casi reverente, como si fuera algo vivo… o peligroso.
—Ve a descansar —dijo—. Mañana, si el destino lo permite, hablaremos de nuevo.
No me gustó esa respuesta. No me gustó nada.
Aun así, sabía que insistir no serviría.
—¿Mañana sabré más? —pregunté en voz baja.
Akal se giró y caminó hacia la salida. Justo antes de irse, habló sin mirarme:
—Quizás…
La puerta se cerró, y el sonido resonó dentro de mí más fuerte de lo que debería.
Me quedé sola.
Salí de la sala con los hombros tensos. Las palabras de Akal seguían girando en mi cabeza, mezclándose con preguntas que aún no tenían forma. El pasillo estaba casi vacío; solo el murmullo lejano del refugio respirando en la noche, como un animal enorme que nunca duerme del todo.
Antes de ir a mi habitación, mis pies me llevaron solos hacia donde estaba mi hermano.
Lo encontré en uno de los espacios comunes, sentado en el suelo con otros niños. Reían en voz baja, jugando con algo improvisado, como si el mundo no se hubiera roto del todo. Él siempre hacía eso: buscaba a los demás, incluso cuando todo iba mal.
Me apoyé en la pared y lo observé unos segundos.
Tenía la sonrisa cansada, pero real.
—Bleir —dijo al verme—. Mañana me toca ganar en las cartas.
Sonreí apenas.
—Claro que sí —respondí—. Pero ahora ve a dormir, ¿sí?
Asintió sin discutir. Cuando pasó a mi lado, me abrazó rápido, como si tuviera miedo de que desapareciera si se detenía demasiado. Esperé a verlo acostarse, cubierto, respirando con calma.
Solo entonces me permití irme.
Me di un baño antes de ir a mi habitación. El agua tibia ayudó un poco, pero no lo suficiente. Había cosas que no se iban con facilidad.
Mi habitación era pequeña, silenciosa. Me senté en la cama y dejé que el cansancio me alcanzara de golpe. El cuerpo me dolía, pero era un dolor distinto, uno que ya empezaba a reconocer como parte de mí.
Me recosté y cerré los ojos.
El sueño no llegó.
Me arrastró.
Estaba de pie en un lugar que no reconocía. No había suelo ni cielo, solo una extensión oscura atravesada por una luz pálida. Frente a mí, una mujer me esperaba. Su figura era clara, pero su rostro cambiaba constantemente, como si no quisiera ser recordado… o como si no pudiera serlo.
—Otra vez tú… —susurré.
Ella me miró con algo parecido a la compasión.
—No —respondió—. Esta vez eres tú la que regresa.
Sentí un peso hundirse en mi pecho.
—¿Por qué siempre me traes aquí?
La mujer se acercó. Cada paso hacía vibrar el aire. Tocó mi rostro, luego un mechón de mi cabello.
—Porque el tiempo se está acabando —dijo—. Y ya no puedes seguir observando desde lejos.
Quise retroceder, pero mis pies no se movieron.
—Debes elegir, Bleir.
—¿Elegir qué? —pregunté, con la voz quebrada.
Ella levantó la mano y el espacio se partió en dos.
De un lado, cuerpos en el suelo, sombras deslizándose entre ellos.
Del otro, fuego, sangre… y mis propias manos temblando.
—Morir —dijo—… o sobrevivir.
—Eso no es una elección —susurré—. Es una condena.
—Sobrevivir también lo es.
Sentí el calor bajo la piel. El pulso. Algo dentro de mí despertando a la fuerza, reclamando espacio.
—Si eliges vivir —continuó—, cargarás con lo que otros no pueden soportar.
—¿Y si no elijo?
La oscuridad se cerró un poco más.
—Entonces elegirán por ti.
Desperté sobresaltada, con el corazón golpeándome las costillas. La habitación estaba en silencio. Afuera, el refugio dormía.
Me llevé una mano al pecho, respirando hondo.
—Solo fue un sueño… —murmuré.
Pero sabía que no lo era.
Porque la pregunta seguía ahí, viva, esperando una respuesta que aún no estaba lista para dar. Quise hablar. Quise responderle. Pero mi voz no salió… y ya era demasiado tarde.
Desperté agotada. El amanecer entraba débilmente por la ventana y sentía como si el sueño me hubiera robado algo.
Fui a comer con mi hermano. Él hablaba sin parar, y yo asentía, intentando sonreír. Su presencia me sostuvo.
—Ya me voy, cuídate y no te metas en líos —le dije antes de irme.
—Siii, está bien —respondió, sin darle importancia.
Salí.
Tenía algo pendiente.
Había hecho una promesa, y no pensaba romperla.
Mientras caminaba, observé los alrededores. La habitación donde lo mantenían encerrado siempre estaba lejos de donde dormía, como si quisieran aislarla del resto… o proteger al resto de lo que había dentro.
—Buenos días. Tengo permiso para entrar —dije a los guardias.
—Eres Bleir, ¿verdad? —respondió uno de ellos—. Sí, puedes pasar. Avísanos si estás en apuros.
—Okey.
Entré.
Todo estaba tal como el día anterior. Sin señales de lucha. Sin caos.
Lo vi dormido.
El nieto de Akal yacía tranquilo, con el cabello negro desordenado y las pestañas largas apoyadas sobre su rostro. Dormía profundamente, como un niño pequeño que no sabe lo peligroso que puede ser el mundo.
—Buenos días —dije, tocándole el brazo con cuidado.
Se movió, estirándose para incorporarse. Su cabello quedó aún más revuelto.
—Qué tierno… —susurré sin pensar.
—¿Qué? —preguntó, confundido.
—Oh, nada —me aclaré la garganta—. No se preocupe… ¿cómo amaneces?
Me quedé de pie unos segundos sin saber muy bien qué decir. No estaba acostumbrada a iniciar conversaciones que no fueran necesarias para sobrevivir. Él tampoco parecía cómodo con el silencio, pero no lo rompía; solo me observaba, como si midiera cada gesto.
—Prometí volver —dije al final—. No suelo romper promesas.
Él se incorporó un poco más en la cama. La cadena seguía ahí, fría, recordándome que nada de esto era normal.
—Pensé que no vendrías —admitió—. La mayoría… se va y no vuelve.
No pregunté quiénes eran “la mayoría”. No hacía falta.
—¿Dormiste bien? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
Soltó una risa baja, breve.
—No mucho. A veces sueño que despierto siendo alguien más… y otras veces sueño que no despierto en absoluto.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Me acerqué un poco más, sin cruzar un límite invisible. No quería asustarlo.
—Ayer —dije—, cuando… cuando todo pasó, no fue tu culpa.
Bajó la mirada.
—Mmm
—No lo digo para tranquilizarte —respondí—. Lo digo porque lo vi. No eras tú.
Levantó los ojos lentamente.
—¿De verdad lo crees?— preguntó.
Asentí.
—Vi miedo. No odio. Y alguien que odia no siente miedo después.
Por primera vez desde que entré, su expresión cambió de verdad. No fue alivio, fue algo más frágil… como si una grieta se hubiera abierto.
—No todos lo entienden —murmuró—. Para muchos soy solo un arma mal hecha.
Me senté en el borde de la cama, con cuidado.
—Yo tampoco entiendo todo —admití—. Pero no creo que seas un arma y menos mal hecha.
Hubo un silencio largo. Esta vez no pesó.
—Nunca te dije mi nombre —dijo de pronto.
Lo miré.
—Es verdad.— respondí con curiosidad
Respiró hondo, como si ese detalle fuera más importante de lo que parecía.
—Me llamo Kaiza
Repetí el nombre en mi mente antes de decirlo en voz alta.
—Kaiza… —sonó firme, real—. Es un buen nombre.
Sonrió apenas, como si no estuviera acostumbrado a escucharlo sin miedo alrededor.
—Casi nadie lo usa —dijo—. Normalmente me llaman “el nieto de Akal”… o cosas peores.
—Entonces yo lo usaré —respondí—. Kai.
Me miró fijamente, sorprendido otra vez.
—¿Así, sin más?
—Así, sin más.— respondí enbozando una sonrisa.
Algo en el ambiente cambió. No fue magia ni poder. Fue algo más simple… humano.
—Bleir —dijo él—. ¿Por qué volviste?
No supe qué responder de inmediato. La verdad era confusa incluso para mí.
—Porque sé lo que es que te miren como si fueras el problema —dije al final—. Y porque alguien tiene que quedarse así sea que se por poco tiempo o para siempre.
— Igual se ve que tú abuelo se preocupa por tí.— dije.
Asintió despacio.
—Me alegra que seas tú.
No hubo promesas, ni palabras grandes. Solo una sensación tranquila, nueva. Como si, en medio de tantas cosas rotas, algo pequeño estuviera empezando a sostenerse.
—Ya decidiste tu respuesta —dije al levantarme—.¿ Si quieres?
—Yo si quiero —respondió sin dudar.— Quiero ayudar afuera.
—Muy bien, hablaré con tu abuelo sobre tu decisión, volveré más tarde o mañana.— dije feliz — Descansa por ahora.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.