Semillas bajo la piel

Capitulo 10

Salí del área donde estaba Kaiza con la sensación de haber empujado una pieza que ya no podía volver a su lugar. No fue culpa ni miedo lo que me acompañó por los pasillos, sino algo peor: certeza.
El refugio estaba más despierto que de costumbre. Gente entrando y saliendo, pasos rápidos, murmullos que se apagaban cuando alguien importante pasaba cerca. Me di cuenta de que, aunque yo había pasado la noche dudando, el mundo no se había detenido para esperarme.
Akal estaba en la sala central, de pie frente a un mapa extendido sobre la mesa. No parecía sorprendido cuando me acerqué. Nunca lo estaba.
—Vienes por mi nieto —dijo sin mirarme.
—Sí —respondí—. Kaiza decidió salir. No hoy. No mañana. Pero ya no quiere seguir encerrado.
Akal apoyó ambas manos sobre la mesa. Sus hombros se tensaron apenas, como si esa decisión hubiera sido un golpe lento de felicidad.
—Por fin —murmuró—. No lo puedo creer....
Se le veía la mirada una pizca de felicidad y de tristeza a la vez.
—No será fácil —añadí—. Él lo sabe. Yo también.
Esta vez sí me miró. Sus ojos no mostraban enojo, solo cansancio… y algo parecido al orgullo, aunque no lo admitiría.
—Gracias por decírmelo —dijo—. No todos se atreven a traer decisiones ajenas.
Guardó silencio unos segundos, luego caminó alrededor de la mesa y enrolló el mapa con cuidado.
—Ahora escucha bien, Bleir —continuó—, porque lo que voy a decirte no tiene vuelta atrás.
Sentí un nudo en el estómago.
—En siete días tendrás tu primera misión oficial.
No respondí. Dejé que la frase se asentara dentro de mí.
—No irás sola —prosiguió—. Irás con otras dos personas. Ambas han estado fuera del refugio antes. Tú… aún no.
—¿A dónde iremos? —pregunté.
Akal volvió a desplegar el mapa y señaló un punto marcado con tinta oscura.
—A la ciudad baja —dijo—. Donde los humanos creen que todavía están a salvo.
Mi respiración se volvió más lenta.
—Hace tres días —continuó—, un grupo de ayudantes fue enviado allí para evacuar información y personas clave antes de un avance Inukai. No regresaron.
—¿Están vivos? —pregunté.
—Eso es lo que debes averiguar —respondió—. Si lo están, los traes de vuelta. Si no… traes respuestas.
Sentí un escalofrío por todo el cuerpo.
—No es una misión de ataque —añadió—. Es de rescate y reconocimiento. Evitar el conflicto si es posible. Sobrevivir es prioridad.
—¿Y si no es posible? —pregunté.
Akal me sostuvo la mirada.
—Entonces aprenderás por qué algunos no regresan siendo los mismos.
Tragué saliva.
Mi pecho se tensó.
—No estoy lista —admití.
Akal asintió lentamente.
—Nadie lo está en su primera misión —respondió—. Por eso no irás a demostrar fuerza, sino a observar y proteger.
Se acercó un poco más.
—Tienes siete días para prepararte. Entrenarás. Dormirás poco. Pensarás demasiado. Y aun así, cuando cruces las puertas del refugio, sentirás que olvidaste algo.
—¿Y Kaiza? —pregunté—. ¿Qué pasará con él mientras tanto?
Akal desvió la mirada.
—Su decisión no desaparece —dijo—. Pero aún no es parte de esto. No todavía.
Asentí, aunque no estaba del todo convencida.
—Ve —añadió— A partir de hoy ya no será tan sencillo.
Me giré para irme, pero antes de salir me detuve.
—Akal…
—¿Sí?
—Prometo traerlos de vuelta.
Él no sonrió.
—Promete volver tú primero.
Salí de la sala con la cabeza llena y el cuerpo liviano de una forma extraña.
Siete días.
Una ciudad.
Personas perdidas esperando ser encontradas.
Y yo… dando mi primer paso hacia un mundo que ya no me iba a permitir fingir que no veía.
En el entrenamiento....
Mael no me dio tiempo para prepararme mentalmente.
—Desde hoy, tu cuerpo deja de pertenecer a la comodidad —dijo apenas entré al campo de entrenamiento—. Si te rompes, te levantas. Si no puedes, aprendes. Y si fallas… vuelves a intentar.
No había rabia en su voz. Eso era lo peor.
El suelo estaba frío. Las armas alineadas contra la pared parecían observarme, como esperando su turno para hacerme sangrar. Mael caminaba a mi alrededor despacio, evaluándome como si ya supiera todas mis debilidades.
—Siete días no hacen a un guerrero —continuó—, pero pueden matar a uno mal preparado. Así que vamos a ver cuánto aguantas.
El primer golpe no fue físico.
Fue cansancio.
Carreras sin descanso. Caídas provocadas. Me empujaba cuando ya no tenía aire, me obligaba a levantarme cuando las piernas me temblaban. Cada vez que tocaba el suelo, su voz llegaba antes que el dolor.
—Arriba.
Mis brazos ardían. La respiración me quemaba el pecho. Perdí la cuenta de cuántas veces quise detenerme.
—¿Eso es todo? —preguntó cuando mis rodillas cedieron.
Negué con la cabeza y me levanté como pude.
Entonces vinieron los golpes reales.
No buscaban herirme, buscaban romper mi equilibrio, obligarme a reaccionar. Cada error lo pagaba con el cuerpo. Cada acierto apenas me daba segundos de respiro.
—No pienses —me gritó—. Siente. El enemigo no te va a esperar.
Cuando finalmente me dejó caer al suelo, ya no sentía las manos. El mundo giraba lento.
—Esto es solo el inicio, Bleir —dijo—. Mañana será peor.
Y pasado mañana será el doble de peor, lo dijo como una promesa.
— Ve a descansar — por fin dijo.
Asentí y me retiré...
Hoy ni siquiera fui a ver a mi hermano, estaba demasiado cansada. Me tire a la cama y dormí profundamente, lo bueno es que no soñé esos sueños raros...

Al día siguiente, el cuerpo me dolía en lugares que no sabía que existían. Aun así, fui a verlo.
Los guardias ya no me miraban con desconfianza. Entré sin decir mucho. Kaiza estaba sentado, la cadena aún en su muñeca, observando la pared como si escuchara algo que yo no podía oír.
—Voy a salir en una misión —le dije sin rodeos—. Pero volveré. Y mientras esté aquí… vendré a verte todos los días.
Él levantó la mirada. Sus ojos parecían más atentos que antes.
—No tienes por qué hacerlo —dijo.
—No tengo por qué hacerlo, pero yo quiero—respondí—. Es una decisión mía.
—Por cierto si llego a cambiar el de azúl es Akul y el de rojo Koto.— explicó — Yo no les puse el nombre si me lo ibas a preguntar, ellos mismo se lo dijeron al guardia.
Que curioso tienen nombres diferentes...
Por un momento, el aire cambió. Lo sentí antes de verlo.
Su postura se volvió más rígida. Respiró hondo. Temí haber llegado tarde.
Pero entonces ocurrió.
Su cabello comenzó a cambiar, volviéndose de un azul profundo, casi irreal. Sus hombros se relajaron. La mirada dura desapareció.
—Bleir —dijo con una voz más suave—… ¿estás bien?
Era Akul.
—Sí —respondí, sorprendida de sentir calma en lugar de miedo—. Solo… cansada.
Akul asintió despacio.
—Cambiarás —dijo—. Lo sé porque yo también lo siento. Cuando uno se mueve hacia adelante, algo nuevo aparece.
Me senté frente a él.
—No quiero que te quedes solo —le confesé—. No aquí.
—No lo estoy —respondió—. Mientras vengas.
Nos quedamos en silencio unos segundos. No era incómodo. Era real.
—Entrena —añadió—. Y vuelve.
Me levanté antes de decir algo pero me reserve....
Volví al campo de entrenamiento con el pecho apretado… pero firme.
Después de unas horas de entrenamiento, mi cuerpo gotiaba del sudor y cansancio.
Ya estando en mi habitación decidí reposar antes de darme un baño.
Esa noche el cansancio no me dio descanso.
Me acosté, pero el cuerpo no se apagó. El dolor seguía ahí, latiendo en cada músculo, aunque no era eso lo que más pesaba. Era otra cosa. Algo más hondo, más antiguo.
Miré el techo durante mucho tiempo...
........
¿Por qué yo?
La pregunta volvió, insistente, como una herida que no termina de cerrar. No era rabia todavía. Era frustración. Una sensación amarga de injusticia que me apretaba el pecho.
Mis padres murieron... Estaba sola con mi hermano....
Yo lo recuerdo todo. Cada segundo. Cada grito ahogado. Cada movimiento inútil de mis manos intentando alcanzarlos. Pero él… él no tenía la edad para que viviera éso.... Quiero cargar con su dolor así sea que yo muera infeliz...
Yo era su escudo… y fallé, solo porque no me sentía bien, por qué fui tan estúpida, por qué? Porque?
Un nudo se formó en mi garganta.
Quería ser fuerte entonces. Quería haberlo sido. Haber tenido un don, haber hecho algo.
Pero no hice nada..... Me odio por eso, me detesto...
Sentí el calor en los ojos antes de darme cuenta de que estaba llorando. Las lágrimas cayeron sin permiso, silenciosas al principio, pero luego el pecho empezó a doler más y más, hasta que ya no pude contenerme.
Me cubrí la boca con la mano, intentando no hacer ruido.
No quería que nadie me viera así. No quería ser débil. No ahora.
Pero el peso era demasiado.
—Lo siento… —susurré, sin saber para quién—. Lo siento tanto…
Entonces lo escuché.
Un movimiento suave. Pasos pequeños. La puerta abriéndose apenas.
—Bleir…?
Mi hermano estaba ahí, con el cabello revuelto y los ojos aún cargados de sueño. Me miró y entendió sin que yo dijera nada.
No preguntó.
Se acercó despacio y me abrazó.
Me rodeó como podía, con sus brazos medio fuerte, apoyando la cabeza contra mi pecho. Y en ese momento, todo se rompió.
Lloré de verdad.
Lloré por mis padres.
Por él.
Por mí.
Por la promesa silenciosa que hice esa noche y que todavía me quemaba por dentro.
Él no dijo nada. Solo me sostuvo. Como si fuera yo la que necesitaba protección ahora.
Poco a poco, el llanto se volvió respiración cansada. El temblor cedió. El peso seguía ahí, pero ya no estaba sola cargándolo.
—Estoy aquí —murmuró, casi dormido.
Lo abracé más fuerte.
—Lo sé… —respondí.
Nos quedamos así, sin movernos. El mundo afuera podía esperar. El entrenamiento, la misión, los clanes, todo eso podía quedarse lejos por unas horas más.
Me quedé dormida con él entre mis brazos, sintiendo su respiración tranquila, recordándome por qué, pese a todo, seguía eligiendo vivir.
Y esta vez, no fue una pregunta.
Fue una promesa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.