Semillas bajo la piel

Capitulo 11- vamos con toda..

Ya había amanecido cuando mi cuerpo volvió a moverse por inercia.
Dejé a mi hermano dormido, bien cubierto. Le preparé el desayuno y lo dejé sobre la mesita, como siempre, con la esperanza de que al despertar encontrara algo normal en medio de todo este caos. Antes de salir, lo miré un segundo más. Dormía tranquilo. Eso me dio fuerzas.
Luego fui a entrenar.
Ya llevaba casi cuatro horas sin parar. El sudor me corría por la espalda, los brazos me ardían y la respiración me pesaba en el pecho. Mael había cumplido su palabra: no me estaba entrenando… me estaba dando la paliza del año.
Cada golpe que fallaba era un castigo. Cada segundo de distracción, otro empujón contra el suelo.
—Más rápido —me ordenó sin levantar la voz.
Y atacó otra vez.
Al principio apenas podía seguirle el ritmo. Su velocidad era absurda, casi inhumana. Pero de tanto observar, de tanto caer, algo empezó a encajar. Anticipé un movimiento, giré el cuerpo, esquivé.
Sentí el aire pasar donde antes estaba mi cara.
Golpeé.
No fue fuerte, pero fue limpio.
Mael sonrió apenas.
Yo había tomado clases de boxeo antes, sabía moverme, sabía resistir… pero Mael me estaba enseñando algo distinto. No fuerza. Velocidad. Precisión. Lectura del rival.
Aun así, me ganaba. Siempre me ganaba.
Cuando por fin anunció el descanso, mis piernas temblaban. Me apoyé en las rodillas, respirando con dificultad. El cuerpo dolía, pero la mente estaba despierta.
Era hora del almuerzo.
Y entonces lo pensé.
No había visto a Kaiza en toda la mañana.
La idea se me quedó clavada. Él siempre estaba ahí, en silencioso, encerrado en su propio mundo. Solo. Igual que mi hermano cuando era pequeño, cuando los demás niños lo evitaban, cuando lo miraban como si fuera algo raro.
Tal vez por eso me afectaba tanto.
No era solo compasión.
Kaiza no necesitaba lástima. Necesitaba a alguien que no le tuviera miedo. Que no lo viera como un problema. Que creyera que podía salir de su propia cueva… aunque no fuera fácil.
Apreté los puños.
Si yo podía aprender a controlar lo que había dentro de mí, entonces él también podía.
Y si nadie más iba a intentarlo, lo haría yo.
Porque proteger no siempre es ponerse delante de un golpe.
A veces es quedarse… cuando todos los demás se van.
Mael me observaba en silencio desde hace rato.
Yo estaba sentada en el suelo, con los antebrazos apoyados en las rodillas, todavía intentando recuperar el aliento. Sentía los músculos tensos, como cuerdas a punto de romperse. Cuando levanté la vista, él seguía ahí, inmóvil, con esa mirada que parecía atravesarlo todo.
—Estás distraída —dijo al fin.
No fue una acusación. Fue una constatación.
—No —respondí casi por reflejo—. Solo estoy cansada.
Mael negó despacio.
—El cansancio no hace que mires al vacío —dio un paso hacia mí—. Eso lo hacen los pensamientos.
Guardé silencio.
Él cruzó los brazos, su sombra cubriéndome por completo.
—Hoy no estás entrenando para sobrevivir —continuó—. Estás entrenando para alguien.
Sentí un golpe seco en el pecho.
—Eso es peligroso, Bleir.
Me puse de pie con esfuerzo.
—¿Qué se supone que haga? —le pregunté, sin alzar la voz—. ¿Apagar lo que siento?
Mael me miró fijamente.
—En la guerra, los sentimientos pueden costarte.—dijo.
Se acercó aún más, lo suficiente como para que no pudiera apartar la mirada.
—Tarde o temprano tendrás que pelear de verdad. No entrenamientos, no simulaciones. Personas reales muriendo frente a ti.
Tragué saliva.
—Si metes los sentimientos en eso —continuó—, Terminarás muerta....
Sus palabras no tenían rabia. Tenían experiencia.
—He visto a los más fuertes caer no por falta de poder, sino porque quisieron proteger algo en medio del caos.
Apreté los puños.
—Entonces… ¿no debería importarme nadie?
Mael bajó un poco la voz.
—Debería importarte después —respondió—. Cuando todo haya terminado.
El silencio se instaló entre nosotros.
—Si no aprendes a separar el corazón de la pelea —añadió—, no llegarás a ver el final de esta guerra.
Se dio la vuelta y caminó hacia el centro del campo.
—Descansa quince minutos —ordenó—. Luego seguimos.
Me quedé ahí, inmóvil.
Porque lo que más me dolía…
no era que Mael pudiera tener razón.
Era saber que, aun así, no estaba dispuesta a escucharle del todo....
Habían pasado seis días.
Seis días en los que el tiempo dejó de sentirse normal. Entrené como si el cuerpo no fuera mío, como si el cansancio fuera solo una idea que podía ignorar. Amanecía entrenando y anochecía entrenando. Golpes, caídas, respiración forzada, músculos ardiendo. Mael no bajó la intensidad ni una sola vez. Si acaso, la subió.
Cada día sentía que algo dentro de mí se tensaba más… no sabía si me estaba volviendo más fuerte o simplemente aprendiendo a sobrevivir.
Kaiza o mejor dicho, Koto, no salió en todo ese tiempo.
Y eso fue un alivio.
Aproveché cada momento que pude para enseñarle a mantener la calma. No fue fácil. Había días en los que su respiración se volvía irregular, en los que sus manos temblaban y sus ojos perdían foco. En esos momentos me sentaba frente a él, en silencio, hasta que me miraba de nuevo como si regresara de algún lugar lejano.
Le di un cuaderno.
—Si sientes que vas a perder el control —le dije—, escribe. No importa qué. Palabras, símbolos, líneas. Lo que sea que el pueda entenderte y sobre tu decisión.
Lo tomó con cuidado, como si fuera algo frágil.
—Entonces escribe hasta que te canses —respondí—. El cuerpo sigue a la mente más de lo que creemos.
No sabía si funcionaría… pero necesitaba creer que sí....
El séptimo día, Akal mandó a llamarme.
El mensaje fue corto...
“Es hora. Ven.”
Caminé por los pasillos del refugio con una sensación extraña en el estómago. No era miedo. Era algo más denso, como si estuviera a punto de cruzar una línea invisible. Sabía que esa reunión no era solo una presentación. Era una confirmación.
Entré a la sala donde Akal solía reunirse con los altos mandos. El aire ahí siempre se sentía distinto, cargado de decisiones que no se podían deshacer.
Akal estaba de pie, de espaldas, observando uno de los mapas extendidos sobre la mesa con el señor apuesto y de ojos rubíes. Cuando me escuchó entrar, no se giró de inmediato.
—Has cambiado —dijo sin mirarme—. Seis días pueden no parecer mucho… pero a veces son suficientes.
Me detuve frente a él.
—Me llamó —respondí.
Asintió despacio y finalmente se dio la vuelta.
—Tu primera misión no será sencilla —continuó—. No porque el objetivo sea imposible, sino porque no estarás sola.
Sentí un leve sobresalto.
—No irás sola —repitió—. Y eso, Bleir, puede ser tanto una ventaja… como un riesgo.
Caminó hacia un lado de la sala y abrió la puerta para que pasarán.
—Estas dos personas —dijo con voz grave— serán tus compañeros.
Me giré.
Las sombras se movieron primero. Luego, dos siluetas cruzaron el umbral. No pude ver bien sus rostros al principio, solo sentí una presencia distinta, como si el aire mismo reaccionara a ellos.
Uno dio un paso al frente.
—Hola..
Su voz rompió el silencio…
y algo me dijo, muy dentro de mí, que esa misión iba a cambiarlo todo...




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