Semillas bajo la piel

Capítulo 12

La puerta se abrió lentamente.
Primero entró ella.
Cabello verde como si no perteneciera a este lugar. Sus ojos azules que recorrían la sala con rapidez, analizándolo todo. No parecía nerviosa, tampoco arrogante. Solo… alerta.
Después entró aquel chico.
Cabello negro, ojos verdes, expresión tranquila. No necesitaba decir nada para imponer respeto. Su sola presencia hacía que el aire se sintiera más pesado.
Me quedé mirándolos.
—Ellos serán tus compañeros —dijo Akal con voz firme.
Tragué saliva.
La chica dio un pequeño paso adelante.
—Kitochi —dijo, levantando una mano como si esto fuera algo casual.
El chico inclinó apenas la cabeza.
—Jitori.
Akal continuó:
—Provienen de una rama lejana del clan Huran, son los dos únicos que hemos encontrado de ese clan.
El nombre sí lo conocía. El clan Huran era reconocido. Donde caminaban, dejaban huellas visibles para que? Ni idea, manejan un poco el agua escuché de Akal. Rastros que otros podían seguir.
Fruncí el ceño.
—No veo… —empecé.
Kitochi sonrió, como si supiera exactamente lo que iba a preguntar.
—No dejamos agua flotando ni marcas mágicas —dijo divertida—. Somos parientes muy lejanos.
Jitori habló con calma.
—Nuestra línea no heredó ese don.
—Entonces… ¿qué heredaron? —pregunté, confundida.
Kitochi me miró directamente a los ojos.
Y por un segundo sentí que ella veía más de lo que yo decía.
—La vista —respondió.
El silencio cayó pesado.
—Podemos ver a los Inukais —añadió ella—. Sin despertar poder y sin perder el control.
Sentí algo inquietante.
—Desde siempre —agregó Jitori—. Desde niños.
Mi mente fue directo a Kaiza, a lo difícil que era controlar algo que ardía por dentro.
Ellos solo… veían.....
Akal desplegó el mapa sobre la mesa.
—El clan Huran .... Cómo te dije no sabemos mucho.— dijo Akal
Kitochi se encogió de hombros.
—No somos los más fuertes —dijo—. Pero casi nunca somos los que mueren primero.
No sonó a broma.
Jitori me miró fijamente.
—Si dudas, morimos, sí tú te distraes.
Apreté los puños.
—No lo haré.
Kitochi inclinó la cabeza algo divertida.
—Eso lo veremos mañana.
Akal enrolló el mapa.
—Entrarán por el sector este de la ciudad baja. Tres ayudantes desaparecieron. No busquen pelea. Busquen sobrevivientes. Y regresen, por cuestiones no podrán salir hoy.— dijo Akal frunciendo el ceño — Ah, Bleir en tu habitación debe estar tu uniforme.
— ¿Mi que?— respondí confundida.
— Pues verás, las personas como nosotros utilizamos uniforme, para identificarnos. Dependiendo del clan se les asigna un color, como veras el de nosotros es azul.— dijo Kitochi.
—Exactamente, pedí que te hicieran un uniforme de acuerdo a tu forma de pelear y como no sabemos de dónde provienes se te asignó el color rojo.— dijo finalmente Akal.
El aire se volvió más denso.
— Vayan a descansar.
Asentimos todo, yo me iba a mi habitación.... debía decirle a mi hermano que me iba.
Mañana.....
Kitochi se giró hacia la salida, pero antes de cruzar la puerta me lanzó una última mirada.
—Por cierto… cuando veas tu primer Inukai de cerca…
Sonrió apenas.
—No te quedes mirando.
Jitori abrió la puerta.
—Nos vemos al amanecer.
La luz del pasillo entró en la sala y, por un segundo, sentí que estaba parada en el borde de algo enorme.
No sabía si mi don despertaría, no se supone que a los 12 debería despertarlo?
No sabía si estaría a su nivel.
Pero algo dentro de mí susurró una verdad incómoda:
Tal vez no era el Inukai lo que más debía temer.
Tal vez… éra la idea de que si muero mi hermano quedará completamente solo...
Salí de la sala con el corazón latiéndome demasiado fuerte.
Mañana todo cambiará y a eso le tenía miedo.
Caminé por los pasillos hasta mi habitación. Cada paso se sentía más pesado que el anterior. No por miedo… sino por lo que iba a dejar atrás.
Abrí la puerta con cuidado.
Mi hermano estaba sentado en la cama, jugando distraído con unas cartas. Cuando me vio, sonrió. Esa sonrisa me rompió un poco por dentro.
—¿Entrenaste mucho otra vez? —preguntó.
Asentí y me acerqué a él.
Me arrodillé frente a la cama para quedar a su altura. Mis manos buscaron las suyas sin pensar.
—Mañana me voy —dije suavemente.
Su sonrisa desapareció.
—¿A dónde?
—A una misión. A la ciudad.
Sus ojos se llenaron de miedo demasiado rápido.
—No.— dijo rápidamente — No quiero que te vayas, es peligroso Bleir.
Tragué saliva.
—Un poco.
Se levantó y me abrazó con fuerza. Sus brazos me rodeaban llenadome de melancolía...
—No quiero que te vayas…
Cerré los ojos.
—Lo sé. Pero tengo que hacerlo.
Me separé apenas para mirarlo.
—Escúchame… aunque llores, aunque tengas miedo… siempre voy a estar para ti. Siempre. No importa dónde esté.
Él negó con la cabeza, con lágrimas acumulándose.
—¿Y si no vuelves?
La pregunta fue un cuchillo.
Sonreí como pude y apoyé mi frente contra la suya.
—Volveré.
No era una promesa segura. Era una decisión.
Lo abracé más fuerte, como si quisiera memorizar su calor.
Cuando por fin se calmó un poco, lo ayudé a acostarse. Me quedé a su lado hasta que sus ojos se cerraron. Su respiración se volvió lenta y tranquila.
Entonces me acosté también.
El cuerpo ya no respondía. El entrenamiento, el peso, las palabras de Mael, la mirada de Akal, Kitochi, Jitori… todo se mezclaba.
Otra vez.
La oscuridad me envolvió.
Y entonces la escuché.
—¿Crees estar lista?
Abrí los ojos de golpe.
Pero no estaba en mi habitación.
No estaba en ningún lugar que reconociera.
—¿Qué…? —susurré.
La voz era la misma de antes. La de mis sueños. La que me perseguía cuando cerraba los ojos.
—¿Crees estar lista? —repitió, más cerca.
Sentí mi corazón golpear contra mis costillas.
—No lo sé —respondí.
Silencio.
La oscuridad pareció respirar.
—Mientes.
Apreté los puños.
—¡No lo estoy! —exploté—. ¡No lo estoy! pero qué más puedo hacer?
Mi voz se quebró.
—Debo hacerlo.....
La voz no respondió de inmediato.
—Mi pequeña, aunque no estés lista, tu no te rendiste y seguiste entrenando....
Sentí algo arder en mi pecho.
—Elegiste entrenar, elegiste proteger, elegiste volver.
La oscuridad empezó a agrietarse, como si algo intentara atravesarla.
—El poder no despierta cuando estás lista, Bleir —susurró la voz—. Despierta cuando no tienes otra opción.
El suelo bajo mis pies comenzó a temblar.
—Prepárate.
Y entonces todo se rompió.
Desperté sobresaltada.




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