Desperté antes de lo previsto y aún estaba somnolienta, después de ese sueño....
Ví que en la pequeña mesa estaba mi uniforme.
Estaba perfectamente doblado sobre la silla, se sentía cómo si me hubiera estado esperándome toda la noche. Me senté en la cama y lo observé con detenimiento.
La camisa era blanca, pero no un blanco frío… tenía un tono azul cielito muy suave, casi imperceptible. Encima, un chaleco sin mangas color vino tinto, profundo y elegante.
Un corset negro ceñido al centro, firme pero estilizado.
Un short corto del mismo tono vino tinto que el chaleco, perfectamente combinado. Y una corbata azul que contrastaba con todo lo demás, dándole ese equilibrio extraño entre formal y combate.
Lo tomé entre mis manos.
— Me está dando como miedito, como iban a saber mis gustos?— dije en voz baja.
No demasiado rígido, ni delicado, se veía que podía pelear cómodamente si ocurría algo.
—¿Cómo supieron mis medidas…? —murmuré.
No recordaba haberlas dado, a veces ese viejo me da mala espina...
Me levanté y fui a bañarme. El agua fría me ayudó a despejar lo que quedaba de sueño y de dudas. Respiré profundo bajo la ducha, dejando que el agua cayera por mi espalda.
Hoy no podía quedarme quieta como la otra vez, tengo que esforzarme y volver con mi hermano.
Me vestí despacio, La camisa se acomodó perfecta en mis hombros. El chaleco cayó como si hubiera sido hecho solo para mí y por último el corset quedaba perfecto en mi cintura.
Cuando terminé, me miré en el pequeño espejo.
No parecía la misma chica que lloró hace unas noches, estaba regia, quien hubiera pensado que me vería guapa.
— Se me va hacer tarde — dije burlonamente.
Parecía alguien que iba a enfrentarse al mundo.
Me puse las botas y ajusté los cordones.
Luego caminé hacia la cama.
Mi hermano seguía dormido, el cabello revuelto sobre la almohada. Me senté a su lado con cuidado y aparté un mechón de su frente.
Me incliné y le di un beso suave.
—Vuelvo pronto —susurré.
Dejé unas frutas cortadas en la mesita y, después de dudar un segundo, me quité el colgante que siempre llevaba conmigo.
Era pequeño. Simple. Pero había sido mío desde antes de que todo cambiara.
Lo dejé junto a él.
—Para que no estés solo.
Me quedé mirándolo unos segundos más, como si intentara guardar su imagen dentro de mí.
Luego me levanté.
Y salí.
El refugio estaba en silencio, pero no dormido. El cielo apenas comenzaba a aclararse. Tonos azules mezclándose con amarillo suave en el horizonte. Un viento cálido recorrió el pasillo abierto y me movió el cabello hacia atrás.
El amanecer nunca había parecido tan… cálido.
Caminé por el corredor principal.
Y entonces lo vi.
Jitori estaba apoyado cerca de una columna, ya listo. Su uniforme era más sencillo, tonos oscuros, práctico. Cuando notó mi presencia, se enderezó.
Me sostuvo la mirada un segundo.
Luego hizo una pequeña reverencia con la cabeza.
—Bleir.
Fue un saludo formal y respetuoso.
Yo asentí levemente.
—Jitori.
El viento volvió a pasar entre nosotros.
El día apenas comenzaba.
Y aun así… sentía que ya no había vuelta atrás. El sonido de pasos ligeros rompió el silencio del pasillo.
No necesitaba girarme para saber que era ella.
—¿Listos o todavía están ensayando poses dramáticas? —dijo una voz femenina con diversión contenida.
Me giré.
Kitochi apareció caminando como si el amanecer fuera su escenario personal.
Su uniforme era completamente distinto al mío.
Llevaba una falda azul intenso, del tono característico. No era simple; tenía una caída elegante y, sobre un lado, una tela adicional superpuesta que se movía con el viento como si estuviera diseñada solo para darle estilo. No parecía estorbarle. Al contrario, lo llevaba con una seguridad que hacía que todo encajara.
La camisa era blanca, ligeramente holgada pero perfectamente acomodada, como si la despreocupación estuviera calculada. Una corbata azul con líneas blancas caía al centro, dándole un aire formal… pero rebelde.
Vaya forma de portar el uniforme.
No parecía que lo estuviera usando.
Parecía que el uniforme la seguía a ella y es genial, que envidia!!!
—Por los dioses te ves regia —comentó, mirándome de arriba abajo sin vergüenza.— ¡¡Te queda espectacular!!!
—El tuyo se ve mejor —respondí, sincera.
Ella sonrió, satisfecha.
Jitori dio un paso hacia nosotras.
El contraste entre ambos era evidente.
Él era… práctico.
Pantalón formal, pero más ancho, cómodo para moverse. Nada ajustado innecesariamente. Su camisa combinaba azul, blanco y negro en líneas limpias y sobrias. Sin adornos. Sin telas extras.
Nada en él parecía casual.
Observé el azul en ambos uniformes.
—El clan Huran se identifica por ese color, ¿no? —pregunté.
Kitochi levantó una ceja.
—Yes, como creen que manejaban el agua, pusieron ese color.— dijo Kitochi.
Jitori añadió:
—Aunque nosotros no tengamos eso, el color sigue siendo nuestro.
Miré el cielo.
Por un segundo sentí que todo estaba conectado de alguna manera que todavía no entendía.
—¿Nerviosa? —preguntó Kitochi de repente, inclinándose apenas hacia mí.
Pensé en mi hermano,
En Kaiza,
Mis padres,
Y en la voz del sueño.
—No —mentí.
Jitori me observó con esa calma.
—Eso es bueno —respondió—. El exceso de confianza es peor que el miedo en el campo de batalla.
Jitori voltio la mirada de una manera melancólico
Kitochi giró sobre sus talones, caminando hacia la salida principal.
—Bueno.—dijo sin dejar de avanzar—. Es hora de marchar.
El viento volvió a soplar.
El amanecer terminó de romper.
Y mientras caminábamos hacia la gran puerta del refugio, no dejaba de pensar en que me encontraría en la ciudad baja.
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Editado: 17.02.2026