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Dos noches seguidas, el mismo sueño.
Dos veces, la misma escena.
Pero Anto sabía que no era casualidad.
Era señal.
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Soñaba que salía al patio de su casa,
como tantas otras veces.
Pero esa noche el cielo se sentía distinto.
Más suave. Más callado.
Más... presente.
Levantaba la vista y ahí estaba:
una nube enorme, blanca, perfecta…
con forma de flor.
No era una forma caprichosa.
Era exacta, delicada, viva.
Como si el cielo le estuviera hablando en símbolos.
Y Anto lo entendía, aunque no supiera por qué.
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Y después, la nieve.
Caía despacio, como en cámara lenta.
El silencio lo cubría todo.
El mundo se apagaba un poco.
Y Anto se sentía en paz.
Como si estuviera en un lugar que no era este,
pero tampoco era otro.
Era un lugar que solo existía para ella.
Esa nieve no era fría.
Era mágica.
Y duraba hasta que ella despertaba.
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A veces el universo no grita.
A veces sus mensajes llegan como susurros blancos que se repiten dos noches seguidas.
Y cuando eso pasa, no es casualidad.
Es un puente.
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Otro sueño la visitó una vez.
Iba caminando con su mamá por la calle,
como un día cualquiera.
Pero algo cambió en el aire.
Antes de cruzar, algo la hizo mirar a la izquierda.
Y ahí estaba.
Un árbol, quieto.
Y justo detrás… un ovni.
Se dejaba ver.
Estaba ahí, flotando.
Claro, firme, imposible de ignorar.
Anto quiso avisarle a su mamá.
—¡Mirá!
Pero cuando ella giró la cabeza,
el ovni ya se había escondido,
como si no quisiera ser visto por todos.
Solo por ella.
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Esos sueños no se borran.
Se quedan adentro, como claves.
Como mensajes en pausa esperando ser comprendidos.
Anto no sabe exactamente qué significan.
Pero sí sabe algo:
> “Lo invisible me habla.
Y yo lo escucho.”
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Tal vez, algún día,
todo tenga explicación.
O tal vez no.
Pero lo importante es que ahora ya no duda:
cuando sueña,
viaja.
Y cuando despierta,
trae con ella un pedacito del cielo.
✨✨