Señor Optimista

Eugenio sigue sin tener buenas ideas

—¿Te puedo preguntar algo?

A Joaquín lo debieron de sacudir para que sacara la atención de sus notas y se fijara en Nacho, sentado a su lado en el pasillo de la escuela.

—Esto es termodinámica —Joaquín apuntó a sus notas de estudio—, respecto a como esté el calor, el receptor va a-

—¿Qué? No me hables de matemáticas —Nacho bajó las notas de Joaquín.

—Es quími-

—¿Qué hacía Eugenio Álvarez saliendo de tu casa, esta mañana?

¿Esta mañana? Eugenio no se quedó a dormir donde Joaquín- de hecho, él salió a buscar a María Jesús. Estaban respondiendo a su rutina normal, solo que ahora, antes de que la jornada comenzara, María Jesús necesitaba de organizar algún tema de algo respecto al Festival Navideño con el Director. Como a Joaquín no le importaba eso y su sala aun no la abrían, se dedicó a estudiar en el pasillo.

—Él no estaba —contestó Joaquín—. Ay, no, Nacho. ¿Volviste a comer del queso de Ñora Nora? ¿Seguro no tienes fiebre?

—Anoche yo me estaba regresando de la casa de Thalía —Nacho contó, y se inclinó hacia adelante para susurrar su relato. Nacho era tan grande que su sombra cubría a Joaquín por completo—. Y vi a Eugenio salir de tu casa.

«Ah…». Joaquín bufó de exasperación. —Si lo van a atacar, es mejor que-

—No, no, no. Lo digo porque me pareció raro. ¿Tú eres consciente que-

—Sí. Él viene a mi casa. Me ayuda a estudiar y por horario le sale más fácil quedarse a dormir. ¿Y tú qué hacías en la calle a las cuatro de la mañana?

—Ya te dije, venía de casa de Thalía. Ella vive a la mierda.

Joaquín quiso omitir eso, y regresó su concentración a su estudio. Nacho, sin saber qué dijo mal, murmuró:

—Alen me dijo que no le quitara los ojos de encima si es que te entra a robar.

—¿Alen? ¿Le contaste a Alen lo que viste?

—¿Cómo no? Es un chisme muy bueno.

—No es un chisme, Nacho. No debes contar estupideces ajenas. Ya lo dije: él me ayuda a estudiar.

—Pero, ¿no te parece raro que lo haga si es que él está tonteando con Jesús o…?

Nacho calló ante los pesados ojos de Joaquín sobre él. Usualmente su mirada era comparada a la de un agotamiento perpetuo, quizá de cachorro, pero en ese instante lucía el punto más sensible de sus días- de su diciembre. Joaquín iba a detener ese traqueteo porque no tenía intenciones de desconcentrarse antes de los exámenes finales.

—No hay nada entre Jesús y Eugenio —aclaró Joaquín, y la severidad de su voz le hizo sentirse más grande que Nacho—. Yo soy novio de Jesús, y amigo de Eugenio. Ambas son verdades que coexisten y, sobre todas las cosas, no hay nada entre Jesús y Eugenio. ¿Quedó claro?

Nacho asintió reiteradas veces, tanto que incluso Joaquín se sintió mal por eso. Soltó un desmerecedor suspiro y regresó la concentración hacia sus notas.

—¿Tienes alguna tarea pendiente? —preguntó. Nacho asintió—. Entrégamela. Déjame hacerla por ti.

No era una conversación que quería tener, no cuando mientras más se acercaba la fecha de los exámenes, más su estómago pedía dejar de comer porque no podía procesar los sólidos. A veces se deshidrataba con más rapidez, y lo notaba porque la facilidad de sacarse los cueros de sus labios estaba en la punta de sus dedos, y a veces el Gringo lo detenía entre clases para informarle que sangraba. Su mente estaba tan focalizada en poder ingresar al Salón Avanzado que no podía pensar en otra cosa más.

Lo que significaba que tampoco podía pensar en María Jesús de la forma en la que ella quería ser vista.

Razón suficiente por la que sus cronogramas estaban siendo un colapso. Intentaba buscar la ventaja en el mismo horario ocupado que su novia tenía con el Festival Navideño, ya que al postular puestos estudiantiles para un evento municipal significaba una gran responsabilidad, ella declinaba demasiado emocionalmente en Joaquín. Y él, obsesionado, tampoco podía dejar eso de lado.

Así, acordó para ese mismo día pasar la tarde en casa de ella. Pasarla bien, sobre todo. Velaba para que los besos y las caricias pudiesen llevarlo a alguna parte de la luna y hacerle olvidar todo el estrés que tenía cargado. No obstante, para la primera instancia en la que ella se frotó con él, Joaquín supo que tenía un problema mucho más estereotípicamente varonil antes que psicológico.

Entre tantas cosas que pensar, también pensaba en el sexo. Pensaba en María Jesús desnuda, e inclusive soñaba con ella. Con las piernas, las caderas y los senos. En canciones que pudiesen sonar durante el primer encuentro sexual. En su propio desempeño y la pregunta de si lo asmático le afectará en algo. Se preguntaba sobre su propio cuerpo, sus pliegues, cabellos y acné. De lo atractivo que podría o no resultar para María Jesús cuando ella le pedía que se sacara la camiseta. Mierda. ¿Por qué él debía de hacerlo primero? Ella era la que estaba arriba de él, y su jardinera tenía los broches sueltos, camiseta ligeramente levantada.

Joaquín se sacó la camiseta, y ella le imitó. Él tanteó con sus dedos el brasier, pero su cabeza alertó en la falta de coordinación.

«No tengo un condón cerca. Mierda. No tuve que negarle el condón a Bryan. Pero- alto, no vamos a coger. No, porque a las seis llega el papá de María Jesús con el hermanito. No creo que nos demoremos más de una hora, ¿verdad? Mierda, mierda, mierda. ¿Si le saco el sostén? Se lo voy a sacar- ¿cómo mierda se saca esto? Oh, carajo, se lo sacará ella. No, espera, tengo que estudiar. No puedo cansarme si voy a estudiar.




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