Señor Optimista

Joaquín contra las tórtolas

Las Spice Girls sonaban en la radio en ese momento. Parecía correr un especial a su nombre porque, tras agarrar consciencia, Joaquín escuchó el final de Wannabe y el inicio de Too Much. Abrió sus ojos directo al estéreo, con la única luz de la habitación siendo la pequeña pantalla analógica que indicaba la hora y la estación de radio. Sin embargo, el disfrute de la canción fue interrumpida por su verdadera razón de despertar: tenía ganas de vomitar.

Si demoraba, vomitaría sobre su cama. Salió enseguida de la habitación y dejó que el agua del lavabo corriera para apaciguar un poco el sonido de la arcada; levantó ambas tapas del inodoro y esperó paulatinamente a que su tragedia llegara, todo mientras inhalaba y exhalaba la angustia.

El duro frío cayó por su nuca como llovizna, y la frescura de su cuerpo le hizo temblar en el suelo. Detestaba cuando aquello le pasaba tan pronto como iba a dormir.

Al igual que las otras veces, las náuseas desaparecieron. Respirar, calmarse; un poco parecido a cuando la angustia lo abrazaba de forma repentina. Se levantó con cuidado del baño, apoyado al lavabo, y se dispuso a cepillarse los dientes para retomar un poco la rutina de estar ahí en la madrugada, donde cada evidencia que tenía en el espejo lo deprimía: ojeroso y piel con acné.

«Me veo del asco, pero ya pasará». Él tendía a verse mal durante los finales de año.

Dejó el cepillo en el vaso de plástico y salió del baño con la sensación de estar más compuesto. Entró a su dormitorio aún con las Spice Girls de fondo, y se recostó un momento en su cama para comprobar la hora en el estéreo: cuatro cuarenta y cinco de la madrugada.

Joaquín soltó un suspiro y se estiró en la cama. Sus pies golpearon algo.

Alzó su cabeza con curiosidad. Eugenio dormía a los pies de la cama hecho un ovillo.

Stop right now – thank you very much – I need somebody with a human touch —Eugenio murmuró entre sueños la canción de la radio—. Hey, you – always on the rush – gotta slow it down, baby – gotta have some fun.

—¡Mierda! —Joaquín exclamó. Entre medio de los dos había apuntes, libros e inclusive fotografías de viejos filósofos esparcidos por la cama—. Eugenio, despiértate. Casi son las cinco.

—¿Eh?

Eugenio tenía los ojos my hinchados y no parecía saber siquiera en dónde se encontraba; Joaquín se habría reído de él en otras circunstancias, pero cuando notó el silencio fuera de la habitación supo que el pánico que lo despertó fue real.

—Muévete, muévete —aceleró Joaquín. Eugenio era muñeco, y tomó asiento en la cama procesando más rápido la canción que a Joaquín mismo.

Gotta keep it down honey – lay your backs on the line – ‘cause I don’t care about the money – don’t be wasting my time —cantó, mientras Joaquín evaluaba su clóset y la ventana, pero la altura al primer piso era muy alto y su clóset era muchas cajoneras—, you need less speed – get off my case – you gotta slow it down, baby – just get out of my face.

—Bajo la cama.

Eugenio despertó con su cabeza chocando en el suelo, y se movió como gusano para esconderse bajo la cama tras los insistentes siseos y patadas que Joaquín le dio. Las manos fueron lo último que se vieron cuando la puerta de la habitación se abrió con fuerza.

—¿Sigues despierto? —su madre preguntó—. ¿Por qué hay tanto ruido?

—Era la música —Joaquín apuntó al estéreo—, son las Spice Gi-

—Ya te he dicho que no me gusta que estudies con música. Te desconcentras.

—Estaba en un descanso.

—¿Descanso a esta hora?

—¿Quieres hablarlo ahora? —Las palabras de Joaquín escaparon de su boca.

Melanie mantuvo su mirada de advertencia en Joaquín, lo que logró que su hijo se avergonzara de su propio desafío; la mirada con el mentón bajo, decidida a que el peso de las palabras cayeran en su propia consciencia.

—No me hables así —advirtió Melanie—, o te vuelvo a castigar.

—Perdón, mamá.

—Ordena todo y acuéstate. Deja de hacer ruido.

Joaquín exhaló de alivio para cuando Melanie cerró la puerta; le fue inevitable no ir tras ella y colocar sus huellas en la madera blanca, con su corazón desbocado y nervioso. Tras escuchar el agua del retrete y la puerta del cuarto de su madre cerrarse, volvió a respirar.

—Te puedes largar —informó Joaquín, a la par que Eugenio salía bajo la cama—, aunque tendré que lanzarte por la ventana. No puedo arriesgarme a que te vean.

—Okey —accedió. Joaquín notó cómo Eugenio no le quitaba los ojos de encima, con sus cejas bajas, su boca con una mueca, y sus ojos más oscuros de lo que debería- el delineado en las líneas de agua se había corrido—. ¿No está como loca tu mamá?

—¿Por qué lo dices?

—O sea, te pregunta sobre el estudio, pero son casi las cinco —notó—, ¿no es anticuado que se preocupe por eso y no porque no estés durmiendo?

—Espejito rebotín, Genio, ¿o tus padres saben que estás acá?

Eugenio le cedió el punto, pero su incomodidad no se largaba. Joaquín tampoco dejaba de abrazarse a él mismo, con el frío de madrugada colado por el poco espacio que sobraba en la ventana. Para poder desapegarse de los ojos de Eugenio, Joaquín caminó hacia el estéreo y cambió a las Spice Girls de la primera canción que le llamaba la atención. Una canción dejó sus últimas notas que transicionó a Persiana Americana.




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