Joaquín no supo que se estaba quedando dormido en el pasillo cuando sintió un golpe al costado de su cabeza. La alzó con lentitud, tan entorpecido que se sintió un niño, y entrecerró sus ojos cuando vio a Eugenio con la guitarra acústica a un lado.
—¿Qué haces acá? —le preguntó Joaquín.
—Estudio acá —contestó Eugenio, y se derrumbó a su lado en el pasillo con la guitarra en su regazo—. Seba me pidió afinarle la guitarra después del examen de inglés, así que aquí estoy. ¿Tú?
—Freddy y el Gringo están en la oficina del director, por alguna razón. Los espero.
—Aw, ¿vas al garaje?
—Me encantaría, pero mañana son los examenes de artes y música.
—Oh, no —Eugenio exclamó, sarcástico—. Tantos temas densos que no podrás memorizar en una noche.
—Chistosito. Aprovecharé eso para dormir al menos más de seis horas, así que, no te quiero en mi casa.
—Ya me vi estar cantándote por cuatro horas en la calle para que me abras la puerta.
—De hecho…
Joaquín abrió su mochila entre sus piernas, con un deje de nerviosismo que solo le generó un grado de pena ajena cuando, con cuidado, sacó un duplicado de la reja de su casa. No supo si Eugenio estaba avergonzado, desagradado o sorprendido.
—Para que no me sigas haciendo bajar —le dijo Joaquín—. Solo entras y subes por la ventana.
Eugenio tomó la llave entre sus manos, y la inspeccionó con tanto detalle que Joaquín se obligó a interesarse en el tablero mural frente a ellos.
—¿De verdad? —preguntó Eugenio—. ¿Una llave? Entonces, cuando terminemos, ¿deberé de regresártela?
—Obvio —Joaquín se rascó los cabellos de su nuca—, no me agradas demasiado.
No quería verlo, ya era demasiado pesado. Vio a Eugenio guardar la llave en su bolsillo y, con rapidez, posicionó la guitarra entre sus brazos.
—Como no me puedo expresar como una persona normal, te cantaré una canción.
—Ya, basta —Joaquín lo miró, finalmente—. Cállate. No hagas el ridículo.
—Bendito el lugar… y el motivo de estar ahí – bendita la coincidencia…
—Oh, dios —Joaquín quería que la tierra lo tragara, más cuando algunos alumnos pasaban cerca de ellos y le entregaban tanto molestas como burlescas miradas—. Cállate, Genio. Por favor.
—Bendito dios por encontrarnos – en el camino – y de quitarme esta soledad – de mi destino…
Era brillante, antipático, de ojos resplandecientes que escondía un delineado en la línea de agua, junto con notorias señales de alegría que solo provenía en esa tensa semana de alguien que era un erudito. Joaquín solo pudo lanzar una carcajada mientras que Eugenio continuaba con su meloso canto.
—¿No puedes cantar algo menos cringe? —pidió Joaquín.
—‘Cause I can’t live – with or without you-
Sin notarlo, Eugenio fue empapado por un vaso de agua.
—¿Por qué no lo dejas en paz? —Alen había aparecido de repente, notablemente enojado al enfrentarse a Eugenio, quien rápidamente tomó el mango de la guitarra y se levantó para golpearlo con ella. Antes de que sucediera lo peor, Joaquín se interpuso entre los dos, extendiendo sus brazos—. ¡Vamos, golpéame!
—¡¿Qué demonios te pasa?! —Joaquín le gritó.
—¡¿En serio le vas a tener paciencia a ese imbécil?! —Alen le gritó—. ¡¿En especial con todo lo que te ha hecho?!
—¡No me ha hecho ni mierda! ¡Y si lo hizo solo me concierne a mí! —Joaquín gritó de vuelta, antes de girarse hacia Eugenio—. Lárgate de acá.
—Pero Joaqu-
—¡Vete, hombre!
—Déjalo tranquilo —Alen se enfrentó a Eugenio nuevamente, y Joaquín se volvió a aproximar para agarrar a Alen de los brazos—. ¿Con qué cara vienes a molestarlo? Sé lo que tramas. Eres un puto cobarde y poco hombre.
—¡Deja de meterte en mi mierda! —Eugenio gritó, y volvió a alzar la guitarra.
Los estudiantes comenzaron lentamente a acoplarse para ver la pelea. Joaquín lo último que quería era involucrarse en una, además de ser el centro de atención de lo-que-sea era el conflicto que estaban teniendo los dos en ese instante.
—¡Basta! —Joaquín terminó por encarar a Alen—. Somos amigos, así que deja de involucrarte. Quédate tranquilo de-
—¿Qué clase de amigo se involucra con la novia del otro? —escupió Alen, finalmente.
—¡No me he involucrado con Jesús! —Eugenio se defendió.
—¡No lo parecía en la biblioteca!
—Por la mier- lárgate —Joaquín le pidió a Eugenio—. Vete de una vez, cabrón.
Eugenio finalmente desistió y se marchó de ahí, presuntamente a su propia casa. Alen se zafó de Joaquín y, contrarido con la idea de que él se iría tras Eugenio, encaró con enojo a Alen.
—¿Por qué lo sigues defendiendo? —escupió Alen—. ¿Por qué insistes en hacerte el estúpido?
—¿Me lo dices a mí? Te pueden expulsar del equipo de fútbol por esto.