Sentencia De Amor || Allard De Borja *s. P Iv

EXTRA LA CULEBRA BORJA

LAS CULEBRAS SON SIGILOSAS

MUERDEN CUANDO MENOS SE ESPARA

EN ESPECIAL SI ES UNA BORJA

"Las serpientes son sigilosas.

Rastreras.

Atacan cuando la calma es la protagonista.

Hieren de manera letal y despiadada.

Pero esta en particular, no tiene necesidad de inyectar el veneno de manera física, cuando aprendió que lo que más le dolía a su víctima era eso imposible, que, cuando pudo ser, desechó.

Y por eso, con contundencia atacó y era hora que se enterara, pues habia llegado el momento de saldar cuentas pendientes, no siendo precisamente la que se ensuciase las manos, o eso esperaba, porque se arriesgaría a probar la teoría conspiratoria que se habia formado en su cabeza, y de ahí sabría con que contar o aventurarse, teniendo en cuenta el desenlace de los acontecimientos.

Porque la muerte era su amiga íntima, al hace mucho haber dejado de temerle, aunque era un hecho que se sentía vencedora, porque siempre apostaba por ella, y nunca habia dejado de confiar en sus habilidades".

EUNICE

(Roma-Italia)

Región toscana – Florencia.

Septiembre de 1810...

Si se ponía a pensar, no era la primera vez que sentía que por fin habia encontrado un motivo para su existencia, que su amargura era justificada al serle arrebatado lo único bueno que podria tener, siéndole de vuelto, sin realmente sentirse completa y suficiente, y por eso mismo, es que aguardó pacientemente ese momento.

No siendo precisamente un descuido, porque poco le importaba su suerte, o ser descubierta.

Solo quería que la persona en concreto se sintiese de verdad feliz, mientras pensaba que por fin su vida era la que siempre quiso, existiendo sin nada que la atase, haciendo lo que se le viniese en gana en una ciudad tan colorida como lo era Florencia, y su casucha, que no tenía que verla para saber que era asquerosamente pintoresca, a ser la ciudad del arte.

Por eso, tenía que recordarle lo poco que se merecía si quiera respirar.

Y habia llegado el momento.

Sonriendo abiertamente, sentada con la espalda erguida con un vestido precioso color negro, como sus ojos, mientras escuchaba como la puerta era abierta con una carcajada despreocupada acompañando el chirrido de las bisagras, siendo remplazada por un grito de pánico cuando halló la estancia en penumbras, pero no solitaria a como la dejó, ni a como llegaba, venidos al caso.

—¿Recordando viejos tiempos, Querida? —dijo al advertir como esta intentaba iluminar la estancia, dejando que siguiera su cometido al reconocer que era una tozuda valiente, mientras su aspecto seguramente se tornaba ceniciento a de alguna manera reconocerle, balbuceando incoherencias que le hicieron chasquear la lengua para enfocarse en la sombra del acompañante de esta, que percibían los ojos marchitos de Lady Eunice de Borja, sin contar con su varonil aroma —¿Aprovechaste el tiempo, Auguste? —sentía la mirada penetrante sobre su anatomía quemándole la piel, haciéndola respirar de manera acelerada.

Al no tener respuesta continuó con su exposición.

» Pero, siéntate, Celine —se dirigió de nueva cuenta a la francesa, con la confianza de quien fuese la dueña de casa —. Que vine con ánimo de contarte las buenas nuevas —soltó en ese tono precioso aterciopelado, siendo uno de sus tantos atributos, que con el pasar del tiempo la hizo conocida como una de las mujeres más letales y bellas de Europa pese a su edad madura, y ojos marchitos, porque su belleza era innegable, siendo de las mujeres de su familia la más hermosa, portando unas facciones simétricas, y una cabellera castaña envidiable pese a los visos grisáceos que la adornaban —. Entre ellas tu nuevo nieto, a Luisa estar a punto de parir, y la razón de que estuvieras departiendo con un hombre que no te pertenece, de nuevo.

—¿Qu... Que? —balbuceó a duras penas con eso último.

Anhelando ver su cara, pero se conformaba con imaginársela.

Siendo lo suficiente repulsivo para sus entrañas.

—¡Que desconsiderada soy! —soltó en tono exagerado aparentando malamente olvido —. Te presento a mi esposo, Auguste Gibbs —el rostro de la francesa se tornó gris —. Otro hombre a tu lista que bebe los vientos por esta ciega a la que nunca le llegarás a los talones —a duras penas negó entre balbuceos —. Si dudas de mi palabra, siendo considerada, y mira que es un rasgo que no poseo, me tomé el trabajo de traerte los papeles que lo ratifican —le mostró la mesa de centro en el pequeño simulo de sala en la que se hallaba, a la par que estiraba la mano para que fuese a su encuentro el nombrado, el cual, sin dudarlo hizo lo que le pidió de manera silenciosa, besándole los labios castamente, sintiendo como le observaba haciendo que temblase levemente.

Demasiadas sensaciones que no se tomaría el trabajo de interpretar.

—Quedamos en algo —dijo sobre sus labios, separándose a duras penas, dejando sus alientos chocando.

—Quedaste tú, cuando pensaste que la única venganza hacia esa perra sería el hacerme a ti —dijo entre dientes, mientras escuchaba unos pasos acercarse a la puerta —. No te aconsejo que hagas eso, si aprecias el poco tiempo que te queda —dolida pero igual de rastrera —. Te dije que tenemos unos asuntillos pendientes.

—¿Qué me piensa hacer? —alzó un dedo, mientras terminaba la conversación que tenía con el matasanos, para que aguardase su turno.

—No debió haberme quitado a mi hijo —siseó mientras lo tomó del pañuelo dándole un beso brusco, para después echarlo fuera de su alcance empujándole —. Querida Céline —soltó enderezándose con una ayuda poco necesitada del báculo que no la desamparaba, llegando hasta la altura de la pelinegra de ojos azules que no retrocedió de puro milagro —. Mi hermana, que conoces perfectamente, antes de morir —gracias a ella —, me enseñó una manera de hacer sufrir a las personas hasta el punto de matarles de aburrimiento, cosa que pienso aplicar contigo, con una ligera diferencia —soltó alzando una mano para acariciarle el rostro, hasta posarla en su garganta sosteniendo el área con fuerza hasta el punto de hacerle jadear por un poco de aire, pero no la soltó, solo la hizo caminar hasta la silla donde la tiró, pese a que luchó con todas sus fuerzas para superarle, atinándole un par de golpes que le supieron a gloria —. Te contaré como tu amado Auguste me posee cada noche, y se viene dentro de mí, pronunciando mi nombre —que no era del todo mentira —. Para después contarte los felices que son tus hijos sin ti, con sus respectivas familias, porque Luisa llena los espacios que tu dejaste, haciendo de madre para una Freya, que tiene un par hijos que son la adoración de mi sobrina —la pelinegra meses atrás habia dado a luz a una preciosa niña que era la protegida de su hijo, al haberlo cautivado ni bien su hermana lo obligó a sostenerla —. Sobrina que está a punto de dar a luz, lo que seguramente serán otro par de mellizos, por el prominente vientre —que ella misma habia sentido al haber hecho de alguna manera migas con su pariente, al no tener nada que deberse —. A los que ya le tiene nombres, y ninguno es un homenaje a la madre del siglo —se mofó en su estampa sin darle la espalda, porque sabía mejor que nadie lo que era confiarse de la estupidez de un enemigo.




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