Sentencia del destino

Prólogo

Narrado por la Autora.

La mayoría de la gente cree que el amor es un evento catastrófico, algo que te golpea como un rayo en medio de un cielo despejado.

Tamara no estaba de acuerdo.

Como estudiante de último año de Psicología, prefería verlo como una construcción: cimientos sólidos, una estructura bien diseñada y, sobre todo, el momento adecuado.

​Y este no era el momento.

​—Último semestre, Tam. Sin distracciones —se susurró a sí misma, ajustando la correa de su mochila mientras caminaba por el campus.

Sus rizos pelirrojos, indomables incluso bajo la humedad de la mañana, parecían tener vida propia, saltando con cada paso que daba hacia la facultad.

​Para Tamara, el amor podía esperar en la sala de espera de su vida hasta que tuviera el título en la mano. Estaba convencida de que tenía el control.

​A unos cientos de metros de allí, en el corazón ruidoso de las gradas, Tobías no pensaba en el control, sino en la ejecución. El sudor le pegaba la camiseta al cuerpo y su cabello negro azabache estaba revuelto tras el entrenamiento de la mañana.

Era el mejor en la cancha y el más implacable en la facultad de Derecho. Para el resto del mundo, Tobías era una mezcla de arrogancia, victorias deportivas y una lista interminable de chicas populares que solo buscaban una foto a su lado.

​Nadie sospechaba que, bajo su uniforme de fútbol, en el compartimento más profundo de su bolso, descansaba una edición desgastada de Crimen y Castigo.

​Tobías no buscaba nada estable. La estabilidad era aburrida; prefería el ruido de las fiestas y la satisfacción de una nota perfecta. El amor, para él, era un argumento mal fundamentado que no pensaba llevar a juicio.
​El destino, sin embargo, tiene un sentido del humor bastante pesado.

​La cafetería del campus estaba a reventar. El olor a grano tostado y el bullicio de los estudiantes se mezclaban en un caos que Tamara intentaba ignorar mientras sostenía su café humeante y un fajo de apuntes sobre psicopatología.

Tobías, distraído por una broma de sus compañeros de equipo, entró al lugar como si fuera el dueño del aire que todos respiraban.

​Ella caminaba con la vista en su cronograma.

Él caminaba con la arrogancia de quien nunca se detiene.

​El choque fue inevitable.

​El café caliente tiñó de oscuro la camisa blanca de Tobías y los apuntes de Tamara volaron como pájaros heridos, aterrizando en el suelo mojado. El silencio se hizo espacio entre ellos mientras el resto del mundo seguía girando.

​Tamara levantó la vista, lista para disculparse, pero se encontró con unos ojos que no pedían permiso.

Tobías bajó la mirada, listo para soltar un comentario mordaz, pero se detuvo ante el incendio rojo de esos rizos frente a él.

​En ese segundo, el orden de ella y el caos de él dejaron de existir. El último semestre acababa de comenzar, y ninguna teoría psicológica o estrategia legal los iba a salvar de lo que vendría después.




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