Sentencia del destino

Capitulo 1

Odio que me interrumpan. Odio el desorden y, sobre todo, odio perder el tiempo en explicaciones innecesarias.

Esa mañana, mi mente estaba en tres lugares a la vez: el examen de Derecho Civil de las diez, la jugada de pizarrón que el entrenador quería que perfeccionara para el viernes y el peso del libro de Dostoievski que llevaba escondido en el fondo de mi maleta deportiva.

Un peso que, irónicamente, era lo único que me mantenía anclado al suelo mientras caminaba por el pasillo de la cafetería rodeado de idiotas.

—¡Tobías, hermano! La fiesta en la fraternidad el jueves, no faltes. Van a ir las de diseño —me gritó alguien del equipo, dándome una palmada en la espalda que casi me hace perder el equilibrio.

Asentí con una sonrisa arrogante, esa que ensayo frente al espejo para que nadie me haga demasiadas preguntas. La máscara de "estrella del campus" encajaba a la perfección.

Me gustaba el ruido, las chicas que no pedían compromisos y la adrenalina de ser el mejor. El resto... el resto era silencio y papel impreso.

Entré a la cafetería con la seguridad de quien sabe que el camino se despeja a su paso. Estaba revisando un mensaje en mi teléfono cuando el mundo decidió colisionar contra mi pecho.

Fue rápido. Un impacto suave, el sonido de hojas volando y, de repente, una mancha de calor abrasador expandiéndose por mi camisa blanca favorita.

—¡Maldita sea! —solté, bloqueando el impulso de soltar un insulto más pesado.

Sentí el café filtrándose por la tela, quemándome la piel, pero lo que realmente me detuvo fue el desastre a mis pies.

Mis botas estaban rodeadas de hojas blancas manchadas de marrón. Levanté la vista, listo para soltar una de mis frases demoledoras, de esas que dejan a cualquiera sintiéndose pequeño.

Pero entonces la vi.

Lo primero que registré fue el color. Un incendio de rizos rojos que parecía absorber toda la luz del lugar. Era un desorden magnífico, una cascada de espirales que enmarcaban un rostro que no me miraba con miedo, ni con la típica adoración de las chicas que frecuentaban mis entrenamientos.
Me miraba con... ¿análisis?

—Podrías mirar por dónde caminas —dije, endureciendo la voz mientras intentaba inútilmente sacudir la mancha de mi pecho—. Has arruinado mi camisa y, por lo visto, también tus apuntes de... ¿Psicopatología?—

Me agaché para recoger una de las hojas mojadas, más por instinto que por cortesía. Mis dedos rozaron los suyos por un segundo. Fue una descarga eléctrica, breve y molesta, como cuando tocas metal en un día seco.

Ella no se intimidó. Se ajustó las gafas y me sostuvo la mirada con una calma que me resultó irritante.

—Técnicamente, tú venías usando el pasillo como si fuera una pasarela de modelaje —respondió ella, con una voz suave pero firme que me hizo fruncir el ceño—. Y el café era un latte con doble carga. Lo siento por tu camisa, pero mis notas sobre el narcisismo acaban de volverse ilegibles.—

Qué ironía, ¿no crees?
Me quedé helado. ¿Acababa de llamarme narcisista en mi propia cara?

Alce una ceja tratando de asimilar lo que está chica acaba de decir, mientras sacudía la hoja mojada frente a ella.

Por un momento, olvidé que todo el mundo en la cafetería nos estaba observando. Solo podía ver el contraste de su piel clara contra ese rojo encendido de su cabello.

—Tamara, vámonos, es tarde —escuché que alguien la llamaba desde una mesa cercana.

Tamara.

—Suerte con tu camisa, "estrella" —dijo ella, recogiendo el resto de su desastre con una agilidad sorprendente antes de darme la espalda y alejarse entre las mesas.

Me quedé allí, de pie, con una mancha de café en el corazón y la extraña sensación de que, por primera vez en cuatro años, alguien me había leído sin siquiera abrir mi libro.

Lo primero que hice al salir de la cafetería fue tirar la hoja arrugada de Tamara al primer basurero que encontré. O eso intenté. Al final, terminé guardándola en el bolsillo trasero de mi pantalón, como si fuera una prueba de un crimen que aún no lograba descifrar.

Pasé por los vestidores del club para cambiarme la camisa. Me puse una sudadera negra del equipo; era más informal de lo que suelo usar para las clases de Derecho, pero necesitaba sentirme cómodo, necesitaba recuperar mi armadura. Mientras me miraba al espejo, recordé la frase de su apunte: “El ego es una máscara…”.

—Cállate —le dije a mi reflejo.

El entrenamiento de la tarde fue un desastre. Mi precisión, esa que todos envidian, estaba fuera de eje. Cada vez que levantaba la vista para buscar al extremo derecho, mis ojos se desviaban involuntariamente hacia las gradas, buscando un destello de color rojo.

—¡Miller! ¿Estás jugando fútbol o buscando mariposas? —gritó el entrenador, haciendo sonar el silbato con una fuerza que me taladró los oídos.

—Lo siento, mírame ahora —respondí, apretando los dientes.

Terminé la práctica agotado, con los músculos ardiendo y un humor de perros. Mis compañeros se fueron a celebrar no sé qué tontería a un bar cercano, pero yo puse la excusa de que tenía que repasar Jurisprudencia.

Mentira.

Lo que quería era silencio.
Caminé hacia la zona más apartada del campus, cerca de las viejas gradas de cemento que daban a la cancha de entrenamiento secundaria.

Es un lugar que nadie usa porque está lejos de todo, perfecto para abrir mi bolso, sacar el libro y pretender que el mundo no existe.

Pero al llegar, me detuve en seco.

Allí estaba ella.

Sentada en el escalón más alto, con las piernas cruzadas y la espalda apoyada en el muro de concreto.

Tenía unos auriculares puestos y estaba tan concentrada en un libro grueso que ni siquiera notó mi presencia. El sol de la tarde le daba de lleno, haciendo que su cabello pareciera lava fundida.

Me quedé un momento allí, en las sombras, observándola. Parecía otra persona. No era la chica combativa de la cafetería; se veía... en paz.




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