Tamara.
—Es un narcisista de manual, te lo digo —sentencié, dejando caer mi mochila sobre la mesa de la biblioteca con un golpe seco.
Mi mejor amiga, valiente sobrevivientes de la carrera de Psicología conmigo, levanto la vista de su cuaderno.
Sofia arqueó una ceja y el brillo en sus ojos me dijo que ya sabía de quién estaba hablando.
En esta universidad, solo hay un "narcisista de manual" que use el pasillo de la cafetería como si fuera la alfombra roja de los Oscar.
—¿Te refieres a Tobías Miller? —preguntó Sofía, con una sonrisa de suficiencia—. ¿El mismo que acaba de pasar por el pasillo con una mancha de café que parecía el mapa de Pangea en su pecho?—
—El mismo —suspiré, dejándome caer en la silla y pasándome las manos por mis rizos, que ese día estaban más rebeldes de lo habitual por la humedad—. Chocó contra mí Bueno, técnicamente él me atropelló porque venía mirando su teléfono con ese aire de "el mundo me pertenece". Mis apuntes de Psicopatología quedaron como arte abstracto—Bufe—Horas de transcripción a la basura—
—Pero, ¿qué te dijo? —insistió Sofía, inclinándose hacia delante—. Dicen que es un borde, pero que si le sonríes, te invita a las mejores fiestas de la zona norte.—
—¿Sonreírle? —Solté una carcajada amarga—. Le dije que era un narcisista y que ocupaba demasiado espacio. Se quedó de piedra. Creo que nadie le había dicho "no" desde que aprendió a caminar. Tenía esa mirada de... "no proceso que una mortal me esté hablando así".—
—Tamara, estás jugando con fuego —advirtió Sofía, aunque se estaba riendo—. Ese tipo tiene a medio campus a sus pies. El equipo de fútbol lo idolatra y los profesores de Derecho creen que es el próximo genio de las leyes—
—Pues para ser un genio, le falta mucha inteligencia emocional —respondí, abriendo mi libro de casos clínicos—. Tiene una máscara de tres capas de grosor. Es fascinante, desde un punto de vista puramente académico, claro—
Pasé el resto de la tarde tratando de convencerme de que mi interés que estaba teniendo por él era estrictamente profesional. Como futura psicóloga, me atraían las personalidades complejas, y Tobías era un rompecabezas con piezas que no encajaban. ¿Por qué alguien tan "popular" caminaba con esa tensión en los hombros cuando creía que nadie lo veía?
Al final de la tarde, necesitaba aire. La biblioteca se sentía pequeña y el olor a café de la mañana todavía me perseguía. Fui a mi lugar seguro: las gradas viejas de la cancha secundaria. Es el único rincón donde el ruido de la universidad se vuelve un zumbido lejano.
Me puse los auriculares, busqué una lista de reproducción de piano melancólico y abrí mi libro. Estaba en paz. O eso creía.
Sentí la vibración de los pasos en el cemento antes de verlo. No tuve que mirar mucho para saber quién era; había algo en la energía de ese chico que era imposible de ignorar.
Cuando Tobías apareció en mi campo de visión, con esa sudadera negra que lo hacía ver menos como un modelo y más como un ser humano, mi corazón dio un salto traicionero.
"Es la adrenalina del conflicto", me dije a mí misma. "Nada más".
—Vaya, la "estrella" ha dejado de brillar por hoy —le dije, quitándome los auriculares con una calma que me costó mantener.
Él se sentó a unos metros. Estaba a la defensiva, como era de suponerse.
Pero entonces ocurrió algo que no estaba en mis teorías: sacó un libro. Y no era cualquier libro. Era literatura rusa. Pesada, oscura, existencialista.
Me quedé en shock por un segundo. El "chico de oro" que pasaba sus noches entre botellas de vodka y chicas populares, pasaba sus tardes leyendo a Dostoievski en unas gradas abandonadas. Mi radar de psicóloga se encendió con una luz roja intermitente.
Hipótesis A: Es una fachada para parecer interesante.
Hipótesis B: Hay alguien real viviendo detrás de esa arrogancia.
—Es un buen libro —admiti—. Pero un poco oscuro para alguien que lo tiene todo, ¿no crees? Raskólnikov mata por una idea de superioridad. Me pregunto si tú también te crees por encima de la moral común, Tobías—
Cerro el libro con un golpe seco, admito que me asuste .
—No me conoces, Tamara. No tienes idea de quién soy cuando no hay nadie mirando. Así que guarda tus diagnósticos para tus pacientes—
Buen punto.
—Eso es lo que me intriga —replique —. ¿Quién eres cuando no hay nadie mirando? Porque ahora mismo, estamos solos, y sigues actuando como si estuvieras frente a una audiencia de mil personas?—
Había algo en su mirada una mezcla de desafío y soledad que me hizo querer bajar mis propias armas, se quedo en silencio.
Tal vez pensando alguna palabra para dejarme en hacke pero procedi hablar.
— El deportista estrella se ha quedado sin palabras— sonrei negando con su cabeza— Me debes un café , latte para ser más exactos —finalice
Su mirada, me sentí desnuda ante su mirada.
—Hagamos un trato —propuso él después de un silencio que se sintió eterno—. Yo te compro tu dichoso café y tú dejas de intentar psicoanalizarme cada vez que respiro—
Sonreí. No pude evitarlo. Fue una sonrisa de rendición, porque sabía que ese trato era una trampa para los dos.
—Trato hecho —respondí.
Él volvió a su libro y yo al mío. Pero no leí ni una sola línea más.
Mi mente estaba ocupada analizando el hecho de que Tobías Miller no solo olía a una mezcla extraña de deporte y menta, sino que tenía un mundo interno que estaba gritando por ser descubierto.
Y lo peor de todo es que, a pesar de mis planes de un semestre tranquilo, yo tenía muchísimas ganas de empezar a escuchar