Sentencia del destino

Capitulo 3

Tobías.

Me desperté con una sensación de pesadez que no tenía nada que ver con el entrenamiento físico. Era algo más molesto: vulnerabilidad. Anoche, en las gradas, dejé que esa chica de los rizos rojos viera una grieta en mi armadura. Dejé que viera el libro. Dejé que viera que podía guardar silencio sin intentar devorar el mundo.

Y eso, en mi código de supervivencia, es un error táctico de primer nivel.

—¡Miller! —Javi entró al vestidor dando un portazo, rodeado de otros tres tipos del equipo—. Esta noche es la fiesta de bienvenida de la facultad de Derecho. No aceptamos un "no" por respuesta. Las chicas de tercer año están preguntando por ti desde el lunes—

Me miré al espejo. Mi camisa blanca estaba impecable de nuevo, planchada y rígida. Como yo.

—Estaré allí —dije, esbozando esa sonrisa depredadora que uso para las fotos—. Necesito una distracción de tanta biblioteca—

—Ese es nuestro capitán —celebraron, dándome palmadas en la espalda.

Caminamos hacia la cafetería principal. El lugar estaba a reventar, el ruido era ensordecedor y el aire olía a hormonas y cafeína barata. A lo lejos, cerca de la ventana, divisé el incendio: Tamara.

Estaba sola, rodeada de libros, con un lápiz sujeto entre los labios mientras escribía frenéticamente.

Sentí un tirón en el pecho. Una parte de mí quería acercarse, dejar el café premium que había comprado en la boutique de la esquina sobre su mesa y verla sonreír otra vez.

Pero mis amigos estaban mirando. El "personaje" de Tobías Miller no se rebaja ante una estudiante de psicología que lo llamó narcisista frente a todos.

—Mira a quién tenemos ahí —dijo Javi, señalando a Tamara con un gesto burlón—. Es la pelirroja que te bañó en café el otro día. ¿Todavía no le has hecho pagar la factura, Tobías?

Mis pies se movieron antes de que mi cerebro pudiera detenerlos; Pero no se movieron con la suavidad de las gradas ayer por la tarde, Se movieron con la arrogancia de quien tiene un público que satisfacer.

Me acerqué a su mesa. Mis amigos se quedaron a unos pasos, esperando el espectáculo.

Tamara levantó la vista, y por un segundo, sus ojos verdes brillaron con una expectativa suave, casi acogedora. Supongo que esperaba al Tobías del atardecer.

Pobre de ella.

—Vaya, si es la futura analista de mentes —solté, con un tono de voz lo suficientemente alto para que los de las mesas cercanas escucharan—. Sigue aquí, tratando de salvar el mundo con un par de apuntes manchados—

Tamara parpadeó, confundida. La chispa en su mirada se apagó, reemplazada por una sombra de desconcierto.

—Tobías... —comenzó a decir, con una voz baja que solo yo podía oír—. ¿Pasa algo?—

—Pasa que me debes una disculpa pública por el espectáculo del otro día —dije, recostándome contra la mesa, invadiendo su espacio personal de forma agresiva

—. Me hiciste perder el tiempo con tus teorías baratas. ¿De verdad creíste que un par de frases de un libro viejo iban a cambiar algo?—

Vi cómo apretaba el lápiz entre sus dedos. Sus nudillos se pusieron blancos.

—Ayer en las gradas no parecías pensar que eran teorías baratas —susurró ella, y sentí una punzada de pánico. No podía dejar que mencionara eso frente a los demás.

—¿Ayer? —Solté una carcajada seca, forzada, que me dolió en la garganta—. ¿Te refieres a cuando tuve que aguantar tus balbuceos porque me dio lástima dejarte sola en el frío? No te confundas, Tamara. Fue caridad social, A veces olvido que gente como tú se toma demasiado en serio un par de minutos de cortesía—

El silencio que siguió fue denso, su amiga Sofía, que acababan de llegar, la miró con preocupación. Javi y los otros se rieron a mis espaldas.

—¿Caridad social? —repitió Tamara, Su voz ya no era suave, Era de hielo—. Entiendo—

Se puso de pie con una lentitud que me puso nervioso, le sacaba casi una cabeza de ventaja en altura, pero en ese momento, me sentí diminuto bajo su escrutinio. No me miró con odio. Me miró con algo mucho peor: decepción clínica.

—Tienes razón, Tobías —dijo, recogiendo sus libros con una calma aterradora—. Cometí un error de diagnóstico grave,Pensé que debajo de todo ese ruido había alguien que valía la pena escuchar. Pero solo eres un eco. Un eco vacío de lo que los demás esperan que seas—.

Se colgó la mochila al hombro y se acercó a mi oído, pasando junto a mí.

—Quédate con tu café y con tu audiencia —susurró, tan bajo que solo yo pude sentir el calor de su aliento—. Pero no vuelvas a buscarme cuando la máscara te empiece a asfixiar, Me das lástima—

Se alejó sin mirar atrás, Sus rizos rojos ya no parecían un incendio, sino un estandarte de guerra.

—¡Uhh! ¡Te puso en tu lugar, hermano! —gritó Javi, riendo—. Pero bueno, así son las de psicología, se creen superiores, Vamos, que la clase de Derecho Mercantil no espera—

Caminé con ellos, sintiendo el peso del café premium que todavía llevaba en la mano y que terminó en el mismo basurero donde ella tiró mis esperanzas de un semestre tranquilo.

Me dolía el pecho, pero me aseguré de que mi sonrisa fuera lo suficientemente brillante para que nadie notara que, por dentro, me sentía como el villano más patético de la novela que ella ya no quería leer.

^^

Tamara.

Odiaba tener razón, pero odiaba todavía más que mis amigas la tuvieran.

—Un poco más de brillo aquí y estarás lista para el colapso mental de Miller —dijo Lucía, ignorando por completo mi mirada de desaprobación mientras me retocaba el maquillaje.

Me miré al espejo y apenas me reconocí, El vestido de satén verde esmeralda se ajustaba a mi cuerpo como una segunda piel, y mis rizos pelirrojos, normalmente una masa indomable de caos, caían sobre mis hombros con una elegancia que gritaba "estoy en mi mejor momento". Me sentía como una hipócrita.

Había pasado todo el día analizando el comportamiento de Tobías en la cafetería, catalogándolo como un mecanismo de defensa primario basado en la validación social, pero ahí estaba yo: vistiéndome como si fuera a la guerra.




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