La vi moverse hacia la salida y algo en mi cerebro hizo cortocircuito. No era pánico, era una orden directa de mi instinto: no la dejes ir.
Me deshice de la mano de la chica que intentaba llamar mi atención con un gesto seco, ni siquiera la miré.
Atravesé la pista de baile como si fuera el dueño del lugar, porque en realidad, lo era. Los chicos se apartaban no por cortesía, sino por la energía que emanaba de mí en ese momento.
No me gustaba el juego de tamara pero sobre todo, me irritaba que Tamara creyera que podía entrar en mi territorio, incendiarlo todo con ese vestido y luego marcharse como si nada.
Salí al aire frío de la noche. La vi a unos metros, caminando hacia los dormitorios del campus con esa elegancia desafiante.
-Tamara. -Mi voz no fue un grito, fue una orden vibrante, cargado de una autoridad que detendría a cualquiera.
Pero ella no se detuvo. Siguió caminando, ignorándome con una soberbia que solo lograba encenderme más.
Aceleré el paso.
En tres zancadas la alcance, No la tomé del brazo con duda; la rodeé, colocándome frente a ella y bloqueando su camino con la solidez de un muro de concreto.
Ella tuvo que frenar en seco para no chocar contra mi pecho, Levantó la vista, sus ojos verdes echando chispas bajo la luz del farol.
-Quítate de mi camino, Tobías -dijo ella, tratando de mantener esa calma clínica que tanto me irritaba.
-No me da la gana -respondí. Bajé la voz, dejando que el tono se volviera oscuro, casi peligroso-. No te vas a ir así. No después de venir aquí a dar este espectáculo—
-¿Espectáculo? -Ella soltó una risa irónica, pero noté cómo su respiración se aceleraba
—Solo vine a una fiesta, igual que tú. Ahora, si me permites, debo ir a mi dormitorio.—
Me acerqué un paso más, invadiendo su espacio personal hasta que pude sentir el calor que emanaba su cuerpo.
Me gusta ver cómo sus pupilas se dilatan. Me gusta saber que, aunque intentara calmarlo, su cuerpo reaccionaba al mío.
—La habitación puede esperar —sentencié. Estiré la mano y, con un movimiento lento y posesivo, tomé uno de sus rizos rojos entre mis dedos. Lo sentí suave, eléctrico
—Me llamaste "eco vacío" esta mañana, Me llamaste "narcisista". Y ahora vienes aquí, vestida para matar, y pretendes que no te vea—
—Te veo perfectamente, Tobías —replicó ella, aunque su voz flaqueó un poco cuando mis nudillos rozaron la piel de su cuello— yo solo veo a un tipo que no soporta no ser el centro de atención— finalizó
—Te equivocas —le corregí.
Me inclino hacia ella hasta que mi aliento rozó su oído. —Lo que no soporto es que tú finges que me no prestes atención, Puedes analizarme todo lo que quieras, Tamara. Puedes escribir tesis sobre mi ego si eso te hace sentir segura. Pero no te vas a ir de aquí pensando que tienes el control de esta situación—
El volumen de la música hace eco en toda la facultad,Las luces amarillas iluminaban su rostro, resaltando la determinación en sus facciones.
Ella intentó rodearme, pero puse mi mano sobre el poste del farol, encerrándola entre mi brazo y el metal frío.
—Déjame pasar —ordenó ella, pero esta vez fue un susurro cargado de tensión.
—Mírame — le exigí.
No era una petición, era una orden.
— Mañana, a las ocho de la mañana, te quiero en la cafetería. Y esta vez, el café lo pago yo y tú te sientas a escucharme. No es una invitación, Tamara. Es una cita.—
—¿Y si no voy? —desafió ella, clavando sus ojos en los míos.
Esbocé una sonrisa lenta, esa que uso cuando sé que ya gané el caso antes de entrar al juzgado.
—Irás. Porque tu curiosidad de psicóloga es más fuerte que tu orgullo. Y porque sabes que, si no vas, iré a buscarte a tu facultad frente a todos tus compañeros. Y créeme, soy muy bueno llamando la atención—
Ella me sostuvo la mirada un segundo más, una lucha de voluntades que hizo que el aire entre nosotros vibrara. Sin decir una palabra más, se zafó de mi brazo y se dirigió hacia el área norte del campus.
Me quedé allí, de pie en el umbral de la facultad de derecho, viendo cómo se alejaba. Sabía que deseaba voltear pero su orgullo no la dejaría, Lo sentía.
Me acomodé el cuello de la camisa y encendí un cigarrillo, observando el humo perderse en la noche. Ella creía que estaba huyendo, pero lo que no sabía es que acababa de aceptar el reto más peligroso de su vida.
El último semestre acababa de volverse mi prioridad absoluta, y Tamara no tenía idea de lo que era tener a un Miller decidido a ganar.
^^
Siete de la mañana. El campus todavía estaba sumergido en esa neblina grisácea que precede al caos estudiantil, pero yo ya estaba allí. No era insomnio; era enfoque.
Cuando tengo un caso difícil, no duermo hasta encontrar la falla en el argumento del oponente. Y Tamara era, sin duda, el caso más complejo que se me había cruzado en cuatro años de Derecho.
Me senté en la mesa central de la cafetería, la que tiene la mejor vista de la entrada. Llevaba una camisa negra impecable, las mangas arremangadas con precisión y mi reloj de acero brillando bajo las luces fluorescentes.
No quería parecer desesperado, quería parecer inevitable. Frente a mí, dos cafés de especialidad,nada de la basura de la máquina y un silencio que empezaba a pesarme en los hombros.
Ocho y cinco.
Ocho y diez.
Sentí una punzada de irritación, Nadie me hacía esperar.
Pero justo cuando estaba por levantarme y cumplir mi amenaza de ir a buscarla a su facultad, la puerta se abrió.
Apareció ella. Llevaba unos jeans ajustados, una sudadera gris que le quedaba un poco grande y sus rizos rojos recogidos en un moño desordenado que dejaba al descubierto su cuello.
Se veía real, sin el satén verde de anoche, y de alguna manera eso la hacía más peligrosa.
Pero no venía sola—Frunci el ceño—
A su lado, caminando con una familiaridad que me revolvió el estómago, venía un tipo de su facultad. Reconocí el estilo de inmediato: gafas de pasta, una bolsa de tela con algún lema social y esa expresión de "entiendo tus sentimientos" que me daban ganas de soltarle un puñetazo.