Ocho de la mañana.
El sol apenas empezaba a calentar el asfalto cuando vi a Tobías llegar a la parada de la ruta universitaria, Me quedo sin aliento, No llevaba su camisa de lino ni su uniforme de capitán; vestía unos vaqueros oscuros y una camiseta negra básica que se ajustaba a sus hombros de una forma que debería ser ilegal.
-¿Dónde está tu coche, Miller? -pregunté, arqueando una ceja mientras el bus se acercaba chirriando.
-En el garaje -respondió con esa seguridad que no lo abandonaba ni en una parada de bus-. Dijiste "sin lujos" y Aquí me tienes, Espero que tu medio de transporte sea más puntual que tus amigos de ayer.
El bus llegó, saturado de gente, Era la hora pico de la mañana, Nos abrimos paso entre estudiantes y trabajadores hasta quedar atrapados en la parte trasera, No había asientos y Tobías tuvo que sujetarse de la barra superior, quedando su cuerpo a milímetros del mío.
-¿Incómodo? -le susurré, disfrutando de ver al "Rey de Derecho" rodeado de gente que lo empujaba.
-Para nada -replicó, bajando la voz.
Se inclinó sobre mí, usando su cuerpo como un escudo contra la multitud. Su brazo rozaba el mío y podía sentir el calor que emanaba después del partido de ayer-. Me gusta la proximidad, Tamara. Deberías saberlo a estas alturas.-
El bus dio un frenazo brusco y yo perdí el equilibrio, Antes de que pudiera caer, Tobías pasó su brazo libre por mi cintura, pegándome a su pecho con una firmeza autoritaria.
El mundo exterior desapareció. Solo existía el ritmo de su respiración y el olor a menta y jabón limpio ¿Cuántos aromas puede tener este hombre?
-Cuidado, psicóloga -susurró contra mi oído-. No querrás caerte antes de que empiece el verdadero desafío-
Me soltó cuando llegamos a nuestra parada, pero la sensación de su mano en mi cintura me persiguió hasta la puerta del centro comunitario.
El centro era un edificio antiguo, con paredes desconchadas y un ruido constante de niños corriendo. Mi plan era simple: darle las tareas más pesadas para ver que tan rápido protestaba.
-Tobías, vas a ayudar en el comedor y luego irás al área de tutorías con los niños que tienen problemas de conducta -le ordené, esperando ver una mueca de asco.
-Hecho -fue todo lo que dijo.
Pasaron las horas. Lo observé de reojo mientras yo atendía mis consultas. Lo vi limpiar mesas con una eficiencia fría, pero lo que realmente me descolocó fue lo que pasó en el área de juegos.
Había un niño, Mateo, que llevaba semanas sin hablar con nadie, encerrado en un mutismo selectivo por un trauma familiar, Lo vi sentado en un rincón, apretando un camión de juguete. Tobías se acercó, No lo hizo por arrogancia , mas bien por condescendencia; se sentó en el suelo de cemento, manchando sus vaqueros caros, y simplemente se quedó ahí, en silencio.
Pasaron diez minutos. Tobías no intentó "animarlo" ni usar trucos de psicología barata. Simplemente sacó de su bolsillo una moneda y empezó a hacer un truco de magia simple, moviéndola entre sus dedos con la misma destreza con la que manejaba el balón.
-A veces -escuché que Tobías decía en voz baja, casi en un susurro-, el mundo hace demasiado ruido y lo mejor es no decir nada. Yo también me callo muchas cosas, pequeño-.
El niño levantó la vista. Por primera vez en meses, soltó el juguete y señaló la moneda.
-¿Cómo... cómo lo haces? -preguntó Mateo con una voz diminuta.
Tobías sonrió. No era la sonrisa arrogante de la cafetería, ni la triunfal del estadio. Era una sonrisa suave, cargada de una vulnerabilidad que me oprimió el pecho.
-Es un secreto de caballeros -respondió Tobías, entregándole la moneda-. Pero si me ayudas a ordenar estos libros, quizá te enseñe el truco.
Me quedé helada en el marco de la puerta. En ese momento, el "eco vacío" que yo había diagnosticado se llenó de una humanidad aplastante, Tobías Miller no estaba actuando, Estaba conectando desde un lugar de soledad que ambos compartíamos.
Al final de la jornada, salimos del centro. El sol se estaba poniendo y ambos estábamos agotados, Caminamos en silencio hacia la parada, pero esta vez la tensión era diferente. Ya no era una guerra; era un alto al fuego.
-Has ganado el primer día -dije, mirando mis zapatos-. No te has quejado. Y lo de Mateo... fue increíble-
Tobías se detuvo y me obligó a mirarlo, Sus ojos ya no eran acero frío; eran profundos, oscuros y extrañamente honestos.
-No lo hice por el trato, Tamara -dijo, y por primera vez, su autoridad no se sentía como una imposición, sino como una confesión-. Lo hice porque sé lo que es tener que fingir que todo está bien cuando nadie te escucha-.
Dio un paso hacia mí, acortando la distancia que nos separaba bajo la luz anaranjada del atardecer.
-Mañana es el segundo día -continuó, rozando mi mejilla con el pulgar-. Pero ahora mismo, solo quiero que dejes de analizarme y me mires como al chico que acaba de enseñarle un truco de magia a un niño que no hablaba. ¿Puedes hacer eso?-
Me quedé sin palabras, atrapada en la vulnerabilidad de un hombre que se negaba a ser solo una etiqueta en mi tesis.
^^
Tobías .
El segundo día del "desafío de Tamara" empezó con un dolor de cabeza persistente y la extraña sensación de que estaba caminando directo hacia una emboscada. Pero no era ella quien me preocupaba, Era el resto del mundo.
Cuando llegué a la plaza central de la universidad, vi a Javi, a Ortega y a un par de amigos más del equipo de fútbol, Estaban sentados en la fuente, riendo a carcajadas mientras miraban hacia la facultad de Psicología. En cuanto me vieron, Javi saltó de la piedra con una sonrisa de suficiencia que me revolvió el estómago.
-¡Miren quién decidió aparecer! -gritó Javi, lo suficientemente alto para que los estudiantes que pasaban se detuvieran-. ¿Qué pasa, capitán? ¿Ya te aprendiste los nombres de todos los gatitos de la calle o todavía estás en la fase de "terapia de abrazos" con la pelirroja?-