El lunes por la mañana, la Facultad de Derecho olía a café amargo y a la ansiedad colectiva de los exámenes parciales. Pero para mí, el aire tenía un aroma distinto: el de la pólvora.
Caminé por el pasillo central con Vanessa colgada de mi brazo. Ella no dejaba de parlotear sobre un viaje a la playa que quiere organizar, pero yo no escuchaba ni una palabra,Mis ojos estaban fijos en la puerta del Auditorio B. Hoy era la clase magistral de Ética y Psicología Jurídica, una asignatura optativa que, por desgracia o por destino, compartía con Tamara.
—Te veo después, Van —dije, zafándome de su agarre con una frialdad que la dejó con la palabra en la boca.
—Pero Tobías, ¿no me vas a dar un beso ? —preguntó, haciendo un puchero que me resultó irritante.
La besé. No en los labios, sino en la frente, un gesto de desdén disfrazado de afecto, justo cuando vi a Tamara acercarse con sus amigas, Ella no se detuvo,Ni siquiera vaciló. Pasó a mi lado como si yo fuera parte del mobiliario, pero el roce de su hombro contra el mío fue como una descarga de voltios que me recorrió la columna.
Entré al salón y me senté en la última fila, mi territorio.
Tamara, fiel a su estilo, se sentó en la primera, rodeada de sus carpetas y su aura de "yo tengo el control".
El profesor Martínez, un hombre que disfrutaba ver a los alumnos sudar, entró y lanzó una carpeta sobre el podio.
—Hoy vamos a debatir sobre la Disonancia Cognitiva y la Máscara Social en el proceso penal —anunció, mirando por encima de sus gafas—. ¿Qué pasa cuando un individuo crea una mascara y se cree su propia mentira para sobrevivir al entorno? Señor Miller, usted que siempre tiene una opinión sobre el poder... empiece—
Me puse de pie con la elegancia de un depredador. Sentí la nuca de Tamara tensarse. Ella no se giró, pero sabía que estaba atenta.
—La máscara no es una mentira, profesor —dije, y mi voz resonó con una autoridad que hizo que el salón quedara en silencio—. Es una herramienta de supervivencia En un mundo de mediocres, mostrar vulnerabilidad es invitar al desastre, El que es inteligente sabe que la verdad es un lujo que solo se puede permitir con los iguales. Y como no hay iguales, la máscara es la única verdad que importa—.
Escuché un movimiento brusco al frente. Tamara se puso de pie sin pedir permiso. Se giró lentamente, y por primera vez en tres días, sus ojos verdes chocaron con los míos. Estaban cargados de un desprecio que me quemó la piel.
—Eso no es inteligencia, es cobardía —replicó ella, y su voz no tembló ni un milímetro—. Lo que el señor Miller llama "herramienta" es en realidad una celda, Construir una identidad basada en la aprobación del resto o en el miedo a ser visto es el síntoma más claro de una personalidad fragmentada, La máscara no protege al individuo del mundo; protege al mundo de la insignificancia que hay detrás de la máscara—.
El salón dejó de respirar. Nadie le hablaba así a Tobías Miller. Nadie se atrevía a llamarme insignificante.
—Es curioso que hable de insignificancia una persona que analiza vidas ajenas porque no tiene el valor de vivir la suya —ataqué, dando un paso hacia el frente—. La psicología es el refugio de los que temen al poder real, Prefieren llamar "síntoma" a lo que en realidad es superioridad—.
—¿Superioridad? —Tamara soltó una risa seca, la misma que me había dado hace 3 días en el pasillo, pero esta vez estaba teñida de veneno—. No hay nada superior en besar a una chica que no te importa solo para demostrar que no sientes nada. Eso no es poder, Tobías. Es un berrinche de niño rico que no sabe lidiar con un "no"—.
—¡Suficiente! —rugió el profesor, pero yo ya estaba fuera de mi asiento.
Caminé hacia adelante, bajando las gradas del auditorio hasta quedar frente a ella. El profesor Martínez intentaba recuperar el control, pero la clase ya no era suya. Era nuestra. Era un juicio donde el veredicto era el hielo que nos separaba.
—Hablas mucho de sentimientos para alguien que huyó dela realidad en cuanto las cosas se volvieron reales —le susurré, lo suficientemente bajo para que solo ella lo oyera, pero con una intensidad que la hizo retroceder un paso—. ¿Quién tiene miedo ahora, Tamara? ¿El que usa una máscara o la que llama "error" a lo único de verdad que ha sentido en años?—
Vi una grieta en su mirada. Un destello de dolor que me dio una satisfacción momentánea, seguida de un asco profundo por mí mismo.
—El veredicto está dictado, Tobías —respondió ella, recuperando su compostura de mármol—. Puedes seguir siendo el rey de este campus, puedes seguir rodeado de gente vacía que te aplauda las gracias. Pero ambos sabemos que cada vez que cierras los ojos, lo único que ves es la lluvia. Y esa es tu verdadera condena—.
Se giró, recogió sus cosas y salió del auditorio antes de que terminara la clase. Me quedé allí, solo en el centro de la sala, bajo la mirada de cincuenta personas que no entendían nada, pero que lo habían visto todo. Había ganado el debate, mis argumentos habían sido más fuertes, más lógicos.
Pero al mirar la puerta por donde ella se había ido, sentí que el hielo que había construido para protegerme acababa de sellar mi propia tumba.
Salí del edificio buscando aire, pero Vanessa me interceptó de nuevo, colgándose de mi cuello con su perfume dulce que ahora me revolvía el estómago.
—¡Estuviste increíble, Tobías! La dejaste callada —chilló ella.
La aparté con una brusquedad que la hizo tambalearse.
—Cállate, Vanessa. Solo cállate —dije, caminando hacia el estacionamiento sin mirar atrás.
Había vuelto a ser el mismo de siempre. El autoritario, el patán, el invencible. Pero mientras llegaba a mi coche, me di cuenta de que Tamara tenía razón: el veredicto era el silencio, y el frío empezaba a ser insoportable.