El aire se sentía como cuchillas en mis pulmones. Después del desastre en el auditorio, el campus se había convertido en un campo de minas, Los rumores corrían como la pólvora: que si yo había perdido los estribos, que si la "chica de los rizos" le había bajado los humos.
Intenté ignorarlo. Intenté ser el mismo patán de siempre, Pero cada vez que Vanessa intentaba tocarme, sentía una repulsión física que apenas podía ocultar, Estaba en el estacionamiento, apoyado en mi coche, esperando a que terminara la última hora de clase cuando la vi.
Tamara salía de la facultad de Psicología. Caminaba rápido, con la cabeza baja, cargando una pila de libros que parecía demasiado pesada para ella. No se dio cuenta de que el asfalto estaba resbaladizo por la llovizna persistente, ni de que un repartidor en moto venía a toda velocidad por el carril lateral.
—¡Tamara, cuidado! —el grito salió de mi garganta antes de que pudiera procesarlo.
Ella se sobresaltó, sus pies resbalaron y los libros volaron por los aires mientras caía con un golpe seco. La moto pasó a milímetros de ella, frenando con un chirrido metálico. Mi corazón se detuvo, En un segundo, estaba a su lado, arrodillado en el suelo mojado, ignorando que mis pantalones caros se manchaban de barro.
—No me toques —siseó ella, intentando levantarse, pero un gemido de dolor escapó de sus labios. Se sujetaba el tobillo y su palma derecha estaba sangrando por el raspón contra el cemento.
—Cállate y déjame ayudarte —respondí, usando ese tono de mando que no admite réplicas. La tomé por la cintura y, a pesar de sus protestas, la levanté como si no pesara nada—. Estás herida, Tamara. No seas tan estúpida como para dejar que tu orgullo te impida caminar—
—Mi orgullo no es el problema, Tobías. El problema eres tú —dijo, pero su cuerpo estaba temblando y se apoyó en mí por pura necesidad.
La llevé hasta mi coche en silencio. La senté en el asiento del copiloto y saqué un botiquín que siempre llevaba en el maletero. Ella me miraba con una mezcla de rabia y desconcierto mientras yo, con una delicadeza que no sabía que poseía, limpiaba la herida de su mano con alcohol.
—¿Por qué haces esto? —preguntó en un susurro—. Hace dos horas me llamaste insignificante frente a toda la clase—.
—Porque si, Tamara —dije sin levantar la vista de su mano—. no soy tan insensible como tu —
El silencio que siguió fue denso. Le vendé la mano y me aseguré de que su tobillo no estuviera roto. Cuando terminé, me alejé un paso, recuperando mi máscara de frialdad.
—Vete Tamara, hoy en la noche hay fiesta en tu facultad, ¿no? No querrás ir cojeando mientras tu amigo Martín intenta consolarte—.
—¿Cómo sabes lo de la fiesta? —preguntó, entrecerrando los ojos.
—se donde hay fiesta en cada rincon de este campus Tamara. —respondí, cerrando la puerta del coche con un golpe seco—.No creas que por ayudarte, me importas mas de la cuenta—
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El alcohol quemaba en mi garganta, pero no era suficiente para apagar el incendio que Tamara había provocado en mi cabeza. El incidente del estacionamiento, ver su sangre, sentir su fragilidad bajo mi mando... todo eso había fracturado mi última pizca de autocontrol. Si ella quería distancia, yo le daría proximidad hasta que le faltara el aire.
—¿Están listos? —pregunté, ajustándome la chaqueta de cuero mientras miraba a Javi, Ortega y a otros diez del equipo de fútbol.
Teníamos tres cajas de vodka premium, altavoces que podrían despertar a los muertos y una sed de caos que solo la Facultad de Derecho sabe cultivar.
—Es el territorio de los "analistas", Miller. Nos van a odiar —dijo Javi con una sonrisa depredadora.
—Esa es la idea —respondí, arrancando el motor—. Vamos a enseñarles cómo se celebra una fiesta de verdad—.
Llegamos a la Facultad de Psicología como una horda, El ambiente allí era... patético. Música clásica a bajo volumen, gente hablando de sus sentimientos y Martín —ese error genético— sirviendo ponche de frutas. En cuanto entramos, el silencio se propagó como una plaga.
—¡Se acabó el funeral! —rugió Javi, subiendo el volumen de nuestro propio equipo a niveles ensordecedores. El ritmo del tech-house más pesado empezó a hacer vibrar las ventanas de cristal.
Empezamos a repartir las botellas. En cuestión de minutos, el "ambiente terapéutico" se transformó en una caldera de sudor, luces parpadeantes y un desenfreno que los de Psicología nunca habían sentido.
—¡Miller! ¿Qué diablos haces aquí? —La voz de Tamara cortó la música incluso antes de que Javi subiera mas el volumen.
Se abrió paso entre sus compañeros, con los brazos cruzados y esa mirada de superioridad intelectual que me ponía a cien. No estaba borracha; estaba lúcida, afilada y furiosa. Su piel blanca contrastaba con el desorden de su cabello rojo, y sus ojos eran dos faros de advertencia.
—Relájate, psicóloga —dije, caminando hacia ella con una lentitud que sabía que la irritaba. Me detuve a un centímetro de su rostro, dejando que el olor a cuero de mi chaqueta la envolviera—. Vinimos a darle vida a este funeral. Deberías agradecerme—.
—Esto es propiedad privada de nuestra facultad, Tobías. Vete con tu circo a otra parte —escupió ella, señalando la puerta.
—No tengas miedo, Tamara —le susurré, bajando la voz para que solo ella sintiera el roce de mis palabras—. Disfruta por una vez. Deja de analizar el mundo y empiézalo a vivir. ¿O es que te aterra perder el control frente a mí?—
Ella iba a responder, probablemente con una cita de algún autor aburrido, pero una risa chillona la interrumpió. Vanessa apareció detrás de mí, balanceándose sobre sus tacones, con una pelota de ping-pong en la mano y una sonrisa cargada de veneno.
—Vaya, la santita de Psicología está dando órdenes —se burló Vanessa, recorriendo a Tamara con la mirada—. Tobías me dijo que eras inteligente, pero pareces bastante aburrida. ¿O es que no sabes jugar a nada que no tenga que ver con libros?—