Sentencia del destino

capitulo 10

Tamara

El despertador sonó como un martillazo en el centro de mi cráneo, No estaba la habitacion de Tobías, Después de que él me sacara de la fiesta en un estado lamentable, que recordaba vagamente haberle gritado que me dejara en mi dormitorio. Y lo hizo. No hubo romance, no hubo cuidados; solo el frío de mis sábanas y una laguna mental del tamaño del océano Atlántico.

Me levanté con una náusea persistente y el sabor del vodka azul todavía amargándome la lengua. Me vestí mecánicamente, tratando de ignorar el temblor de mis manos. Al salir al campus, el aire fresco no me alivió; al contrario, agudizó mis sentidos para notar lo que estaba pasando.

Murmullos. Risas contenidas. Cabezas que se giraban a mi paso.

—Tamara, por Dios... ¿has visto esto? —Sofía me interceptó cerca de la fuente. Tenía el teléfono en la mano y una expresión de horror.
Me lo extendió. En la pantalla, yo era la protagonista de una pesadilla. Se me veía con el vaso rojo, el cabello revuelto y una mirada que no era la mía. Gritaba algo sobre el odio, y luego... el beso. Un beso que, en video, parecía una rendición humillante ante Tobías Miller.

—Bórralo —susurré, sintiendo que el poco desayuno que tenía en el estómago quería salir.

—Está en todas partes, Tam. Lo subieron anoche.

En ese momento, lo vi. Tobías entraba a la plaza principal rodeado de su grupito de siempre.

Caminaba con una seguridad insultante, con las manos en los bolsillos y esa sonrisa de suficiencia que decía: "Soy el dueño de este lugar". No parecía tener resaca. No parecía tener remordimientos. Se veía como el ganador de una guerra que yo ni siquiera sabía que estábamos librando.

Nuestras miradas se cruzaron. Él arqueó una ceja, disfrutando del espectáculo de mi desmoronamiento.

—Vaya, miren quién decidió unirse al mundo de los vivos —dijo cuando estuvo lo suficientemente cerca. Su voz era clara, potente, diseñada para que todos escucharan—. ¿Cómo está esa cabeza, psicóloga? ¿O necesitas otra sesión de "terapia de choque" como la de anoche?—

Sus amigos soltaron una carcajada. Javi, su mejor amigo, miraba a Sofía con una intensidad extraña que pase desapercibida en ese momento, porque mi sangre estaba hirviendo.

Caminé hacia él con paso firme, ignorando el dolor de cabeza. Me detuve frente a él, y antes de que pudiera soltar otra de sus frases arrogantes, levanté la mano y le crucé la cara con un bofetón que resonó en toda la plaza.

El silencio fue absoluto. La mejilla de Tobías se puso roja al instante. Su sonrisa desapareció, reemplazada por una mirada de puro acero.

—No vuelvas a dirigirme la palabra en tu vida, Miller —siseé, con la voz temblando de rabia—. Eres un animal, y yo cometí el error de creer que había algo humano detrás de esa fachada—.

—¡Miller! ¡Tamara! ¡A mi oficina, ahora mismo! —El grito del Decano de Derecho desde el balcón del edificio central rompió el trance.

En el Decanato

El Decano nos miró por encima de sus gafas, con el video reproduciéndose en bucle en su monitor. Estaba furioso, pero su furia tenía matices.

—Esto es una vergüenza —sentenció, golpeando el escritorio—. La Facultad de Psicología pide una sanción ejemplar para usted, señorita. Su conducta es impropia. Y usted, Miller... invadir otra facultad, provocar este caos...—

Tobías se reclinó en la silla, recuperando su postura dominante. No parecía afectado por el bofetón; al contrario, parecía más peligroso que nunca.

—Seamos realistas, Decano —dijo Tobías, con una voz cargada de esa autoridad que le daba ser el hijo de los principales donantes de la universidad y el capitán estrella—. Fue una fiesta que se salió de control. El alcohol lo trajeron varios grupos. En cuanto al video... es un asunto privado entre dos estudiantes que se resolvió de forma impulsiva. No hay daños materiales graves. ¿Realmente quiere suspender al capitán del equipo a dos semanas de la final por un beso y un par de gritos?—

El Decano suspiró, frotándose la sien. Miró a Tobías con una mezcla de cansancio y favoritismo evidente. Sabía que no podía tocarlo.

—Es la última vez, Miller. La última —advirtió el Decano—. Si vuelve a haber un solo reporte de este tipo, ni siquiera su apellido lo salvará. En cuanto a usted, señorita Tamara... considérese bajo advertencia estricta. Un paso en falso y su beca será revocada. Ahora, lárguense de mi vista.

Salimos de la oficina. Tobías se detuvo en el pasillo, bloqueándome el paso.

—Ha sido un placer salvarte el cuello otra vez, psicóloga —dijo, rozando su mejilla golpeada con la lengua—. Pero no esperes que sea tan amable la próxima vez—.

—No habrá próxima vez —respondí, apartándolo con el hombro—. Mantente lejos de mí—.

Me alejé buscando a Sofía, necesitando salir de ese ambiente tóxico. Pero cuando llegué al patio, me quedé helada. Javi, el mejor amigo de Tobías, estaba apoyado en una columna hablando con Sofía. Ella se reía, una risa que conocía bien: la risa de alguien que se siente halagada.

—¿Qué haces, Javi? —pregunté, acercándome con desconfianza.

—Tranquila, Tamara. Solo le explicaba a tu amiga que no todos en Derecho somos tan "intensos" como Tobías —respondió él con una sonrisa encantadora que no me creí ni por un segundo. Miró a Sofía y le guiñó un ojo—. Nos vemos luego, Sofía. Tenemos pendiente esa charla sobre... "psicología social".—

Javi se alejó, y Sofía se quedó mirándolo con las mejillas encendidas.

—¿Qué fue eso? —le pregunté, sintiendo un nudo en el estómago.

—Es simpático, Tam. solo eso —respondió ella, evitando mi mirada.

Sentí un escalofrío. Tobías y yo podíamos haber tomado distancia, pero el juego de poder de la Facultad de Derecho acababa de infiltrarse en mi único círculo seguro. Esto no había terminado; se estaba volviendo mucho más personal.




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