El ático de la fraternidad era la representación máxima del privilegio, Luces cálidas, música de jazz suave y el olor a habanos y whisky caro, En cuanto entramos, Javi apareció entre la multitud. Se veía impecable, pero lo que me sorprendió fue su mirada cuando vio a Sofía. No era la mirada de un cazador; era la de alguien que acababa de encontrar algo que no sabía que estaba buscando.
—Estás increíble, Sofía —susurró Javi, tomándole la mano con una ternura que me descolocó por completo, Luego me miró a mí y asintió con respeto—. Tamara. Me alegra que vinieras—
Caminamos hacia la zona abierta. El aire de la noche era fresco, pero la tensión en la terraza era sofocante. Allí estaba él. Tobías estaba apoyado en la barandilla, con una copa de cristal en la mano y Vanessa colgada de su brazo como un accesorio de lujo.
En cuanto nos vio, su indiferencia flaqueó. Sus ojos negros recorrieron mi vestido de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en mis labios, antes de volver a endurecerse.
—Vaya, el comité de ética ha llegado —soltó Tobías, con una voz cargada de un sarcasmo que cortaba como un bisturí—. ¿Viniste a analizarnos o a ver si todavía sé cómo sostener una copa sin causar un escándalo?—
—Vine porque Sofía me lo pidió —respondí, acercándome hasta quedar frente a él, ignorando a una Vanessa que me miraba temor—. Y para recordarte que el miercoles a las seis tenemos que dar una imagen de unidad en el seminario. Intenta que tu ego no ocupe todo el escenario, Miller.—
—La unidad es una ilusión, psicóloga —replicó él, dando un paso hacia adelante, invadiendo mi espacio personal—. Pero si quieres jugar a los profesionales, jugaremos. Aunque ambos sepamos que lo único que quieres mediar es cómo dejar de pensar en lo que pasó aquella noche.—
—¡Tobías, cariño! —intervino Vanessa, notando que el aire empezaba a sacar chispas—. Deja de hablar de la universidad, Javi dice que vamos a cenar —
la cena fue un campo de batalla psicológico. Javi y Sofía eran el centro de la mesa. Él no dejaba de atenderla, de reírse de sus chistes y de protegerla de los comentarios mordaces de los otros estudiantes de Derecho. Era real. Javi estaba cayendo por ella, y eso me aterraba porque sabía que, en este mundo, el amor era una debilidad que Tobías no dudaría en usar si se sentía acorralado.
Tobías, por su parte, se dedicó a ignorarme activamente mientras besaba a Vanessa frente a mí. Era una coreografía de crueldad. Cada vez que Vanessa reía, él me miraba de reojo para ver si yo reaccionaba.
—¿Te pasa algo, Tamara? Estás muy callada —dijo Tobías, inclinándose sobre la mesa, con esa sonrisa de depredador que tanto odiaba—. ¿Acaso el análisis te dice que estás fuera de lugar aquí?—
—El análisis dice que estás usando a Vanessa como un escudo porque te aterra que, si te quedas solo conmigo un segundo, tu máscara se caiga a pedazos —respondí, sosteniéndole la mirada—. el miercoles en el seminario no habrá escudos, Tobías. Solo tú, yo y la resolución de un conflicto que tú no tienes el valor de admitir—.
Me levanté de la mesa antes de que alguien pudiera decir algo más.
—Sofía, te espero en la habitacion—dije, dándome la vuelta.
Salí a la terraza para tomar aire, pero unos pasos pesados me siguieron. Sabía quién era antes de que hablara. El olor menta y tormenta lo delataba.
—. Pero te advierto algo, Tamara. Si vas a intentar "desenmascararme" frente a los novatos, asegúrate de estar lista para lo que vas a encontrar debajo. Porque no te va a gustar darte cuenta de que el monstruo... es exactamente lo que necesitas—.
Se alejó sin esperar respuesta, dejándome temblando de rabia y de algo que me negaba a llamar deseo. La guerra fría había terminado; el miércoles, en el seminario, empezaríamos la demolición
La semana paso con mucha cautela, junto con la indiferencia de tobias, y el nuevo romance de sofi y javi.
El Auditorio Magno estaba a reventar. Cien rostros frescos, asustados y expectantes de primer año nos miraban como si fuéramos oráculos de la sabiduría universitaria. Yo estaba detrás del podio, ajustándome las gafas y repasando mis notas sobre "La empatía en la negociación". A mi derecha, sentado en una silla de cuero con una indolencia que rayaba en lo insultante, Tobías Miller jugueteaba con una pluma estilográfica.
Llevaba un traje gris marengo, sin corbata, con los primeros botones de la camisa abiertos. Parecía más un joven tiburón de Wall Street que un estudiante de Derecho. Y lo sabía.
—Bienvenidos al Seminario de Mediación —comencé, tratando de que mi voz no temblara—. Hoy analizaremos cómo el conflicto no es un obstáculo, sino una oportunidad para el entendimiento...—
—O una oportunidad para que el más fuerte imponga su voluntad —interrumpió Tobías, sin levantarse. Su voz, profunda y cargada de una seguridad magnética, recorrió el auditorio como una corriente eléctrica—. No les mientas, Tamara. La mediación es solo el arte de convencer al otro de que su derrota es, en realidad, un trato justo—.
Un murmullo recorrió las filas de los novatos. Algunos tomaban notas frenéticamente; otros simplemente miraban a Tobías con una mezcla de miedo y admiración.
—El señor Miller tiene una visión algo... darwinista del Derecho —dije, lanzándole una mirada de advertencia—. Pero en Psicología, sabemos que el deseo de ganar a toda costa suele ocultar una profunda incapacidad para lidiar con la vulnerabilidad—.
Tobías soltó una risa seca y se puso de pie. Caminó hacia el centro del escenario, acortando la distancia entre nosotros hasta que pude oler su perfume: menta y algo metálico, como la lluvia antes de caer.
—Hablemos de vulnerabilidad, entonces —dijo él, dirigiéndose al público pero clavando sus ojos negros en los míos—. Supongamos que hay un conflicto de intereses. Dos personas. Un espacio reducido. Un deseo que ambos niegan pero que los consume. ¿Cómo se medía eso, psicóloga? ¿Con palabras suaves? ¿O admitiendo que la moral es solo una máscara para los que no se atreven a tomar lo que quieren?—