Sentencia del destino

capitulo 13

El auditorio, que hace un minuto vibraba con una tensión sexual casi insoportable, se volvió gélido. Sostuve a Sofía mientras sus sollozos rompían el silencio, sintiendo cómo mi propia rabia se transformaba en algo afilado y peligroso. Miré a Tobías, que se había quedado de pie junto al podio, con las manos en los bolsillos y una expresión que intentaba ser neutral, pero que fracasaba estrepitosamente.

​—¿Qué pasó, Sofía? —pregunté, barriendo a Tobías con una mirada de puro asco—. Habla.—

​—Fue una apuesta, Tam... —Sofía levantó la vista, con el rímel corriendo por sus mejillas—. Javi... él no me quiere, Hay un grupo de WhatsApp de la fraternidad. "Proyecto Distracción". —

​Sentí como si me hubieran vaciado un balde de agua helada. Miré a Tobías, esperando una negativa, una señal de sorpresa. Pero su silencio fue la confirmación más dolorosa.

​—¿Tú lo sabías? —le pregunté, mi voz era un susurro que cortaba el aire.

​—Tamara, escucha... —comenzó Tobías, dando un paso hacia adelante.

​No lo dejé terminar. Crucé la distancia que nos separaba en dos zancadas y, antes de que pudiera reaccionar, lo empujé con todas mis fuerzas contra la mesa del podio. Mis manos impactaron en su pecho, y la sorpresa en sus ojos negros solo alimentó mi furia.

​—¡Eres un maldito animal! —le grité, golpeando su hombro con el puño cerrado—. ¡Usaste a mi mejor amiga! ¡Usaste a la única persona que tengo para jugar a tus estúpidos juegos de poder!—

​—¡No fue idea mía! —rugió Tobías, agarrando mis muñecas para frenar mi ataque. Sus ojos ardían con una mezcla de culpa y desesperación—. Javi propuso el plan hace semanas, antes de lo del beso, antes de que todo esto se nos fuera de las manos. Intenté detenerlo, Tamara. Te juro que intenté decirle que parara.—

​—¿Ah, sí? ¿Y cómo lo detuviste, Miller? —le escupí, forcejeando para soltarme—. ¿Besándome en el auditorio mientras tu perro faldero destrozaba a Sofía? ¿Esa era tu forma de detenerlo?—

​—¡Javi se enamoró de ella! —gritó él, soltando mis muñecas con brusquedad—. Por eso se descubrió todo. Porque él ya no quería seguir con la apuesta. Quería borrar el grupo, quería decírselo... pero Vanessa se enteró y le envió las capturas, antes de que él pudiera hablar—

​Me detuve en seco. Miré a Sofía, que seguía llorando en la primera fila, y luego volví a mirar a Tobías.

​—No te creo —sentencié, aunque en el fondo de mi mente analítica sabía que Javi no había actuado de forma errática últimamente—. Ustedes son lobos, Tobías. No se enamoran, solo marcan territorio. Y tú eres el peor de todos, porque me hiciste creer que bajo esa armadura de abogado estúpido había un hombre con honor.—

​—Tengo honor, Tamara. Por eso te estoy diciendo la verdad ahora —dijo él, su voz volviéndose peligrosamente baja—. Javi la cagó. Yo la cagué al no detenernos antes. Pero no te atrevas a decir que lo que siento por ti es parte de un plan. No hay plan en el mundo que justifique cómo me siento cuando te veo.—

​—Lo que sientes es hambre de control, Tobías —respondí, retrocediendo hacia Sofía—. Pero se acabó. El seminario, la tregua, el "nosotros"... se terminó hoy—.

​Tomé a Sofía por los hombros y la obligué a levantarse.

​—Vámonos de aquí—

​—Tamara, espera —Tobías intentó seguirnos, pero me giré con una mirada tan cargada de odio que se detuvo en seco.

​—Si te acercas a nosotras, si Javi vuelve a enviarle un solo mensaje a Sofía, juro por Dios que mi tesis de grado será sobre cómo destruir la psique de un Miller pieza por pieza —amenacé—. Y créeme, sé exactamente dónde tienes las grietas.—

​Salimos del auditorio dejando a Tobías solo en la penumbra. Caminamos por el campus en silencio, pero mientras cruzábamos la plaza, vi a Javi sentado en un banco, con la cabeza entre las manos, viéndose como un hombre que acababa de perderlo todo. Quise sentir lástima, pero el dolor de Sofía pesaba más.

​Llegamos a nuestro cuarto y cerramos la puerta con llave. Sofía se lanzó a la cama, destrozada.

Yo me quedé de pie junto a la ventana, mirando hacia el edificio de Derecho.

​La guerra fría había terminado. Había empezado algo mucho peor: una guerra de exterminio emocional. Y yo ya no iba a jugar a la defensiva

​Eran las tres de la mañana. El silencio en la habitación era tan pesado que podía oír los latidos de mi propio corazón, acelerados por un presentimiento que no lograba racionalizar. Sofía finalmente se había quedado dormida, agotada de llorar, pero yo seguía de pie junto a la ventana, mirando la lluvia golpear el cristal.

​Entonces, escuché un golpe sordo en la puerta. Luego otro. No era un toque educado; era el golpe de alguien que apenas podía mantenerse en pie.

​—Tamara... abre la maldita puerta —la voz de Tobías llegó desde el pasillo, arrastrando las palabras, cargada de un alcohol que podía oler incluso a través de la madera.

​Me quedé helada. Miré a Sofía, que se removió en sueños, y caminé hacia la puerta con una rabia fría. Abrí solo unos centímetros, lo suficiente para ver el desastre en el que se había convertido el "Rey de Derecho".

​Tobías estaba apoyado contra el marco, con la camisa blanca desabrochada y manchada de algo oscuro. Tenía los nudillos ensangrentados y un labio partido. No era el modelo de revista de hace unas horas; era un animal herido.

​—Vete a tu habitación de cristal, Tobías. Estás borracho y das lástima —dije, tratando de cerrar la puerta.

​Él puso el pie para impedirlo, un movimiento torpe pero efectivo. Se tambaleó hacia adelante, invadiendo mi espacio con su olor a whisky caro y desesperación.

​—Me peleé con él —soltó, con una risa amarga que terminó en una mueca de dolor—. Le rompí la cara a Javi. Por imbécil. Por arruinarlo todo. Por hacerme perderte a ti—.

​—No me perdiste, ya que nunca fui tuya —respondí, sacando mi teléfono del bolsillo del pijama. Lo desbloqueé y activé la cámara. La luz del flash lo cegó un segundo, obligándolo a retroceder—. Mira esto, Miller. El gran capitán, el heredero de oro, suplicando en la puerta de una "psicóloga de segunda" en mitad de la noche. ¿Qué crees que diría el Decano si viera esto mañana?—




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