El amanecer fue un castigo. Me desperté en el banco de piedra frente a la facultad, con los huesos molidos y el sabor del whisky barato recordándome cada error de la noche anterior.
Tenía los nudillos hinchados de la pelea con Javi —mi mejor amigo, mi hermano, a quien le había roto la cara por una apuesta que yo mismo permití— y el alma hecha jirones.
Me quité las gafas de sol cuando vi una sombra proyectarse sobre el pavimento. Era ella. Tamara. Se veía cansada, pero sus ojos verdes tenían esa claridad analítica que solía ponerme nervioso y que ahora era lo único que me mantenía cuerdo.
—No lo publiqué —dijo, deteniéndose frente a mí.
Sentí que el aire regresaba a mis pulmones después de horas de asfixia. Me quité las gafas por completo, dejando que viera mis ojos inyectados en sangre y mi derrota absoluta.
—Tenías todas las razones para destruirme, Tamara —respondí, mi voz era un hilo ronco—. El video era tu victoria.—
—Analicé el video mil veces anoche —se sentó a mi lado, manteniendo una distancia que me quemaba—. Y lo que vi no fue al Rey de Derecho. Vi a un hombre que se odia a sí mismo por haber dejado que el mundo lo moldeara a su imagen. Te disculpo, Tobías. No porque lo merezcas, sino porque estoy harta de esta guerra.
Solté un suspiro que pareció vaciarme por dentro. Me incliné hacia ella, dejando caer mi frente contra su hombro por un segundo, buscando su calor, su realidad.
—Gracias, Tamara. Voy a pasar el resto de mi vida intentando ser el hombre que viste aquella tarde—
Nuestra tregua fue interrumpida por el sonido que más odiaba en el mundo: el motor de un carro blindado deteniéndose con una precisión quirúrgica. Un sedán negro se estacionó frente a nosotros. Mi padre bajó del vehículo, luciendo un traje que costaba más que la dignidad de medio campus. Su presencia congeló el aire a nuestro alrededor.
—Tobías —dijo, con esa voz de mando que siempre me había hecho cuadrarme—. Tu oficina en el bufete está lista. Tu maleta también. No voy a permitir que el nombre de nuestra familia se arrastre por el lodo de esta facultad por una... distracción pasajera. Nos vamos. Ahora.—
Me puse de pie. Sentí la mirada de Tamara en mi nuca, esperando ver al tobias egocentrico. Por años, este hombre había sido mi juez y mi verdugo. Pero al mirarlo a los ojos, ya no vi poder; vi una estatua de hielo vacía.
—No voy a ninguna parte, padre —dije, dando un paso al frente y bloqueando su visión de Tamara—. Mi lugar está aquí. Y ella no es una distracción. Es la razón por la que finalmente entiendo lo que significa tener principios—.
—¿Vas a tirar tu herencia por una chica de psicología? —preguntó él, con un desprecio que me hizo sonreír—. Te quedarás sin nada, Tobías. Ni apellido, ni dinero, ni futuro—.
—Si el precio de ser un Miller es ser como tú, entonces no quiero nada —sentencié.
En ese momento, un grito rompió la tensión entre nosotros.
El perdón de los lobos
Javi apareció desde el edificio de Psicología. Tenía el ojo que yo le había dejado morado completamente , pero corría tras Sofía como si su vida dependiera de ello. La interceptó cerca de la fuente.
—¡Sofía! ¡Espera! —gritó Javi, cayendo de rodillas frente a ella, ignorando a mi padre y a todo el campus que nos observaba—. Fui un cobarde, Sofía. Un estúpido que quería encajar. Pero la apuesta murió el primer día que me hiciste reír. Te amo. No es un juego. No es una estrategia. Si tengo que pasar el resto de mi vida pidiéndote perdón, lo haré.—
Sofía se quedó inmóvil, mirando a mi mejor amigo destrozado en el suelo. Vi cómo su mano temblaba antes de acariciar el rostro golpeado de Javi. El perdón estaba ahí, crudo y real.
Caminé hacia Javi y le extendí la mano. Él la tomó y lo ayudé a levantarse. Nos miramos por un segundo: dos idiotas que habían intentado ser lobos y terminaron encontrando su humanidad de la forma más dolorosa. Chocamos los hombros en un gesto de paz silenciosa. La hermandad estaba intacta, pero purificada.
Me giré hacia mi padre por última vez.
—Puedes quitarme el apellido, padre. Pero ya no puedes quitarme la libertad de elegir quién soy.—
Mi padre no dijo nada. Se dio la vuelta, subió a su coche y desapareció del campus. En ese momento, sentí que la corona de espinas que había llevado toda mi vida caía al suelo.
Tamara se acercó a mí. Me rodeó con sus brazos y apoyó su cabeza en mi pecho. Por primera vez en mi vida, me permití ser vulnerable. La estreché contra mí, escondiendo mi rostro en sus rizos rojos, respirando su aroma a vainilla que finalmente era mi único hogar.
—Parece que el Rey de Derecho se quedó sin trono —susurró ella contra mi piel.
—No necesito un trono, Tamara —respondí, besando su frente—. Mientras tenga a mi psicóloga favorita, el resto del mundo puede arder—.