Sentencia del destino

capitulo 15

El rugido del motor del coche de mi padre aún vibraba en el aire cuando mi teléfono empezó a arder en mi bolsillo. No eran mensajes de amor, ni siquiera de odio. Eran notificaciones bancarias. Una tras otra, como disparos de gracia. Cuenta cancelada. Tarjeta bloqueada. Fondos retenidos.

​Mi padre no hacía las cosas a medias. Si renunciaba a la corona, él quemaba el reino.

​—Miller, el Decano te busca. Ahora —dijo Ortega, pasándome por el lado con una mirada de lástima que me revolvió el estómago.

​Caminé hacia el edificio administrativo, sintiendo por primera vez que el mármol bajo mis pies no me pertenecía. Al entrar, el Decano ni siquiera me pidió que me sentara.

​—Tu padre ha retirado el pago de la matrícula, Tobías. También el fondo de la fraternidad y el mantenimiento del ala de Derecho que llevaba el nombre de tu familia —dijo, ajustándose las gafas con una frialdad burocrática—. Tienes cuarenta y ocho horas para desalojar el ático de la fraternidad. Si quieres terminar el semestre, tendrás que acogerte al fondo de préstamos estudiantiles... como un alumno común—.

​Salí de la oficina aturdido. En menos de una hora, había pasado de ser el heredero de un imperio a ser un tipo con veinte dólares en la billetera y un coche que probablemente vendría una grúa a recoger mañana.

​Me encontré a Javi en la plaza. Su rostro reflejaba el mío. Su padre, socio del mío, había seguido el mismo guion.

​—Nos cortaron el grifo, hermano —dijo Javi, tratando de bromear, aunque se le quebraba la voz—. Oficialmente somos los mendigos más elegantes del campus—.

​—Nos mudamos a los dormitorios comunes, Javi —sentencié, apretando los dientes—. No voy a darle el gusto a mi padre de verme arrastrado. Buscaremos la forma—.

​Esa tarde, el traslado fue humillante. Pasar del ático de lujo a una habitación compartida de tres por tres metros, con olor a humedad y pintura barata, fue un golpe de realidad brutal. Tiramos nuestras maletas en las literas metálicas. Javi se fue a buscar a Sofía, pero yo me quedé allí, sentado en el colchón delgado, mirando mis manos.

​Entonces, escuché un suave golpe en la puerta abierta.

​Era Tamara. No traía libros, ni su libreta de notas. Solo traía dos sándwiches envueltos en servilletas y un termo de café. Se quedó en el umbral, observando el pequeño cuarto con una ternura que me desarmó por completo.

​—He oído que el Rey ha cambiado de palacio —dijo en voz baja, sentándose a mi lado en la cama estrecha.

​—Mi padre ha borrado mi rastro, Tamara. No tengo nada. Ni siquiera sé cómo voy a pagar los examen final del próximo mes—confesé, dejando caer la cabeza entre mis manos. La vulnerabilidad me golpeó como un mazo. No podía fingir más.

​—Tienes mucho más de lo que crees, Tobías —ella puso una mano en mi espalda, y el calor de su palma atravesó mi camisa, anclándome al suelo—. Tienes inteligencia, tienes orgullo y, por primera vez, tienes la verdad—.

​Pasamos las siguientes horas hablando. Pero no de leyes, ni de psicología, ni de la guerra entre facultades. Hablamos de nuestros miedos. Le conté que nunca quise ser abogado, que leía a Dostoievski a escondidas porque mi padre decía que la literatura era para los débiles. Ella me contó de su infancia, de por qué necesitaba analizarlo todo para sentirse segura en un mundo que siempre le pareció caótico.

​—Mañana empezaré a buscar trabajo en la cafetería del campus —dije, mirándola a los ojos. Estábamos tan cerca que podía ver las pequeñas pecas en su nariz—. O cargando cajas en el almacén. Lo que sea necesario.—

​—Yo te ayudaré con los apuntes —respondió ella, rozando mi mejilla con sus dedos—. Y Sofía y yo conocemos un lugar donde contratan tutores. Javi y tú pueden dar clases de derecho básico a los de primer año, Se cobra bien.—

Me reí. Una risa auténtica, sin rastro de cinismo.

​—¿El gran Miller dando tutorías por diez dólares la hora? Mi padre se retorcería en su tumba... si estuviera muerto.—

​—Es el comienzo de algo real, Tobías —susurró ella.

​Me incliné y la besé. No fue un beso de película, ni un beso de fiesta cargado de alcohol. Fue un beso lento, que sabía a café y a promesa. En esa habitación pequeña y cutre, rodeado de cajas de cartón y con el futuro incierto, me sentí más poderoso que nunca. El dinero se había ido, la máscara se había roto, pero bajo los escombros, finalmente había encontrado algo sólido a lo que aferrarme.

​Esa noche, Tamara se quedó conmigo hasta tarde, ayudándome a organizar mi nueva y austera vida. Al verla concentrada sobre mis horarios, me di cuenta de que el "veredicto" del destino no había sido un castigo. Había sido mi salvación.

1 semana después.

Tobías

El uniforme de la cafetería del campus era de un poliéster barato que me picaba en el cuello, y la red para el cabello era el golpe final a mi maltrecho ego. Eran las siete de la mañana. Hace una semana, a esta hora, estaría despertando en sábanas de seda egipcia; hoy, estaba rellenando termos de café de cinco litros y limpiando manchas de azúcar de los mostradores.

—Miller, hay una mesa que necesita limpieza en el sector C. Muévete —ladró el encargado, un tipo que claramente disfrutaba dándole órdenes al ex-Rey de Derecho.

Agarré el trapo húmedo y caminé por el salón. El silencio se propagaba a mi paso, seguido de cuchicheos y el sonido de cámaras de celular capturando mi "caída". No me importó. O al menos, eso intentaba decirme a mí mismo mientras apretaba los dientes.

Entonces, la puerta se abrió y entró el grupo que más temía encontrar: Vanessa, Ortega y otros tres de la fraternidad. Venían riendo, pavoneándose con sus chaquetas de cuero y sus relojes caros. En cuanto me vieron con el delantal puesto, Vanessa se detuvo en seco, soltando una carcajada que sonó como cristales rotos.

—¡Oh, por Dios! —exclamó, acercándose al mostrador—. Pero si es nuestro capitán. ¿Qué pasa, Tobías? ¿Tu padre no te dejó ni para el desodorante?—




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