Sentimientos

CAPITULO 1- Madison Brown

Las vacaciones de verano estaban a punto de terminar, y no podía sentirme más feliz por ello.
La mayoría de los estudiantes pasaban esos meses viajando, saliendo con amigos o disfrutando del tiempo libre. Yo, en cambio, me había pasado cada día encerrada entre las cuatro paredes de mi casa y ayudando en la fonda familiar.
Todos los días eran iguales.
Despertar.
Limpiar.
Ayudar.
Escuchar críticas.
Dormir.
Y repetir la misma rutina una y otra vez.
Lo peor era que, sin importar cuánto me esforzara, para mi familia nunca era suficiente.
—Nunca haces nada.
Esas tres palabras parecían perseguirme.
Las escuchaba de mi madre, de mis hermanas mayores e incluso de mi hermano menor, que apenas tenía edad para comprender lo que decía.
Nunca haces nada.
Como si las horas que pasaba limpiando, cocinando o atendiendo clientes simplemente no existieran.
Como si todo mi esfuerzo fuera invisible.
Cada vez que escuchaba esas palabras sentía algo romperse dentro de mí.
Entonces hacía lo mismo de siempre.
Me alejaba.
Buscaba algún rincón vacío.
Y lloraba.
Lloraba en silencio para que nadie me escuchara.
Porque si me descubrían llorando, seguramente también encontrarían la forma de convertir eso en otro motivo para burlarse de mí.
A veces me preguntaba si realmente era tan inútil como decían.
Quizás tenían razón.
Quizás yo era el problema.
Quizás si desapareciera todo sería más fácil para ellos.
Sacudí la cabeza.
Odiaba pensar así.
Pero cuando escuchas las mismas palabras durante años, terminas creyéndolas.
Mi familia estaba formada por mi madre, mis dos hermanas mayores y mi hermano pequeño.
Y luego estaba yo.
Siempre había sentido que ocupaba un lugar extraño dentro de la casa.
Como si perteneciera físicamente allí, pero emocionalmente estuviera excluida.
Era una sensación difícil de explicar.
Como estar sentada en una mesa llena de personas y aun así sentirte completamente sola.
La única persona que parecía verme de verdad era mi padre.
Mi papá.
El problema era que casi nunca estaba en casa.
Por cuestiones de trabajo viajaba constantemente y apenas podía verlo una vez al mes.
Cuando regresaba todo parecía diferente.
Mi madre sonreía más.
Mis hermanas actuaban con amabilidad.
Incluso la casa se sentía más cálida.
Era como si todos interpretaran el papel de una familia perfecta.
Y mi padre se lo creía.
Pensaba que éramos felices.
Pensaba que estábamos unidos.
Pensaba que me sentía querida.
Nunca tuve el valor de contarle la verdad.
No quería preocuparlo.
No quería ser una carga más sobre sus hombros.
Así que sonreía.
Mentía.
Y guardaba todo dentro de mí.
Por eso estaba deseando volver al instituto.
Solo faltaba una semana.
Siete días.
Ciento sesenta y ocho horas.
Había empezado a contarlas desde hacía tiempo.
Porque el instituto significaba libertad.
No una libertad completa, claro.
Pero sí varias horas lejos de casa.
Varias horas lejos de las críticas.
Varias horas junto a las únicas personas que realmente me comprendían.
Jaylin Evanson y Melody Miller.
Mis mejores amigas.
Ellas sabían lo que era sentirse ignoradas.
Sabían lo que era hablar y que nadie escuchara.
Sabían lo que era sonreír mientras por dentro te estabas derrumbando.
No necesitábamos explicarnos demasiado.
Simplemente nos entendíamos.
Y eso era suficiente.
Estaba tumbada sobre mi cama leyendo cuando un grito atravesó toda la casa.
—¡Madison!
Cerré los ojos.
Ahí estaba.
La llamada diaria.
—¡Ven a ayudar a tu hermana! ¡No estés ahí metida sin hacer nada!
Solté una risa amarga.
Sin hacer nada.
Claro.
Dejé el libro a un lado y me levanté.
Mi habitación estaba en el ático.
Bueno...
Habitación era una palabra bastante generosa.
Antes tenía un cuarto normal en el segundo piso.
Pequeño, pero acogedor.
Sin embargo, cuando nació mi hermano menor, decidieron que él necesitaba más espacio.
Y yo debía irme.
Así de simple.
Sin preguntar.
Sin discutir.
Sin importar mi opinión.
Me enviaron al ático.
Recuerdo perfectamente la primera vez que abrí aquella puerta.
Había cajas apiladas hasta el techo.
Telarañas en cada esquina.
Polvo cubriendo absolutamente todo.
Parecía más un almacén abandonado que un lugar donde pudiera vivir una persona.
Durante una semana completa limpié aquel sitio yo sola.
Moví muebles.
Saqué cajas.
Barrí.
Trapée.
Organicé.
Incluso dormí en una esquina sobre unas mantas viejas porque no tenía dónde más hacerlo.
Nadie me ayudó.
Ni siquiera con las cosas pesadas.
Terminé con los brazos doloridos y la espalda destrozada.
Pero al final logré convertir aquel desastre en algo parecido a un hogar.
No era perfecto.
Pero era mío.
Y eso bastaba.
Bajé las escaleras y encontré a mi madre detrás del mostrador de la fonda.
—Apúrate —ordenó sin siquiera mirarme—. Hay mucha gente. Ayuda a tu hermana a servir los refrescos.
Asentí en silencio.
—Y ten cuidado. Si rompes algo, no vas a comer.
Por supuesto.
Ni un "por favor".
Ni un "gracias".
Solo amenazas.
Comencé a moverme entre las mesas.
Clientes entrando.
Clientes saliendo.
Platos vacíos.
Vasos llenos.
Cubiertos.
Servilletas.
Órdenes.
Durante horas hice todo lo posible por no equivocarme.
Porque cualquier error, por pequeño que fuera, se convertiría en otro sermón.
Finalmente, cerca de las cuatro de la tarde, los clientes comenzaron a disminuir.
Media hora después cerramos.
Mi cuerpo estaba agotado.
Nos sentamos a comer.
O al menos ellos se sentaron.
Yo simplemente ocupé una silla.
Porque comer junto a mi familia siempre me hacía sentir incómoda.
Cada bocado parecía quedarse atrapado en mi garganta.
Cada mirada me hacía sentir observada.
Juzgada.
Evaluada.
—¿Por qué comes tan lento?
—Endereza la espalda.
—¿Vas a terminar eso o no?
Comentarios constantes.
Pequeños.
Pero agotadores.
A veces deseaba poder llevar mi plato al ático y comer sola.
En paz.
Pero mi madre insistía en que debíamos comer "en familia".
Qué palabra tan curiosa.
Familia.
Porque si aquello era una familia, yo me sentía como una invitada que llevaba demasiado tiempo sin marcharse.
Sin embargo...
Había momentos.
Momentos pequeños.
Momentos raros.
Momentos donde todos reíamos juntos.
Donde las bromas no dolían.
Donde nadie gritaba.
Donde podía imaginar cómo sería pertenecer realmente a ellos.
Esos recuerdos eran como estrellas fugaces.
Hermosos.
Pero demasiado breves.
Y siempre terminaban desapareciendo.
Miré por la ventana.
Solo faltaba un mes para cumplir dieciocho años.
Un mes.
Después podría mudarme a la residencia del instituto.
Podría comenzar de nuevo.
Podría respirar.
Y por primera vez en mucho tiempo, esa idea me hizo sonreír.
Porque, aunque todavía no lo sabía, aquel sería el último verano en el que me sentiría completamente sola.
Y mi vida estaba a punto de cambiar para siempre.




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