Sentimientos

CAPITULO 2- Melody Miller

Faltaba una semana para volver al instituto.

Siete días.

Normalmente cualquier estudiante estaría disfrutando sus últimos días de vacaciones, aprovechando cada minuto de libertad antes de regresar a clases.

Yo no.

Yo estaba desesperada porque terminaran.

Me encontraba tumbada boca arriba sobre mi cama, observando las pequeñas estrellas fluorescentes pegadas en el techo de mi habitación. Las había colocado cuando tenía doce años y nunca me molesté en quitarlas.

Tal vez porque seguía aferrándome a una parte de mi infancia.

Una parte donde todo parecía más sencilla.

Suspiré.

La casa estaba en silencio por primera vez en todo el día.

Mi madre había salido a comprar algunas cosas para la cena.

Mi hermano menor estaba entretenido jugando videojuegos.

Y mi padre seguía trabajando.

Debería sentirme tranquila.

Sin embargo, mi mente nunca parecía descansar.

Pensaba demasiado.

Sobre todo.

Sobre el pasado.

Sobre el presente.

Sobre el futuro.

Especialmente sobre el futuro.

A veces sentía que tenía una bomba de tiempo instalada en el pecho.

Una cuenta regresiva constante que me recordaba todo lo que podía salir mal.

¿Qué pasaría si no entraba a una buena universidad?

¿Qué pasaría si nunca conseguía un trabajo estable?

¿Qué pasaría si terminaba decepcionando a mis padres?

¿Y si todo el esfuerzo que hacía no servía para nada?

Cerré los ojos.

Mi respiración se volvió más pesada.

Otra vez no.

Otra vez los mismos pensamientos.

Otra vez la misma ansiedad.

Me incorporé rápidamente antes de que el nudo en mi garganta empeorara.

No quería llorar.

Últimamente lloraba por cualquier cosa.

Una canción triste.

Un comentario.

Un recuerdo.

Incluso una simple mirada en el espejo.

Era agotador.

A veces me sentía ridícula.

Había días en los que despertaba feliz y llena de energía.

Días en los que sentía que podía lograr cualquier cosa.

Y luego estaban los otros días.

Los días donde quería esconderme debajo de las sábanas y desaparecer.

Los días donde necesitaba un abrazo desesperadamente, pero no era capaz de pedirlo.

Los días donde mi propia mente se convertía en mi peor enemiga.

—¿Por qué soy así...? —murmuré.

La pregunta quedó suspendida en el aire.

Ni siquiera yo tenía la respuesta.

Mis padres siempre decían que era una buena hija.

Ayudaba en casa.

Sacaba buenas notas.

Cuidaba de mi hermano.

No causaba problemas.

Entonces...

¿Por qué me sentía tan insuficiente?

Bajé la mirada hacia mi cuerpo.

Llevaba una camiseta ancha y unos pantalones deportivos.

Mi ropa favorita.

La única que lograba hacerme sentir cómoda.

Desde hacía años tenía una relación complicada con mi apariencia.

La mayoría de las personas me decían que era bonita.

Mis amigas me lo repetían constantemente.

Incluso desconocidos.

Pero cuando me miraba al espejo no veía a esa chica.

Veía defectos.

Muchos defectos.

Mis piernas.

Mis brazos.

Mi cintura.

Mis mejillas.

Todo parecía estar mal.

Y no ayudaba que mi familia comentara constantemente sobre mi físico.

—Estás más rellenita.

—Deberías comer menos.

—Mira qué cachetitos.

—Tu prima sí que está delgada.

Pequeñas frases.

Pequeñas heridas.

Pequeñas puñaladas.

Una tras otra.

Todos los días.

Hasta que terminaban formando una montaña imposible de ignorar.

El sonido de la puerta principal interrumpió mis pensamientos.

—¡Melody!

Ahí estaba.

La voz de mi madre.

—¡Ven aquí!

Me levanté de mala gana.

—¿Sí?

—Vamos al centro comercial.

Sentí que mi alma abandonaba mi cuerpo.

No.

Por favor.

Todo menos eso.

—¿Para qué?

—Necesitas ropa nueva para comenzar el año escolar.

Casi gemí.

—Mamá, no es necesario.

—Claro que sí.

—Tengo ropa.

—Y yo ya decidí que iremos.

Genial.

Simplemente genial.

Dos horas después me encontraba caminando entre decenas de tiendas mientras arrastraba los pies como una condenada rumbo a su ejecución.

Odiaba comprar ropa.

Odiaba los probadores.

Odiaba los espejos.

Odiaba todo lo relacionado con aquello.

Porque siempre terminaba sintiéndome peor.

Mi madre, por supuesto, parecía estar disfrutándolo.

—Prueba este vestido.

—Y esta blusa.

—Y este pantalón.

—¿No es hermoso?

Yo asentía mecánicamente.

Entraba.

Me probaba la ropa.

Me observaba en el espejo.

Y sentía cómo mi autoestima se desmoronaba poco a poco.

Una vez.

Dos veces.

Diez veces.

Veinte veces.

Al final terminé sonriendo por compromiso para que mi madre dejara de insistir.

Pero por dentro estaba agotada.

Cuando por fin regresamos a casa ya era de noche.

Las bolsas ocupaban casi todo el sofá.

Me dejé caer sobre uno de los sillones.

Sentía las piernas de gelatina.

—Lleva tus cosas arriba —ordenó mi madre.

Tomé las bolsas y subí a mi habitación.

Las dejé sobre la cama.

Por un instante me quedé observándolas.

Ropa nueva.

Ropa bonita.

Ropa que cualquier otra chica probablemente estaría emocionada de usar.

Entonces recordé mi reflejo en los probadores.

Y las ganas de llorar regresaron.

Mi teléfono vibró.

Lo desbloqueé.

Y automáticamente sonreí.

Era el chat grupal.

Mechas: Ey, ¿cómo te fue con las compras, Cane?

Mad: Eso, cuéntanos todo.

Tú: Una tortura absoluta.

Tú: Pero me compraron un batido gigante así que sobreviví jajajaja.

Mad: ¿Quieres llamada?

Mechas: Sí, queremos chisme completo.




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