¿A ustedes les pasa que cada vez que intentan dar una opinión nadie los escucha?
Porque a mí sí.
Toda la vida.
Siempre es lo mismo.
—Tú no entiendes.
—No te metas en conversaciones de adultos.
—Cuando seas mayor podrás opinar.
—¿Qué vas a saber tú?
—Eres una niña todavía.
Y yo me pregunto...
¿Niña?
Tengo diecisiete años.
Diecisiete.
No siete.
No soy una pequeña que juega con muñecas ni una niña que cree que los problemas se solucionan con un abrazo y un dulce.
Soy una joven.
Pienso.
Razono.
Tengo ideas propias.
Tengo sentimientos.
Tengo opiniones.
Y aun así, para muchos adultos, mi voz vale menos que nada.
He intentado de todo.
Hablar con calma.
Dar argumentos.
Esperar mi turno.
Levantar la mano.
Incluso escribir lo que pienso para no equivocarme al hablar.
Pero el resultado siempre es el mismo.
Me interrumpen.
Me ignoran.
O me dicen que me calle.
Y después mi madre tiene el descaro de preguntarme por qué no me abro con ella.
—Jaylin, ¿por qué nunca me cuentas nada?
—¿Cómo te fue en la escuela?
—¿Por qué siempre te encierras en tu cuarto?
Como si realmente le importara.
Como si alguna vez hubiera escuchado lo que tenía que decir.
Estoy segura de que si le contara todo lo que pasa por mi cabeza me tomaría por loca.
Me prohibiría salir.
Me quitaría el teléfono.
Y seguramente intentaría corregir pensamientos que ni siquiera están mal.
Por eso hago lo que mejor sé hacer.
Callarme.
Guardar todo para mí.
Encerrarme en mi habitación.
Gritar internamente.
Llorar cuando nadie me ve.
Y fingir que todo está bien.
Porque al final es más fácil así.
Mucho más fácil.
Aunque duela.
Aunque me esté consumiendo poco a poco.
Por suerte, hace algunos años aparecieron Madison y Melody.
Mis mejores amigas.
Mis hermanas por elección.
Las únicas personas con las que puedo ser yo misma.
Madison siempre intenta sonreír incluso cuando el mundo la está destrozando.
Y Melody siente demasiado.
A veces creo que su corazón es tan grande que no cabe dentro de ella.
Las tres somos diferentes.
Pero compartimos algo.
La sensación de no ser escuchadas.
La sensación de no ser suficientes.
La sensación de estar atrapadas.
Muchas veces hablamos sobre el futuro.
Sobre cómo sería nuestra vida cuando pudiéramos independizarnos.
Sobre la universidad.
Sobre los sueños.
Sobre enamorarnos.
Y sí.
También fantaseamos con encontrar a alguien que nos quiera de verdad.
Alguien que nos escuche.
Alguien que no minimice nuestros sentimientos.
Alguien que nos haga sentir importantes.
Porque cuando pasas años sintiéndote invisible, terminas soñando con alguien capaz de verte.
Estas vacaciones fueron las más largas de toda mi existencia.
Mi familia decidió viajar al campo.
Había un lago.
Un pequeño pueblo.
Montañas.
Paisajes hermosos.
Y al principio estaba emocionada.
Realmente emocionada.
Pensé que sería divertido.
Pensé que podría relajarme.
Pensé que por una vez tendría unas vacaciones normales.
Qué equivocada estaba.
Todo comenzó cuando mi abuelo decidió acompañarnos.
Desde ese momento supe que el viaje estaba condenado.
Mi abuelo tenía la increíble habilidad de convertir cualquier conversación en algo relacionado con él.
Si yo proponía un lugar para visitar, él sugería otro.
Si yo quería hacer una actividad, él elegía una diferente.
Si yo daba una opinión, él la descartaba inmediatamente.
Y lo peor era que todos le hacían caso.
Mi madre.
Mis tías.
Mis primos.
Todos.
Como si fuera imposible cuestionarlo.
Como si sus palabras fueran ley.
Una tarde estábamos decidiendo dónde cenar.
—Podríamos ir al restaurante junto al lago —sugerí.
Nadie respondió.
Ni siquiera levantaron la vista.
Dos minutos después mi abuelo habló.
—Creo que deberíamos ir al restaurante junto al lago.
Y todos estuvieron de acuerdo.
Todos.
Ni siquiera intentaron disimular.
Recuerdo haberme quedado mirando el agua durante varios minutos.
Preguntándome si realmente estaba allí.
Porque nadie parecía notarme.
Nadie parecía escucharme.
Era frustrante.
Doloroso.
Humillante.
Cuando por fin regresamos a casa le rogué a mi madre que me dejara vivir en la residencia del instituto.
Solo quería un poco de independencia.
Un poco de espacio.
Un poco de paz.
Pero se negó.
Dijo que el dinero apenas alcanzaba para cubrir los gastos familiares.
Y aunque entendí sus razones, una parte de mí se rompió.
Porque significaba seguir viviendo exactamente igual.
Seguir sintiéndome atrapada.
Seguir escuchando las mismas críticas.
Los mismos comentarios.
Las mismas discusiones.
Los mismos silencios.
Solo faltaban tres días para el inicio de clases cuando ocurrió algo que todavía me avergüenza recordar.
Mi madre estaba viendo televisión.
Yo estaba sentada en el sofá.
En la pantalla apareció una noticia sobre una pareja homosexual que estaba siendo discriminada.
Mi corazón se encogió.
Entonces mi madre habló.
—No entiendo por qué Dios crea personas así.
Sentí tensión en todo el cuerpo.
—Son una falla.
Mi mandíbula se apretó.
—Deberían buscar ayuda psicológica.
Y ahí exploté.
Por primera vez en muchísimo tiempo.
—Pero su amor no le hace daño a nadie.
Mi madre me miró sorprendida.
—Se ven felices juntos.
Silencio.
—Quizás su relación sea más sana que muchas parejas heterosexuales.
Editado: 12.08.2026