Sentimientos

CAPITULO 5- Jaylin Evanson

—Hola a todos, mi nombre es Cristopher Allen, encantado de conocerlos a todos.

¿Qué?

¿Qué?

¿Qué?

No.

No podía ser.

Me quedé completamente inmóvil en mi asiento.

Ese era él.

El chico del parque.

El dueño de la sonrisa que me había hecho olvidar cómo funcionaba mi cerebro.

Parpadeé varias veces.

Me froté los ojos con ambas manos.

Una vez.

Dos veces.

Tres veces.

Pero cuando volví a mirar seguía ahí.

Sonriendo como si nada.

Como si no hubiera enviado a un niño adorable a regalarme una flor unos días atrás.

—Hola, mi nombre es Zacarías Allen.

Mi atención se desvió por un segundo hacia el chico que estaba a su lado.

Tenía el cabello castaño oscuro y una expresión tranquila que contrastaba bastante con la energía de Cristopher.

—Hola, mi nombre es Andrew Allen. Un gusto.

El tercero parecía menos emocionado que los demás.

Mucho menos.

Más serio.

Más reservado.

Más... intimidante.

—¿Son hermanos chicos? —preguntó el profesor Bristol.

—Somos primos hermanos —respondió Cristopher.

Y volvió a sonreír.

Madre mía.

Debería ser ilegal sonreír así.

¿Cómo alguien podía verse tan bien haciendo algo tan simple?

Era injusto.

Completamente injusto.

—Ya pueden tomar asiento.

El profesor comenzó a escribir en la pizarra.

Yo debería haber estado copiando.

De verdad debería.

Pero mi atención seguía desviándose hacia cierta persona.

No podía creer que estuviera aquí.

Pensé que nunca volvería a verlo después de aquel encuentro en el parque.

Pensé que sería una de esas historias raras que cuentas años después.

"Una vez un niño me regaló una flor porque su tío pensaba que era bonita".

Fin.

Adiós.

Nunca más.

Pero no.

Ahora resultaba que era mi compañero de clase.

Y para empeorar las cosas...

Era increíblemente atractivo.

—Para finalizar esta clase formaremos grupos de seis integrantes.

La voz del profesor me devolvió a la realidad.

—Tienen cinco minutos para escoger sus grupos. Después pasaré por cada equipo para entregarles un tema.

Perfecto.

Eso sí podía hacerlo.

Trabajar con Madison y Melody.

Algo normal.

Algo seguro.

Algo libre de chicos peligrosamente guapos.

Me levanté junto a Melody y caminamos hacia donde estaba Madison.

Intenté no mirar hacia cierto lado del salón.

Intenté.

De verdad.

Pero fracasé miserablemente.

Nuestros ojos se encontraron durante apenas un segundo.

Un segundo.

Y aun así sentí un pequeño vuelco en el estómago.

Dios.

Sus ojos eran todavía más bonitos de cerca.

—Vamos a hacer grupo juntas, ¿verdad? —preguntó Madison.

Asentí inmediatamente.

—Obvio.

—Por eso estamos aquí —añadió Melody.

Madison pareció relajarse.

—Perfecto.

—Voy por mi carpeta —dijo Melody.

—Yo también.

Me dirigí hacia mi asiento.

Tomé una esquina de mi carpeta.

Pero justo cuando iba a levantarla alguien tomó la esquina opuesta.

Levanté la vista.

Y casi me atraganté con mi propia saliva.

Cristopher.

—Déjame ayudarte.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Parece pesada.

—No está pesada.

—Déjame ayudarte igual.

Lo miré desconfiada.

Él sonrió.

—Como agradecimiento pueden dejarnos entrar a su grupo.

Ah.

Ahí estaba el motivo.

—Tengo que consultarlo con mis amigas.

—Perfecto. Vamos a preguntarlo.

Y antes de que pudiera responder ya estaba caminando con mi carpeta en las manos.

¿Quién le dio permiso?

¿Quién?

Lo seguí rápidamente.

Cuando llegamos frente a Madison y Melody, ambas me miraron.

Después miraron a Cristopher.

Después la carpeta.

Después volvieron a mirarme.

Ya conocía esas miradas.

Y no me gustaban nada.

—Chicas, Cristopher y sus primos quieren unirse al grupo.

—Yo no dije que quería unirme.

Todos volteamos hacia Andrew.

Estaba cruzado de brazos.

Con cara de pocos amigos.

—Andrew, no seas un dolor de cabeza —dijo Cristopher—. Ellas son tres y nosotros tres.

—No quiero trabajar con la chica rara.

Silencio.

Todos nos miramos confundidos.

Hasta que vi a Madison ponerse roja.

Muy roja.

Oh.

Oh no.

Era ella.

Madison era la chica rara.

Intenté no reírme.

De verdad lo intenté.

—Pues parece que tu primo no quiere trabajar con nosotras —dijo Madison entre dientes—. No podemos hacer nada.

La sonrisa de Cristopher se volvió incómoda.

—Estaremos los tres.

—Claro que sí —respondió antes de que Andrew pudiera protestar.

Cinco minutos después terminamos sentados juntos.

Y no sabía si agradecerlo o entrar en pánico.

El profesor incluso acomodó los lugares.

Mujer.

Hombre.

Mujer.

Hombre.

Y así sucesivamente.

Según él era para que los alumnos nuevos se integraran mejor.

Según yo era una conspiración.

Porque terminé sentada junto a Cristopher.

Demasiado cerca.

Ridículamente cerca.

Nuestras piernas se rozaban cada vez que alguno se movía.

Y yo estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para comportarme como una persona normal.

—Tenemos que dividir las partes del trabajo —dijo Zacarías.

—Yo puedo hacer la introducción —propuso Melody.

—Yo la conclusión —dijo Madison.

La conversación continuó.

Yo intentaba prestar atención.

De verdad.

Pero era complicado.

Muy complicado.

Especialmente cuando cada pequeño movimiento hacía que mi brazo chocara con el de Cristopher.

O cuando nuestras rodillas se rozaban accidentalmente.

O cuando podía sentir su perfume.

Concéntrate, Jaylin.




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