Sentimientos

CAPITULO 6- Melody Miller

—Ahora sí nos vas a contar tu reacción de ayer o vas a seguir evitando nuestras preguntas —acusé apuntando a Madison con una papa frita.

—Sí, es verdad. Me dejaste con la intriga toda la noche —se quejó Jaylin mientras abría otra barra de chocolate—. No pude dormir por tu culpa.

—Ni yo —añadí dramáticamente—. Exijo respuestas.

Madison nos observó desde el otro lado de mi cama.

Estábamos las tres sentadas con las piernas cruzadas, rodeadas de envolturas de chocolate, papitas, jugos y galletas.

La tarde perfecta.

O al menos eso parecía.

Porque en realidad estábamos preparando un interrogatorio.

—Chicas, ¿es necesario que esto parezca un juicio? —preguntó Madison.

—Sí.

—Totalmente.

Respondimos al mismo tiempo.

Jaylin señaló a Madison como si fuera una detective.

—Habla.

—Confiesa.

—Suelta todo.

Madison soltó un largo suspiro.

—Qué exageradas son.

—Y tú muy misteriosa.

—Además tú tampoco te salvas, Jaylin —dije cruzándome de brazos—. Ayer tampoco contaste nada.

—Porque Madison tampoco quería hablar.

—Excusas.

—Excusas baratas.

Jaylin rodó los ojos.

—Vale, vale. Pero primero Madison.

—Sí, primero Madison.

Las dos la observamos atentamente.

Ella tomó un pedazo de chocolate.

Lo masticó lentamente.

Muy lentamente.

Demasiado lentamente.

—Madison...

—Ya voy.

—Madison...

—Ya voy.

—Madison.

—¡Ya voy!

Las tres estallamos en risas.

Finalmente se acomodó sobre la cama.

—¿Recuerdan que les conté sobre el chico nuevo que vi en la entrada?

Asentimos inmediatamente.

—Pues resulta que era Andrew.

—¡LO SABÍA!

—¡YO TAMBIÉN!

Gritamos tan fuerte que casi nos caemos de la cama.

Madison se tapó la cara.

—Dios mío, qué escandalosas son.

—Continúa.

—No nos dejes así.

—Bueno... yo estaba parada frente a la entrada y no lo dejaba pasar.

—JAJAJAJA.

—NO PUEDE SER.

—Déjenme terminar.

Intentó mantener una expresión seria.

No pudo.

Terminó riéndose también.

—Me quedé congelada cuando lo vi. Literalmente congelada.

—¿Porque era guapo?

—Porque me sorprendió.

—Porque era guapo.

—Porque me sorprendió.

—Porque era guapo.

—¡Las odio!

Jaylin y yo chocamos las manos victoriosas.

—Continúa.

—Bueno, me pidió permiso para pasar y yo me quedé mirándolo como una tonta.

—Eso explica muchas cosas.

—Luego entré al aula y descubrí que estaba en nuestra clase.

—Y después...

Madison tomó una bolsa de papas.

Mala señal.

Siempre comía cuando estaba nerviosa.

—El único asiento libre estaba detrás de él.

—Ay no.

—Ay sí.

—Y cuando me senté detrás suyo me dio hipo.

Nos quedamos en silencio.

—¿Qué?

—¿Hipo?

—¿En serio?

—Sí.

—¿Por verlo?

—¡No!

—Claro que sí.

Madison nos lanzó una almohada.

—No fue por eso.

—Entonces.

—No sé.

—Sospechoso.

—Muy sospechoso.

Madison ignoró nuestros comentarios.

—Intenté quitarme el hipo tomando agua.

—¿Y?

—Y él se giró.

—¿Y?

—Y me dijo...

Se quedó callada.

—¿Y?

—¿Y?

—¿Y?

—Me dijo "chica rara".

Jaylin y yo nos miramos.

Después volvimos a mirarla.

Y explotamos de risa.

—¡NO ES GRACIOSO!

—Lo siento.

—No puedo evitarlo.

—¿Chica rara?

—Sí.

—¿A ti?

—Sí.

—La persona más normal que conozco.

—Gracias Melody.

—Era sarcasmo.

—Gracias Melody.

Volvimos a reír.

Madison cruzó los brazos.

—Lo peor es que pensé que tenía un nombre bonito.

Jaylin y yo nos congelamos.

Silencio.

Un segundo.

Dos segundos.

Tres segundos.

—¿UN NOMBRE BONITO?

—¿UN NOMBRE BONITO?

Madison abrió mucho los ojos.

Demasiado tarde.

—¡NO!

—¡SÍ!

—¡TE GUSTA!

—¡NO ME GUSTA!

—¡TE GUSTA!

—¡NO ME GUSTA!

—¡TE GUSTA!

—¡NO ME GUSTA!

Las tres terminamos gritando y riendo al mismo tiempo.

—No me gusta —repitió por décima vez.

—Claro.

—Lo que tú digas.

—Lo odio.

—Eso dicen siempre.

—¿Quiénes?

—Las protagonistas de las novelas románticas.

Jaylin comenzó a cantar.

—Madison y Andrew sentados en un árbol...

Yo me uní inmediatamente.

—B-E-S-Á-N-D-O-S-E...

—¡CÁLLENSE!

Nos lanzó otra almohada.

—Definitivamente te gusta.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

Madison se rindió.

—Son imposibles.

—Ahora te toca a ti, Jaylin.

La sonrisa de nuestra amiga desapareció instantáneamente.

—Oh no.

—Oh sí.

—Habla.

Jaylin suspiró.

—No pasó gran cosa.

—Mentira.

—Continúa.

—Intentamos agarrar el mismo lápiz.

—Ajá.

—Y nuestras manos se tocaron.

—AJÁ.

—Y me puse nerviosa.

—AJÁAAAA.

—Luego saqué mi lápiz favorito.

Yo ya sabía cuál era.

Y por la expresión de Madison, ella también.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—¿El de Uniqua?

Jaylin cerró los ojos.

—El de Uniqua.

Yo me caí sobre la cama riéndome.

—NO PUEDE SER.

—Quería morir.

—Lo entiendo.

—Y entonces él sacó uno igual.

—¿Qué?

—¿Qué?

—Tenía a Pablo.

Madison y yo nos miramos.

Y volvimos a reír.

—Son tal para cual.

—Definitivamente.

—Dos niños atrapados en cuerpos de adolescentes.

—¡No es cierto!

—Claro que sí.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—Ya basta.

—No.

—Basta.

—No.

Las tres terminamos riendo otra vez.

Después de varios minutos logramos calmarnos.

O al menos un poco.




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