Sentimientos

CAPITULO 7- Madison Brown

Dos semanas después

—Entonces... ¿van a ir al viaje de inicio de curso? —preguntó Jaylin mientras mordía una enorme tajada de sandía.

Estábamos sentadas bajo uno de los árboles del patio durante el almuerzo. El sol brillaba con fuerza y el murmullo de los estudiantes llenaba el ambiente.

—No lo sé —respondí, dando un sorbo a mi jugo—. Ya sabes cómo es mi madre. A veces parece que soy su empleada en vez de su hija.

Jaylin hizo una mueca.

—Todavía no entiendo por qué te hace trabajar tanto.

Me encogí de hombros.

Era una pregunta que yo misma me hacía muchas veces.

—¿Y tú, Melody? —preguntó Jaylin.

Melody dejó su botella sobre la mesa.

—Mi mamá dijo que primero tiene que hablarlo con mi papá. Mi hermano también tiene un viaje y no sabe si alcanzará el dinero para ambos.

Jaylin dejó caer la sandía dramáticamente sobre la bandeja.

—Me van a abandonar.

—No exageres.

—No exagero.

—Sí exageras.

—Muchísimo.

Melody y yo nos reímos.

—Intentaré convencer a mi papá cuando llegue mañana —dije—. Escríbanme suerte.

—¡Por favor, Madison! —Jaylin tomó mis hombros y comenzó a sacudirme—. Tienes que venir.

—Jaylin...

—No. Escúchame. El año pasado tampoco fuiste.

Y tenía razón.

El año anterior había sido difícil.

Muy difícil.

Cuando la empresa donde trabajaba papá hizo recortes de personal, él perdió su empleo.

Pasamos meses complicados.

La fonda apenas alcanzaba para cubrir los gastos más importantes y muchas veces escuché a mi madre preocupada por las cuentas.

Afortunadamente, las cosas mejoraron.

Papá encontró un nuevo trabajo unos meses después.

Un trabajo mucho mejor pagado.

Ayer me había escrito diciendo que tenía una sorpresa para toda la familia.

Yo sospechaba que se trataba de un ascenso.

Y esperaba con todas mis fuerzas que eso significara una respuesta positiva para el viaje.

—¡Melody! —insistió Jaylin—. Tú también tienes que venir.

—Todavía no me han dado una respuesta.

—Las odio a las dos.

Se dejó caer sobre el respaldo de la banca como si el mundo entero estuviera en su contra.

—Qué dramática eres.

—Y orgullosa.

—Muy orgullosa.

—No necesito esta clase de amistades.

Las tres comenzamos a reír.

—¿Qué pasó, pequeña Uniqua?

Reconocí esa voz al instante.

Jaylin también.

—Que no me digas así, pequeño Pablo.

Cristopher apareció con una bandeja en las manos.

Detrás de él venían Zacarías.

Y Andrew.

Por supuesto.

Porque la vida claramente disfrutaba haciéndome sufrir.

—¿Podemos sentarnos? —preguntó Cristopher.

—NO.

Jaylin respondió tan rápido que casi me atraganto con el jugo.

—No te preguntaba a ti —dijo él—. Le preguntaba a Madison.

Todos me miraron.

Genial.

—Supongo que sí.

No alcancé a terminar cuando Andrew ocupó el asiento frente a mí.

Ni siquiera preguntó.

Simplemente se sentó.

Lo fulminé con la mirada.

Él me ignoró completamente.

Como siempre.

Habían pasado dos semanas desde el inicio de clases.

Dos semanas.

Y seguíamos sin soportarnos.

Bueno...

Quizás "soportarnos" no era exactamente la palabra.

Yo simplemente me ponía nerviosa cuando estaba cerca.

Ridículamente nerviosa.

Y eso me molestaba.

Mucho.

Porque jamás me había pasado algo parecido.

Cristopher se había vuelto amigo de Jaylin.

Pasaban el día discutiendo sobre Los Backyardigans.

Era ridículo.

Pero también adorable.

Y Zacarías...

Bueno.

Zacarías se había convertido en alguien importante para Melody.

Ella le contaba cosas que jamás nos había contado a nadie.

Y aunque seguía teniendo inseguridades, parecía más tranquila cuando él estaba cerca.

Me alegraba verla así.

Realmente me alegraba.

Aunque nunca se lo diría.

—¿Van a ir al viaje? —preguntó Cristopher.

—Todavía no lo sabemos.

—Yo sí voy.

La respuesta de Jaylin sonó tan amarga que todos la miramos.

—Ya entiendo por qué estás de mal humor, pequeña Uniqua.

—Te odio.

—No es cierto.

—Sí es cierto.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—Niños —murmuró Zacarías.

Melody soltó una carcajada.

—¿La chica rara no irá al viaje?

Levanté la vista inmediatamente.

Andrew me observaba con una sonrisa burlona.

Otra vez.

Siempre era lo mismo.

—¿Qué te importa?

—Andrew... —advirtió Zacarías.

—¿Qué?

—Déjala tranquila.

—¿Y perderme la oportunidad de fastidiarla?

Me señaló con el tenedor.

—Jamás.

—Nadie te pidió que me fastidies.

—Yo tampoco pedí que fueras tan fácil de provocar.

Apreté los dientes.

—Idiota.

Silencio.

Cristopher abrió mucho los ojos.

Jaylin dejó caer su botella.

Melody me sujetó el brazo.

Y yo me di cuenta demasiado tarde de que había dicho eso en voz alta.

Muy alta.

Andrew arqueó una ceja.

—¿Me acabas de llamar idiota?

Trágame tierra.

Ahora mismo.

—Madison... —susurró Melody.

—Bueno...

—No puede ser.

—Es justo —dije rápidamente—. Tú me dices chica rara y yo te digo idiota.

Andrew me observó durante unos segundos.

Demasiados segundos.

Después...

Sonrió.

—Tienes razón.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Estamos a mano.

—¿Eso es todo?

—¿Esperabas algo más?

—No.

—Entonces deja de parecer sorprendida.

Volví a fulminarlo con la mirada.

Él sostuvo mi mirada.

Y comenzamos una absurda competencia de quién apartaba la vista primero.

Por supuesto, perdí.

Porque Cristopher decidió intervenir.

—Creo que deberíamos irnos antes de que estos dos comiencen una guerra.




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