—Todos tomen una vara y acérquenla al fuego para hacer malvaviscos —escuché decir a uno de los profesores mientras llegábamos a la fogata.
Jaylin y yo tomamos unas varas y nos sentamos cerca del fuego. El aroma dulce de los malvaviscos comenzó a llenar el aire y una sonrisa apareció en mis labios casi de inmediato.
Me encantaban los dulces.
Giré lentamente el malvavisco sobre las llamas hasta que tomó un color dorado perfecto. Lo alejé del fuego, soplé un poco y le di una mordida.
Cerré los ojos.
Delicioso.
La capa exterior estaba crujiente, mientras que el interior se derretía en mi boca.
—Veo que te gusta mucho lo dulce.
Abrí los ojos de golpe.
Zac.
Sentí cómo mis mejillas se calentaban.
—S-Sí...
Tomó asiento a mi lado, tan cerca que nuestros hombros se rozaron levemente.
—¿A ti no te gusta?
—No demasiado. Prefiero las cosas saladas.
—Ya veo...
Por alguna razón, me puse nerviosa.
Demasiado nerviosa.
Busqué otro malvavisco para distraerme, pero antes de que pudiera levantarme, Zac me extendió el suyo.
—Toma.
Parpadeé confundida.
—¿Qué?
—Lo hice para ti.
—Pero es tuyo.
—Puedo preparar otro.
—No hace falta...
—Melody.
Levanté la mirada.
—Tómalo.
No sé por qué obedecí.
Tal vez porque su voz sonó demasiado suave.
Tal vez porque me miraba de una forma que hacía imposible negarse.
Tomé la vara.
—Gracias...
—De nada.
Se levantó para ir por más.
Lo observé alejarse y, sin darme cuenta, sonreí.
—Alguien está enamorada.
Casi me atraganté.
—¡¿Qué?!
Jaylin apareció a mi lado con una sonrisa enorme.
—Te vi sonriendo.
—No estaba sonriendo.
—Claro que sí.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Jaylin...
—Voy a contarle a Madison.
—¡No te atrevas!
Ella soltó una carcajada.
Minutos después, Zac regresó.
Pero no volvió con unos cuantos malvaviscos.
Volvió con una bolsa completa.
Y otra de galletas.
Y otra de chocolates.
Me quedé mirándolo como si hubiera perdido la cabeza.
—¿Qué es todo eso?
—Dulces.
—Eso ya lo veo.
—Pensé que te gustaría.
—¿Compraste todo eso?
—Sí.
—¿Por mí?
—Bueno... dijiste que te gustaban.
Lo dijo con tanta naturalidad que me quedé sin palabras.
Como si fuera lo más normal del mundo.
Como si no acabara de caminar hasta una tienda para comprarme tres bolsas de golosinas.
Mi corazón dio un pequeño salto.
—No tenías que hacerlo.
—Quise hacerlo.
Así de simple.
Sin explicaciones.
Sin buscar reconocimiento.
Simplemente quiso hacerlo.
Y eso me afectó más de lo que debería.
Durante la siguiente media hora, Zac se dedicó a preparar malvaviscos mientras yo me dedicaba a comerlos.
—Creo que ya te comiste media bolsa.
—No es mi culpa.
—Sí lo es.
—La culpa es de los dulces por estar ricos.
Se echó a reír.
Y descubrí que me gustaba escucharlo reír.
Mucho.
Después de un rato comenzamos a caminar.
Sin darnos cuenta nos alejamos de la fogata y de los demás.
Hablamos de series.
De música.
De películas.
De cualquier cosa.
Era extraño.
Porque normalmente me costaba abrirme con las personas.
Pero con él...
Todo parecía sencillo.
Llegamos a un pequeño lago.
La superficie reflejaba la luna como si fuera un espejo.
Nos sentamos en un banco de madera.
Y por primera vez en toda la noche, el silencio apareció entre nosotros.
Bajé la mirada hacia mi cuerpo.
Instintivamente acomodé mi chaqueta sobre mi abdomen.
Odiaba hacerlo.
Pero era imposible evitarlo.
Sentía que todos notaban mis defectos.
Sentía que todos los veían.
Todos menos él.
—¿Sigues pensando que tu cuerpo es horrible?
Su pregunta me tomó por sorpresa.
—Tal vez.
—No deberías.
—Es fácil decirlo.
—No.
—Sí.
—No, Melody.
Lo miré.
Sus ojos estaban fijos en mí.
—Tú eres la única persona que se ve de esa manera.
Sentí un nudo en la garganta.
—No entiendes.
—Entonces explícamelo.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque cuando me veo al espejo solo veo defectos.
Mis manos comenzaron a temblar.
—Veo mi barriga.
Veo mis piernas.
Veo todo lo que está mal.
Y lo odio.
Esperé una respuesta.
Una corrección.
Un consejo.
Lo que fuera.
Pero Zac simplemente se puso de pie.
Y caminó hasta quedar frente a mí.
—Mírame.
Lo hice.
—No veo nada de eso.
Mi respiración se detuvo.
—Veo una chica fuerte.
Veo una chica amable.
Veo una chica que soportó cosas que nadie debería soportar.
Y veo una chica hermosa.
Sentí que mis ojos ardían.
—No digas eso.
—¿Por qué?
—Porque no es verdad.
—Sí lo es.
Negué con la cabeza.
—No.
—Sí.
Su voz fue firme.
Segura.
Como si no existiera ninguna duda.
Como si realmente creyera cada palabra.
Entonces levantó una mano.
La apoyó suavemente detrás de mi nuca.
Mi corazón comenzó a latir tan fuerte que estaba segura de que podía escucharse.
Un segundo.
Dos segundos.
Tres.
Y entonces...
Depositó un beso en mi frente.
Suave.
Cálido.
Delicado.
El mundo entero desapareció.
No escuché el viento.
No escuché el lago.
No escuché nada.
Solo sentí aquel pequeño beso.
Cuando se apartó, mi cerebro dejó de funcionar.
Literalmente.
—Será mejor que volvamos —dijo con una pequeña sonrisa.
Tomó mi mano.
Y comenzó a caminar.
Yo lo seguí.
Porque sinceramente ya no era capaz de hacer otra cosa.
Editado: 12.08.2026