Sentimientos

CAPITULO 10- Madison Brown

La habitación está en silencio. Melody y Jaylin duermen profundamente en las camas de al lado. O al menos eso creo.

Yo no puedo dormir.

Quizás porque estoy lejos de casa.

Quizás porque mañana tendremos actividades todo el día.

O quizás porque cierto idiota no deja de aparecer en mi cabeza.

Gruño bajito.

Andrew Allen.

El chico más insoportable que he conocido.

Cierro los ojos con fuerza.

—Chica rara.

Abro los ojos inmediatamente.

Perfecto.

Ahora hasta escucho su voz en mi cabeza.

Necesito aire.

Me incorporo lentamente para no despertar a las chicas y tomo mi chaqueta.

Salgo al pasillo en silencio.

El hospedaje está tranquilo a esas horas.

Camino sin rumbo fijo hasta llegar al pequeño balcón del segundo piso.

La noche está despejada.

Se pueden ver cientos de estrellas.

Apoyo los brazos sobre la baranda.

—No deberías estar despierta.

Casi salto del susto.

—¡Mierda!

Volteo de golpe.

Andrew está apoyado contra la pared con las manos en los bolsillos.

—¿Qué haces aquí?

—Podría preguntarte lo mismo.

—Yo pregunté primero.

—Y yo no pienso responder.

—Idiota.

—Chica rara.

Ruedo los ojos.

—¿No te cansas?

—¿Y tú?

Nos quedamos mirándonos unos segundos.

Ninguno parece dispuesto a rendirse.

Finalmente soy yo quien aparta la mirada.

—No podía dormir.

—Yo tampoco.

—Pues qué coincidencia.

—Supongo.

El silencio vuelve a instalarse.

Y por primera vez no es incómodo.

Extraño.

Muy extraño.

—Oye.

Levanto una ceja.

—¿Qué?

Andrew se queda unos segundos pensativo.

Como si estuviera dudando.

—Lo que dijiste esta tarde...

Mi estómago se contrae.

Maldición.

Sabía que era eso.

—¿Qué cosa?

—No te hagas la tonta.

Bajo la mirada.

—No sé de qué hablas.

—Madison.

Mi nombre en sus labios me hace levantar la cabeza.

No sé por qué.

—Escuché lo que dijiste.

Trago saliva.

—¿Y?

—¿Era verdad?

—¿Qué cosa?

—Lo de no comer durante una semana.

Mi cuerpo se tensa.

Ahí está.

La pregunta que esperaba.

La pregunta que no quiero responder.

—No es asunto tuyo.

—Lo sé.

—Entonces deja de preguntar.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque me preocupa.

Mi corazón se detiene.

Un segundo.

Dos segundos.

Tres.

—¿Qué?

—Ya me escuchaste.

Parpadeo varias veces.

Estoy segura de que escuché mal.

Andrew Allen no se preocupa por nadie.

—No tienes por qué preocuparte.

—Tal vez.

—Entonces no lo hagas.

—No funciona así.

—Claro que sí.

—No.

Aprieto los labios.

Empiezo a sentirme incómoda.

Muy incómoda.

Porque no estoy acostumbrada a esto.

A que alguien quiera saber cómo me siento.

A que alguien insista.

A que alguien se preocupe.

—Fue una broma.

—Mentira.

—¿Y tú cómo sabes?

—Porque cuando lo dijiste parecías asustada.

Mierda.

Mierda.

Mierda.

Desvío la mirada.

—Estás imaginando cosas.

—No.

—Sí.

—No.

—¿Por qué te importa tanto?

La pregunta sale antes de poder detenerla.

Andrew se queda callado.

Por primera vez parece no tener una respuesta preparada.

Y eso me sorprende.

Mucho.

Finalmente suspira.

—No lo sé.

Frunzo el ceño.

—Gran respuesta.

—Es la verdad.

—Pues es una respuesta horrible.

—Gracias.

—De nada.

Una pequeña sonrisa aparece en sus labios.

Y odio admitirlo.

Pero cuando sonríe se ve diferente.

Menos arrogante.

Más humano.

—Mi familia es complicada.

Las palabras salen solas.

Andrew gira la cabeza inmediatamente hacia mí.

Y me arrepiento.

Muchísimo.

¿Por qué dije eso?

—¿Complicada cómo?

—No importa.

—Madison.

—No importa.

—Está bien.

Lo miro sorprendida.

Esperaba que insistiera.

Pero no lo hace.

Simplemente asiente.

—Cuando quieras contarlo, lo harás.

Parpadeo.

Una vez.

Dos veces.

—¿Eso es todo?

—¿Qué más quieres?

—No sé.

—Pues yo sí.

—¿Y qué es?

—Que dejes de pensar que estás sola.

Mi respiración se corta.

No sé qué responder.

No sé qué hacer.

No sé por qué sus palabras me afectan tanto.

Así que hago lo único que sé hacer.

Me río.

—Vaya.

—¿Qué?

—Eres menos idiota de lo que pensaba.

—Y tú menos rara.

—No arruines el momento.

—Lo siento.

Nos echamos a reír.

Y por primera vez desde que lo conocí...

No estamos peleando.

El silencio vuelve.

Pero esta vez es tranquilo.

Cómodo.

Miro el cielo estrellado.

Y por un instante me permito olvidar los problemas de casa.

Las comparaciones.

Las exigencias.

El miedo constante a equivocarme.

Por un instante solo soy yo.

Y él.

—Será mejor volver.

—Sí.

Comenzamos a caminar hacia nuestras habitaciones.

Cuando llegamos a la puerta de las chicas, me detengo.

—Andrew.

—¿Sí?

—Gracias.

Sus ojos se suavizan.

Solo un poco.

—De nada, chica rara.

—Idiota.

Sonríe.

Y desaparece por el pasillo.

Entro a la habitación.

Me acomodo entre las sábanas.

Y por primera vez en mucho tiempo...

Siento que puedo respirar.

Porque alguien me escuchó.

Porque alguien se dio cuenta.

Porque alguien preguntó si estaba bien.

Y lo peor de todo...

Es que ese alguien fue Andrew Allen.

El mismo idiota que no deja de fastidiarme.

Cierro los ojos.

Intentando dormir.




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