Sentimientos

CAPITULO 11- Andrew Allen

No sé en qué momento empezó todo esto.

Ni siquiera me cae bien.

O al menos eso quiero creer.

Entro a la habitación después de dejar a Madison en la puerta de su cuarto. Cris y Zac siguen despiertos.

Mala suerte.

Porque en cuanto me ven entrar, sonríen.

Y cuando esos dos sonríen así, significa problemas.

—Mírenlo —dice Cristopher señalándome—. Ahí viene.

—¿Quién? —pregunto mientras me dejo caer sobre la cama.

—El enamorado.

—Vete al diablo.

—Eso no fue una negación —interviene Zac.

—Porque no vale la pena responder estupideces.

—Ajá.

—Ajá —imita Cristopher.

Tomo una almohada y se la lanzo.

La atrapa sin dificultad.

—¿Dónde estabas? —pregunta Zac.

—Caminando.

—Con Madison.

—Coincidencia.

—Claro.

—Muy creíble.

—No me importa si me creen o no.

Los dos intercambian una mirada.

Y eso me pone nervioso.

Porque me conocen demasiado bien.

—¿Qué?

—Nada —dice Cristopher.

—Nada —repite Zac.

—Cuando ustedes dicen nada es porque sí pasa algo.

—Pues entonces ya sabes la respuesta.

Gruño.

Definitivamente son insoportables.

—¿Sabes qué es lo peor? —pregunta Cristopher.

—¿Qué?

—Que antes ni siquiera soportabas hablar con las personas.

—Y sigo sin soportarlas.

—Mentira.

—Verdad.

—Madison.

Lo miro.

—¿Qué pasa con ella?

—Ahí está el problema.

Me incorporo inmediatamente.

—No hay ningún problema.

—Claro que lo hay.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—Parecen niños pequeños —interviene Zac.

—Él empezó.

—Tú empezaste.

—Cállense los dos.

Cristopher se ríe.

Yo también termino sonriendo.

Aunque sea por un segundo.

—Andrew.

—¿Qué?

—¿Te gusta?

Mi sonrisa desaparece.

—No.

—Respuesta demasiado rápida.

—Porque es verdad.

—Ajá.

—Ajá.

—Dios mío, parecen loros.

Me levanto de la cama.

—Voy a dormir.

—Son las diez de la noche.

—Precisamente.

—No vas a dormir.

—Sí voy a dormir.

—No puedes.

—¿Y por qué no?

Cristopher sonríe.

—Porque llevas dos semanas pensando en ella.

Silencio.

Maldición.

Odio cuando acierta.

—No pienso en ella.

—Andrew.

—¿Qué?

—Te conozco desde que naciste.

—Y yo a ti.

—Por eso sé que mientes horrible.

Me dejo caer nuevamente sobre el colchón.

Mirando el techo.

Porque sinceramente ya no sé qué responder.

Quizá porque tienen razón.

Quizá porque desde hace días algo cambió.

Porque espero encontrarla en los pasillos.

Porque me molesta cuando otros chicos la miran.

Porque me río más cuando está cerca.

Porque me preocupa lo que pasa en su casa.

Porque hoy, cuando dijo aquella frase sobre la comida...

Sentí algo extraño.

Algo parecido al miedo.

Y eso no me gusta.

Nada.

—Andrew.

—¿Ahora qué?

—Estás sonriendo.

Abro los ojos.

—¿Qué?

—Estás sonriendo como idiota.

—No estoy sonriendo.

—Sí lo estás.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—Voy a matarlos.

Ambos empiezan a reír.

Idiotas.

Apago la lámpara de mi lado y me acomodo entre las sábanas.

—Buenas noches.

—Buenas noches, enamorado —dice Cristopher.

—Buenas noches, futuro cuñado —agrega Zac.

—Duerman con un ojo abierto.

Sus carcajadas llenan la habitación.

Cierro los ojos.

Intentando ignorarlos.

Intentando dormir.

Intentando dejar de pensar.

Pero entonces aparece su rostro.

Su sonrisa.

Su risa.

Su voz.

Y aquella mirada que tuvo cuando me dio las gracias.

Maldición.

Creo que estoy en problemas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.