Sentimientos

CAPITULO 15- Andrew Allen

Siempre pensé que las personas eran buenas ocultando lo que sentían.

Hasta que conocí a Madison.

Porque Madison cree que nadie nota nada.

Cree que si sonríe lo suficiente, nadie verá que está cansada.

Cree que si dice “estoy bien” con la voz correcta, todos le creerán.

Pero no funciona conmigo.

Nunca funcionó.

Desde el primer día noté que ella pide perdón demasiado.

Por ocupar espacio.

Por equivocarse.

Por necesitar algo.

Como si existir fuera una molestia para alguien más.

Y odio eso.

Porque nadie debería sentirse así.

Desde que llegué a casa después del viaje no he dejado de pensar en ella.

En su mensaje.

En ese simple:

"No exactamente."

Dos palabras.

Pero suficientes para saber que algo había pasado.

No me contó todos los detalles.

Y no quise presionarla.

Madison es de esas personas que se cierran cuando sienten que están siendo una carga.

Y no quiero convertirme en otra persona que le haga sentir eso.

Miro mi celular.

Tengo una conversación abierta.

Su nombre aparece en la pantalla.

Escribo.

Borro.

Escribo otra vez.

Ridículo.

Puedo enfrentar una competencia completa sin ponerme nervioso.

Puedo hablar frente a un grupo de personas.

Pero enviarle un mensaje a una chica parece ser mi mayor desafío.

Finalmente escribo:

Yo:
"¿Cómo estás hoy?"

Dejo el celular sobre la mesa.

Intento distraerme.

No funciona.

A los pocos segundos vibra.

Madison:
"Bien."

Sonrío un poco.

Porque sé que está mintiendo.

No porque quiera engañarme.

Sino porque esa es su respuesta automática.

Yo:
"Respuesta incorrecta."

Los tres puntos aparecen.

Desaparecen.

Aparecen otra vez.

Madison:
"¿Cómo sabes?"

Miro la pantalla.

Yo:
"Porque siempre dices eso cuando no estás bien."

La respuesta tarda más esta vez.

Mucho más.

Madison:
"¿Tan obvia soy?"

Sonrío.

Yo:
"Solo para mí."

Después de enviarlo me quedo mirando la pantalla.

Tal vez fue demasiado.

Tal vez no debería haber dicho eso.

Pero entonces llega su respuesta.

Madison:
"Gracias."

Una palabra.

Pero sé que significa más.

Al día siguiente, cuando llego al colegio, la veo.

Está sentada en una banca con Melody y Jaylin.

Está riendo.

Y por un momento me quedo tranquilo.

Porque esa es la Madison que quiero ver.

La que ríe.

La que no piensa demasiado.

La que no tiene miedo de hacer algo mal.

—¿Vas a quedarte ahí mirándola todo el día?

Me giro.

Zacarías está detrás de mí.

Frunzo el ceño.

—No estaba mirándola.

Levanta una ceja.

—Claro.

—Estaba pensando.

—Peor.

Lo miro confundido.

—¿Peor?

—Sí. Pensar demasiado nunca termina bien.

Tiene razón.

Aunque no me gusta admitirlo.

—¿Y tú qué sabes?

Se encoge de hombros.

—Sé reconocer cuando alguien está preocupado por otra persona.

Guardo silencio.

Zacarías sonríe.

—Tranquilo. No voy a decir nada.

—No hay nada que decir.

—Por supuesto.

—De verdad.

—Andrew.

—¿Qué?

—Te estás defendiendo de algo que nadie te acusó.

Cierro la boca.

Porque tiene razón.

Otra vez.

Empiezo a odiar cuánto tiene razón la gente últimamente.

En el recreo, finalmente me acerco a Madison.

—Hola.

Ella levanta la mirada y sonríe.

—Hola.

Me gusta esa sonrisa.

Porque sé que no siempre aparece.

—¿Cómo va tu día?

—Bien.

La miro.

Ella suspira.

—Otra vez esa mirada.

—¿Qué mirada?

—La de “sé que estás mintiendo”.

Sonrío.

—Funciona.

Niega con la cabeza.

—Eres molesto.

—Me lo han dicho antes.

Nos quedamos en silencio.

Pero esta vez ella no parece incómoda.

—Andrew.

—¿Sí?

Juega con la manga de su uniforme.

Un gesto pequeño.

Pero sé que significa que está nerviosa.

—Gracias por ayer.

—No hice nada.

—Sí hiciste.

La miro.

—Solo te escuché.

Ella asiente.

—Exactamente.

Me quedo callado.

Porque para mí escuchar parece algo normal.

Pero para ella parece ser algo importante.

Y eso me preocupa.

—Madison.

Ella me mira.

—No tienes que ganarte el derecho a que te quieran.

Sus ojos cambian.

Como si esa frase hubiera tocado algo profundo.

—¿Por qué dices eso?

Me encojo de hombros.

—Porque parece que siempre estás intentando demostrar que mereces estar ahí.

Baja la mirada.

Y sé que acerté.

—A veces siento que si hago algo mal...

Se detiene.

Espero.

—Que si decepciono a alguien, todo cambia.

Mi corazón se aprieta.

Porque quiero decirle que no es verdad.

Quiero convencerla.

Pero sé que algunas heridas no desaparecen porque alguien diga las palabras correctas.

Así que solo digo:

—Conmigo no tienes que ser perfecta.

Me mira.

—¿No?

Niego.

—No.

Una pequeña sonrisa aparece.

—Eso es bueno.

—¿Por qué?

—Porque soy bastante mala siendo perfecta.

Río.

—Ya me había dado cuenta.

Ella me golpea suavemente el brazo.

—Oye.

—Es verdad.

—Eres horrible.

—Pero te hice reír.

Se queda callada.

Y luego sonríe.

—Sí.

Y no sé por qué.

Pero ese pequeño “sí” se siente como una victoria.

Esa tarde, cuando llego a casa, pienso en Madison.




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