La mayoría de las personas cree que no presto atención.
Y honestamente...
Los entiendo.
Porque hablo demasiado.
Porque hago bromas en momentos inapropiados.
Porque me distraigo fácilmente.
Porque una vez intenté abrir una puerta que decía claramente "EMPUJAR" tirando de ella durante casi un minuto.
No fue mi mejor momento.
Pero que parezca distraído no significa que no vea cosas.
Las veo.
Más de las que debería.
Y últimamente hay algo que no dejo de notar.
Melody.
La cafetería está tan ruidosa como siempre.
Cristopher está discutiendo con Jaylin sobre una película.
—Cruella es una obra maestra.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—No.
—Tu opinión es inválida.
Jaylin le lanza una servilleta.
Madison se ríe.
Andrew intenta actuar como si no estuviera mirando a Madison cada cinco segundos.
Y yo estoy sentado frente a Melody.
Observándola.
No de forma rara.
Bueno...
Tal vez un poco rara.
Pero no por las razones que cualquiera pensaría.
Es porque no ha comido nada.
Absolutamente nada.
Tiene un plato lleno frente a ella.
Toma la cuchara.
La levanta.
La acerca a su boca.
Y entonces se detiene.
La cuchara queda suspendida en el aire unos segundos.
Después vuelve a bajarla.
Y repite el proceso.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Cuatro veces.
Nadie parece darse cuenta.
Todos siguen hablando.
Riendo.
Discutiendo.
Pero yo sí lo veo.
Porque llevo observándola casi diez minutos.
Y porque algo no está bien.
—¿Zacarías?
Levanto la cabeza.
Madison me está mirando.
—¿Qué?
—Llevamos cinco minutos llamándote.
Parpadeo.
—¿En serio?
—Sí.
—Ah.
—¿Estás bien?
—Perfectamente.
—Mentiroso.
—Gracias por tu confianza.
Ella rueda los ojos.
La conversación continúa.
Pero vuelvo a mirar a Melody.
Otra vez.
La cuchara.
La pausa.
La cuchara baja.
Y entonces entiendo algo.
No es que no tenga hambre.
Es que está intentando convencerse de comer.
Mi pecho se aprieta.
Porque conozco esa expresión.
La he visto antes.
Hace años.
En mi hermana.
Al principio eran cosas pequeñas.
Empujar la comida por el plato.
Decir que ya había comido.
Asegurar que no tenía hambre.
Levantar el tenedor.
Acercarlo a la boca.
Y después volver a bajarlo.
Una vez.
Dos veces.
Diez veces.
Como si comer fuera una batalla que nadie más podía ver.
Al principio nadie se dio cuenta.
Después todos nos dimos cuenta.
Y para cuando entendimos lo que estaba pasando...
Ya era demasiado tarde.
Mi garganta se aprieta.
Porque por un segundo no veo a Melody.
Veo a mi hermana sentada frente a la mesa.
Sonriendo para que nadie se preocupara.
Diciendo que estaba bien.
Mintiendo.
Igual que Melody ahora.
Y eso hace que una sensación horrible me recorra el pecho.
Porque espero estar equivocado.
De verdad lo espero.
Pero no puedo ignorarlo.
No después de haberlo visto una vez.
—¿Vas a pelearte con ella o piensas comerla?
Levanta la mirada.
—¿Qué?
Señalo el plato.
—Llevas veinte minutos atacando esa comida psicológicamente.
Frunce el ceño.
—No sé de qué hablas.
—Claro que sí.
Toma una cucharada.
La acerca a la boca.
Se detiene.
La vuelve a bajar.
Levanto una ceja.
Ella se queda congelada.
Yo también.
Silencio.
—Oh.
—Sí.
—Oh.
—Exactamente.
Melody deja lentamente la cuchara sobre la mesa.
—No deberías observar tanto a la gente.
—No debería.
—Es raro.
—Lo sé.
—Muy raro.
—Lo sé.
Suspira.
—Eres imposible.
—Y tú no has comido.
Su expresión cambia.
Solo un segundo.
Pero lo suficiente.
Lo suficiente para confirmar que tengo razón.
—No tengo hambre.
La respuesta sale demasiado rápido.
Y eso también me dice algo.
—Mentira.
—Zacarías.
—Melody.
—No tengo hambre.
—Entonces explícame por qué llevas veinte minutos intentando comer una sola cucharada.
Silencio.
Ella baja la mirada.
Y ahí sé que metí el dedo en algo importante.
Porque Melody siempre tiene respuestas.
Siempre.
Pero esta vez no.
—No pasa nada.
La frase sale bajito.
Demasiado bajito.
Y por alguna razón me molesta.
Porque es exactamente la misma frase que usaba mi hermana.
La misma.
Palabra.
Por palabra.
"No pasa nada."
Incluso cuando sí pasaban cosas.
Incluso cuando estaba sufriendo.
Incluso cuando necesitaba ayuda.
—Está bien.
Melody levanta la cabeza.
Sorprendida.
—¿Está bien?
Asiento.
—No tienes que contármelo.
Parpadea.
—¿Qué?
—Lo que sea que esté pasando.
Se queda quieta.
—No voy a obligarte.
La observo unos segundos.
—Pero si algún día quieres hablar...
Sus ojos se encuentran con los míos.
—Puedes hacerlo conmigo.
Silencio.
La cafetería sigue llena de ruido.
Personas caminando.
Sillas moviéndose.
Conversaciones por todas partes.
Pero por alguna razón siento que solo estamos nosotros dos.
—¿Por qué?
La pregunta sale tan bajita que casi no la escucho.
—¿Por qué qué?
—¿Por qué te importa?
Mi corazón da un pequeño salto extraño.
Porque parece una pregunta simple.
Pero no lo es.
No para ella.
—Porque eres mi amiga.
Ella me sigue mirando.
Como si estuviera esperando algo más.
Editado: 09.09.2026