Sentimientos

CAPITULO 19- Cristopher

CRISTOPHER

Nunca pensé que acompañar a alguien a una audición sería tan aburrido.

Y tan estresante.

Principalmente estresante.

Estoy sentado en una de las sillas de la sala de espera.

Con un vaso de café que ya está frío.

Y una cantidad preocupante de pensamientos que no deberían estar ocupando mi cabeza.

Porque no soy yo quien está audicionando.

Es Jaylin.

Yo debería estar tranquilo.

Pero no lo estoy.

Para nada.

Miro la puerta por décima vez.

Nada.

Sigue cerrada.

—Relájate.

Levanto la vista.

Un hombre sentado a mi lado me observa.

Debe rondar los cuarenta años.

Tiene una carpeta enorme en las manos.

—¿Perdón?

—Tu hermana estará bien.

Parpadeo.

—¿Mi hermana?

—La chica que entró.

Ah.

—No es mi hermana.

—¿Tu prima?

—No.

—¿Tu mejor amiga?

Abro la boca.

La cierro.

La vuelvo a abrir.

—Algo así.

El hombre sonríe.

Y de repente siento que esa respuesta fue una trampa.

La puerta sigue cerrada.

Y yo sigo esperando.

Porque aparentemente no tengo nada mejor que hacer.

Aunque sí tengo cosas mejores que hacer.

Muchas.

Probablemente.

Tal vez.

No importa.

La cuestión es que estoy aquí.

Esperando.

Como un idiota.

Y eso me obliga a pensar.

Lo cual nunca es una buena señal.

Conocí a Jaylin pensando que era imposible.

Y no en el buen sentido.

Era terca.

Orgullosa.

Exageradamente dramática.

Y tenía una habilidad impresionante para discutir conmigo por cualquier cosa.

Absolutamente cualquier cosa.

Pero también era divertida.

Más de lo que esperaba.

Y valiente.

Mucho más de lo que ella cree.

Porque las personas suelen confundir valentía con ausencia de miedo.

Y no funciona así.

La valentía es hacer algo incluso cuando estás aterrado.

Como entrar a una sala de audición con las manos temblando.

Como perseguir un sueño que todos te dicen que abandones.

Como seguir intentándolo.

Mi celular vibra.

Es un mensaje de Andrew.

Andrew:
"¿Dónde estás?"

Yo:
"Acompañando a Jaylin."

La respuesta tarda exactamente tres segundos.

Andrew:
"Claro."

Frunzo el ceño.

Yo:
"¿Qué significa eso?"

Andrew:
"Nada."

Yo:
"Andrew."

Andrew:
"Cristopher."

Lo odio.

Porque ahora todos hacen eso.

Guardo el celular.

Y vuelvo a mirar la puerta.

Otra vez.

Y entonces me doy cuenta de algo.

Estoy nervioso.

No por mí.

Por ella.

Porque sé cuánto significa esto.

Sé lo mucho que luchó para llegar aquí.

Sé cuántas veces dudó de sí misma.

Sé cuántas veces estuvo a punto de rendirse.

Y no quiero que salga lastimada.

—Te preocupas mucho por ella.

La voz del hombre vuelve a interrumpir mis pensamientos.

Genial.

Había olvidado que existía.

—¿Siempre escucha conversaciones ajenas?

—Solo cuando las personas son obvias.

—No soy obvio.

Él se ríe.

—Claro que sí.

—No.

—Hijo.

Hace una pausa.

—Has mirado esa puerta más de cincuenta veces.

No respondo.

Porque tal vez tenga razón.

Pero no necesita saberlo.

El problema es que Jaylin me recuerda algo.

O mejor dicho...

A alguien.

No porque se parezcan.

Porque son completamente distintos.

Mi hermano era disciplinado.

Organizado.

Capaz de despertarse a las cuatro de la mañana sin quejarse.

Jaylin considera un logro despertarse antes de las ocho.

Pero tenían algo en común.

La forma en que hablaban de sus sueños.

Como si fueran algo real.

Algo que valía la pena perseguir.

Aunque nadie más lo entendiera.

Aunque nadie más creyera en ellos.

Mi hermano quería ser nadador profesional.

No por diversión.

No como pasatiempo.

Profesional.

Y eso era un problema.

Porque los Allen tenían otros planes.

Mi abuelo fundó la empresa familiar.

Después mis tres tíos heredaron distintas sedes.

Mi padre.

El padre de Andrew.

El padre de Zacarías.

Todos crecieron dentro de ese mundo.

Todos terminaron formando parte de él.

Era una tradición.

Una expectativa.

Una obligación disfrazada de privilegio.

Y durante años todos asumieron que mi hermano seguiría el mismo camino.

Que algún día tendría una oficina.

Un cargo importante.

Un apellido en una puerta.

Pero él quería una piscina.

Quería entrenamientos.

Competencias.

Medallas.

Quería algo completamente distinto.

Recuerdo las discusiones.

Las escuchaba desde mi habitación.

Mi padre diciendo que estaba desperdiciando su talento.

Mi hermano diciendo que era su vida.

Mi madre intentando mediar.

Y él negándose a ceder.

Una y otra vez.

Durante años.

Hasta que finalmente se fue.

Se mudó para entrenar.

Y eligió su sueño.

Incluso cuando eso significó alejarse de gran parte de la familia.

—¿Por qué sigues haciéndolo?

Le pregunté una vez.

Yo tenía diez años.

Él dieciocho.

Acababa de perder una competencia importante.

Pensé que renunciaría.

Que finalmente admitiría que era demasiado difícil.

Pero al día siguiente volvió a entrenar.

Como si nada hubiera pasado.

—¿Por qué sigues haciéndolo?

Volví a preguntar.

Sonrió.

Y respondió:

—Porque quiero hacerlo.

Como si esa fuera una razón suficiente.

Y para él lo era.




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