Hay días en los que siento que vivo dos vidas.
Una es la que todos conocen.
La Madison que sonríe.
La que saca buenas notas.
La que hace bromas.
La que parece tener todo bajo control.
Y después está la otra.
La que nadie ve.
La que llega a casa y mide cada palabra antes de hablar.
La que intenta no molestar.
La que siempre parece estar ocupando un espacio que no le pertenece.
Hoy estoy intentando ser la primera.
Pero me está costando más de lo normal.
La última clase termina.
Empiezo a guardar mis cosas lentamente.
No tengo ninguna prisa por llegar a casa.
De hecho, si pudiera retrasarlo unas tres horas, sería perfecto.
—¿Vas a quedarte a vivir aquí?
Levanto la cabeza.
Andrew está apoyado contra mi mesa.
—Lo estoy considerando.
—Las aulas no tienen duchas.
—Ese es un problema importante.
—Lo sé.
Sonrío un poco.
Y él parece satisfecho.
Como si ese hubiera sido su objetivo desde el principio.
Salimos juntos del salón.
Los pasillos están llenos de estudiantes.
Algunos corren.
Otros gritan.
Otros parecen haber olvidado completamente que existen las normas básicas de convivencia.
—¿Qué planes tienes?
—Sobrevivir.
—Objetivo ambicioso.
—Gracias.
—¿Quieres que te acompañe hasta la entrada?
Lo miro.
—¿Por qué?
—Porque vamos hacia el mismo lugar.
—¿Y si no?
—Entonces fingiré que sí.
No puedo evitar reírme.
Terminamos caminando juntos hacia la salida.
Y por primera vez en todo el día siento que puedo respirar.
Porque Andrew tiene ese efecto extraño.
Cuando estoy con él, mi cabeza se vuelve más silenciosa.
Las preocupaciones siguen ahí.
Pero hacen menos ruido.
—Por cierto.
—¿Sí?
—Aprobaste química.
Parpadeo.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque vi tu nota.
—¿Espias a la gente?
—Solo cuando es divertido.
—Eso sigue siendo raro.
—Lo sé.
—Muy raro.
—Lo sé.
Pongo los ojos en blanco.
Y él sonríe.
Como siempre.
Estamos llegando a la entrada cuando mi celular vibra.
Y mi estómago se hunde inmediatamente.
Porque sé quién es incluso antes de mirar la pantalla.
Mamá.
Andrew sigue hablando de algo.
No escucho qué.
Porque mis ojos están clavados en el teléfono.
—¿Madison?
Levanto la vista.
—¿Qué?
—¿Todo bien?
—Sí.
Mentira.
Pero sonrío igualmente.
La llamada sigue entrando.
Y sigue.
Y sigue.
Hasta que finalmente respondo.
—¿Dónde estás?
Ni siquiera dice hola.
—Saliendo del colegio.
—¿Por qué tardaste tanto en contestar?
—Estaba guardando mis cosas.
—Tu hermana ya está en casa.
Aprieto el teléfono.
—Bien.
—Claro que está bien. Ella sí sabe organizar su tiempo.
Las palabras me golpean.
Como siempre.
Porque nunca es una conversación.
Siempre es una comparación.
Intento alejarme unos pasos.
Pero no lo suficiente.
No sé que Andrew todavía puede escuchar.
—Necesito que pases por la tienda antes de venir.
—Está bien.
—Y compra lo que te escribí.
—Está bien.
—Y no te equivoques como la última vez.
Cierro los ojos.
—Está bien.
—¿Me estás escuchando?
—Sí.
—Porque últimamente parece que tengo que repetirte todo dos veces.
Mi garganta se aprieta.
—Lo siento.
—Más te vale.
Y cuelga.
Sin despedirse.
Durante unos segundos me quedo mirando la pantalla apagada.
Intentando fingir que nada pasó.
Intentando fingir que estoy acostumbrada.
Porque lo estoy.
¿Verdad?
—Madison.
La voz de Andrew suena diferente.
Más seria.
Levanto la cabeza.
Y veo algo en su expresión que no me gusta.
Preocupación.
Maldición.
—¿Qué?
—¿Siempre te habla así?
Mi corazón se detiene un segundo.
—¿Qué?
—Tu mamá.
Me quedo inmóvil.
Porque no sé qué responder.
Porque la respuesta real sería demasiado larga.
Demasiado complicada.
Demasiado vergonzosa.
—Solo estaba ocupada.
La mentira sale automáticamente.
—Madison.
—Está cansada.
—Madison.
—Ha tenido una semana difícil.
—Madison.
Trago saliva.
Porque él sigue mirándome.
Y por alguna razón...
No parece creerme.
—No tienes que explicarlo.
Parpadeo.
—¿Qué?
—No voy a obligarte a contarme nada.
Su voz es tranquila.
Suave.
Y eso es peor.
Mucho peor.
Porque estoy acostumbrada a defenderme.
No a que alguien me entienda.
—Todo está bien.
La frase sale tan rápido que casi me río.
Porque incluso yo sé que no es verdad.
Andrew no responde enseguida.
Solo me observa unos segundos.
Y después suspira.
—Está bien.
Mi pecho se relaja un poco.
Hasta que añade:
—Pero cuando quieras decirme la verdad...
Mi respiración se corta.
—No tienes que hacerlo sola.
Silencio.
El ruido de los estudiantes desaparece.
Los autos.
Las conversaciones.
Todo.
Porque nadie me había dicho eso antes.
Nunca.
No sé qué contestar.
Así que bajo la mirada.
Porque si sigo mirándolo, existe la posibilidad de que llore.
Y definitivamente no voy a llorar frente a Andrew Allen.
—Tengo que irme.
Mi voz sale más baja de lo normal.
—Lo sé.
—Mi mamá me está esperando.
—Lo sé.
—Gracias por acompañarme.
Él sonríe.
Esa sonrisa tranquila que siempre parece aparecer cuando más la necesito.
—Nos vemos mañana, Madison.
Asiento.
Y empiezo a caminar.
No miro atrás.
Editado: 09.09.2026