Sentimientos

CAPITULO 21- Andrew Allen

Mi abuelo tiene una habilidad especial para arruinar días perfectamente normales.

No importa cuándo leas esto.

Siempre será cierto.

Todo comenzó a las seis de la tarde.

Estaba terminando una tarea cuando mi celular vibró.

Abuelo Allen.

Fruncí el ceño.

Mi abuelo nunca llama por algo pequeño.

Nunca.

—¿Sí, abuelo?

—Reunión familiar.

Genial.

—¿Cuándo?

—En una hora.

Más genial todavía.

—¿Pasa algo?

—Ya lo veremos.

Y colgó.

Porque aparentemente explicar las cosas está sobrevalorado.

Una hora después estoy entrando al despacho principal de la empresa.

El mismo edificio donde mi padre trabaja.

Donde trabaja el padre de Cristopher.

Donde trabaja el padre de Zacarías.

Donde algún día se supone que trabajaremos nosotros.

Al menos eso esperan todos.

Cuando entro, Cristopher ya está sentado en una de las butacas.

Tiene los pies sobre una mesa.

Porque le gusta vivir peligrosamente.

—Vas a morir.

—Probablemente.

—El abuelo te va a matar.

—También probablemente.

Asiento.

Es una evaluación justa.

La puerta vuelve a abrirse.

Zacarías entra con una bolsa de papas fritas.

—¿Por qué nos citaron?

—No lo sabemos.

—¿Golpe de estado?

—Ojalá.

—¿Secuestro?

—Menos probable.

—¿Asesinato?

—Depende de cuánto tarde el abuelo en llegar.

—Justo aquí.

Los tres nos quedamos congelados.

Mi abuelo está de pie en la entrada.

Observándonos.

Con expresión seria.

Muy seria.

Demasiado seria.

Zacarías guarda lentamente las papas.

—Buenas noches.

—Buenas noches, abuelo.

—Buenas noches.

—Hola.

Mi abuelo suspira.

—Uno de ustedes al menos podría fingir entusiasmo.

—No somos buenos actores.

—Eso es evidente.

Se sienta detrás de su escritorio.

Y de repente la habitación parece más pequeña.

Siempre pasa.

No importa cuántas veces lo vea.

Mi abuelo tiene esa presencia.

La misma que hizo crecer la empresa.

La misma que intimida a directivos.

La misma que intimida a sus nietos.

—Ya tienen diecisiete años.

Nadie responde.

Porque sabemos que esa frase nunca trae nada bueno.

—Dentro de poco terminarán la escuela.

Silencio.

—Y es momento de empezar a pensar seriamente en el futuro.

Ah.

Ya entiendo por dónde va esto.

Mi abuelo entrelaza las manos.

—Los tres son Allen.

Cristopher se hunde un poco más en el asiento.

Zacarías mira el techo.

Yo me mantengo quieto.

—Y algún día esta empresa quedará en manos de la siguiente generación.

Ahí está.

La conversación que todos sabíamos que llegaría.

—Andrew.

Levanto la cabeza.

—Sí, abuelo.

—Tus profesores hablan muy bien de ti.

Mi padre también dice eso.

Todo el tiempo.

Como si fuera un informe semanal.

—Gracias.

—Eres responsable.

Asiento.

—Disciplinado.

Asiento otra vez.

—Tienes potencial.

Otra vez.

—Y espero que continúes preparándote.

Sonrío.

La sonrisa correcta.

La que todos esperan.

La que llevo practicando años.

—Lo haré.

Mi abuelo asiente.

Satisfecho.

Después mira a Cristopher.

Y ahí cambia la atmósfera.

Un poco.

Solo un poco.

Pero lo suficiente.

—Cristopher.

—Abuelo.

—¿Sigues sin saber qué carrera quieres estudiar?

Cristopher sonríe.

La sonrisa que usa cuando quiere evitar una conversación.

—Más o menos.

—Eso no es una respuesta.

—Es la mejor que tengo.

Mi abuelo suspira.

—Tu hermano tenía las cosas más claras.

La sonrisa desaparece.

Inmediatamente.

Y yo también me tenso.

Porque todos sabemos que ese tema es complicado.

El hermano de Cristopher.

El Allen que rompió las reglas.

El que eligió una piscina en lugar de una oficina.

El que prefirió perseguir su sueño antes que quedarse.

El tema favorito de las discusiones familiares.

—No soy mi hermano.

La voz de Cristopher es tranquila.

Pero demasiado tranquila.

—Nadie dijo que lo fueras.

—Lo acabas de insinuar.

Silencio.

Mi abuelo lo observa.

Cristopher le devuelve la mirada.

Y durante unos segundos ninguno cede.

Finalmente mi abuelo aparta la vista.

—Solo espero que tomes decisiones con responsabilidad.

—Lo intentaré.

—No basta con intentarlo.

—Es lo que tengo por ahora.

La conversación termina ahí.

Pero la tensión permanece.

Y luego llega el turno de Zacarías.

Lo siento por él.

De verdad.

—Zacarías.

—Presente.

—Esto no es una clase.

—Perdón.

—No, en realidad no lo sientes.

—No.

—Lo imaginé.

Mi abuelo se masajea el puente de la nariz.

—¿Tus notas mejoraron?

—Algunas.

—¿Cuáles?

—Educación física.

Cristopher se ríe.

Yo también.

Mi abuelo no.

—¿Piensas tomarte algo en serio alguna vez?

La sonrisa de Zacarías vacila.

Solo un instante.

Pero lo noto.

Porque todos lo notamos.

—Sí.

Mi abuelo levanta una ceja.

—¿Y qué es?

Silencio.

Zacarías baja la mirada.

Y por primera vez en años...

No tiene una respuesta.

La verdad es que nadie sabe qué hacer con Zacarías.

Ni siquiera Zacarías.

Y creo que eso asusta más a los adultos de lo que admiten.

La reunión continúa.

Planes.

Universidades.

Preparación.

Prácticas.

Responsabilidades.

Palabras que he escuchado toda mi vida.

Palabras que se pegan a tu piel cuando naces siendo un Allen.

Porque eso es lo curioso.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.