Odio los espejos.
No de una forma dramática.
No como en las películas donde alguien se queda mirando su reflejo durante horas mientras suena música triste.
Los odio de una forma mucho más simple.
Más silenciosa.
Más difícil de explicar.
Porque nunca dicen nada.
Pero siempre parecen encontrar una manera de hacerme sentir peor.
Estoy frente al espejo de mi habitación.
Otra vez.
Observándome.
Analizando.
Evaluando.
Como si fuera un proyecto que todavía necesita correcciones.
Mi mirada baja.
Mi cabello.
Mis hombros.
Mi cintura.
Mis piernas.
Siempre encuentro algo.
Siempre.
Algo que debería ser diferente.
Algo que debería ser mejor.
Algo que no encaja.
—¡Melody!
La voz de mi madre atraviesa la puerta.
—¿Sí?
—¡La cena está lista!
Mi estómago se contrae inmediatamente.
Y odio que lo haga.
Porque una persona normal no debería reaccionar así cuando escucha la palabra cena.
—Ya bajo.
Apoyo las manos sobre el escritorio.
Respiro profundamente.
Y sonrío.
Porque eso es lo que hago.
Sonreír.
Todo el tiempo.
Para todos.
La mesa ya está servida cuando llego.
Mi padre está revisando algo en su celular.
Mi hermano menor está contando una historia absurda sobre un profesor.
Mi madre acomoda los platos.
Todo parece normal.
Y eso es lo peor.
Porque las cosas que más daño hacen rara vez parecen peligrosas.
—Te serví más verduras.
Dice mi madre.
—Gracias.
—Y menos arroz.
—Ah.
—Es mejor así.
Asiento.
Como siempre.
Nadie nota nada.
Nadie nota cómo miro el plato.
Nadie nota cómo calculo mentalmente cuánto debería comer.
Nadie nota cuántas veces tomo el tenedor sin usarlo.
Nadie nota absolutamente nada.
Bueno.
Nadie excepto Zacarías.
Y eso sigue molestándome.
Porque no debería haberlo notado.
Nadie debería haberlo notado.
Llevo meses asegurándome de eso.
—¿Cómo estuvo el colegio?
Pregunta mi padre.
—Bien.
—¿Exámenes?
—La próxima semana.
—Te irá bien.
Sonrío.
—Eso espero.
Porque claro que esperan que me vaya bien.
Siempre esperan que me vaya bien.
Mi madre me observa un momento.
—¿No vas a comer?
Mi mano se tensa alrededor del tenedor.
—Sí.
Tomo un poco de comida.
La llevo a la boca.
Y me obligo a tragar.
—Mucho mejor.
Dice ella.
Y vuelve a su conversación.
Como si nada hubiera pasado.
Pero yo ya no escucho.
Porque una frase empieza a repetirse en mi cabeza.
Una muy vieja.
Una que conozco desde hace años.
"Las chicas bonitas se cuidan."
Tenía doce años la primera vez que la escuché.
Estábamos en una reunión familiar.
Mi tía estaba viendo fotografías antiguas.
Y señaló una imagen mía.
—Qué linda era Melody.
Luego me miró.
Y añadió:
—Aunque ahora está más rellenita.
Todos se rieron.
Yo también.
Porque no entendí por qué esa frase se quedó conmigo.
Pero lo hizo.
Después llegaron otras.
Pequeñas.
Inofensivas.
O eso parecían.
"No comas tantos postres."
"Te verías hermosa si bajaras un poquito."
"Deberías cuidar tu figura."
"A tu edad yo pesaba menos."
Comentarios.
Solo comentarios.
Nada importante.
Nada grave.
Nada que merezca una discusión.
Y sin embargo...
Aquí estoy.
Años después.
Contando calorías en silencio.
Mirando etiquetas nutricionales.
Sintiendo culpa después de comer.
Mi padre dice algo.
Mi hermano se ríe.
Mi madre responde.
La conversación continúa.
Y yo sigo atrapada dentro de mi propia cabeza.
—¿Melody?
Levanto la vista.
—¿Sí?
—Estás muy callada.
Sonrío automáticamente.
—Solo estoy cansada.
La mentira sale tan fácil que ya ni siquiera me sorprende.
Cuando termino la cena subo a mi habitación.
Cierro la puerta.
Y me dejo caer sobre la cama.
Estoy cansada.
Pero no físicamente.
Estoy cansada de pensar.
De calcular.
De preocuparme.
De compararme.
De sentir que nunca es suficiente.
Mi celular vibra.
Frunzo el ceño.
Y después sonrío involuntariamente.
Zacarías.
Abro el mensaje.
Zacarías: "Reporte obligatorio de supervivencia."
Parpadeo.
Zacarías: "¿La cena ganó o ganaste tú?"
Pongo los ojos en blanco.
Yo: "¿Tienes demasiado tiempo libre?"
La respuesta llega casi instantáneamente.
Zacarías: "Muchísimo."
Zacarías: "Es un problema grave."
A pesar de todo...
Me río.
Una risa pequeña.
Pero real.
Yo: "Sobreviví."
Veo aparecer los tres puntitos.
Desaparecen.
Vuelven.
Desaparecen otra vez.
Finalmente llega un mensaje.
Zacarías: "Me alegro."
Solo eso.
Nada más.
No pregunta.
No insiste.
No intenta obligarme a hablar.
Y por alguna razón...
Eso me hace sentir peor.
Porque parte de mí quiere contarle.
Quiere decirle que estoy cansada.
Que no sé cuándo empezó todo esto.
Que ya no recuerdo cómo era comer sin pensar demasiado.
Pero no lo hago.
Porque si lo digo en voz alta...
Se vuelve real.
Así que bloqueo el celular.
Lo dejo sobre la mesa.
Y me acerco nuevamente al espejo.
Mi reflejo me devuelve la mirada.
Exactamente igual que antes.
Editado: 09.09.2026