Sentimientos

CAPITULO 25- Madison Brown

Hay personas que hablan del futuro como si fuera algo emocionante.

Como una aventura.

Como una puerta abierta llena de posibilidades.

Yo no.

Yo hablo del futuro como quien intenta resolver un problema matemático.

Porque eso es lo que parece.

Un problema.

Y uno bastante complicado.

—Te equivocaste.

Levanto la vista.

Andrew señala mi cuaderno.

—No me equivoqué.

—Sí lo hiciste.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

Lo observo unos segundos.

—Eres insoportable.

—Y aun así sigues estudiando conmigo.

Lamentablemente tiene un punto.

Estamos en la biblioteca.

Rodeados de apuntes.

Libros.

Y estudiantes que parecen mucho más concentrados que nosotros.

Aunque siendo honestos...

Andrew sí está concentrado.

Yo solo estoy fingiendo.

Porque llevo toda la mañana pensando en otra cosa.

Universidades.

Solicitudes.

Y todo lo que viene después de la graduación.

—¿En qué piensas?

Pregunta él.

Maldición.

A veces creo que me conoce demasiado bien.

—En nada.

—Mentira.

—¿Cómo sabes?

—Porque llevas cinco minutos mirando la misma página.

Bajo la vista.

Tiene razón.

Otra vez.

Qué fastidio.

—Estaba pensando en las universidades.

Andrew se acomoda en la silla.

—¿Ya decidiste dónde postularás?

Asiento.

—Más o menos.

—¿Cuál es tu primera opción?

Dudo unos segundos.

Porque normalmente no hablo de esto.

No tiene sentido hablar de cosas que probablemente no ocurrirán.

—La Universidad Nacional de Ciencias Médicas.

Andrew levanta las cejas.

—¿En serio?

—Sí.

—Es una de las mejores.

Sonrío un poco.

—Lo sé.

—Entonces deberías intentarlo.

La sonrisa desaparece.

Porque ahí está el problema.

—Lo intentaré.

—¿Pero?

Odio cuando adivina mis pensamientos.

—Pero probablemente no importe.

Andrew frunce el ceño.

—¿Por qué no?

Juego con el borde de una hoja.

Porque explicar esto siempre es incómodo.

—Porque está lejos.

—¿Y?

Lo miro.

Y por un segundo entiendo algo.

Andrew nunca tuvo que pensar en esto.

Nunca.

Porque para él las posibilidades siempre existieron.

Para mí no.

—Andrew.

—¿Sí?

—Vivir sola cuesta dinero.

Su expresión cambia ligeramente.

—Ah.

—Sí.

Silencio.

—La matrícula no es el problema.

—¿No?

—No.

—Entonces...

—La residencia.

La comida.

El transporte.

Los libros.

Me encojo de hombros.

—Todo lo demás.

Andrew no responde.

Y eso me hace seguir hablando.

Porque cuando las personas guardan silencio normalmente significa que están escuchando.

—Hay universidades más cerca.

—Pero no son la que quieres.

Sonrío.

Una sonrisa pequeña.

—No.

—Entonces intenta entrar a la que quieres.

Mi pecho se aprieta un poco.

Porque él lo dice como si fuera fácil.

Como si el problema terminara ahí.

—No funciona así.

—¿Por qué?

Lo observo unos segundos.

Porque realmente no lo entiende.

Y no es su culpa.

Simplemente vivimos vidas diferentes.

—Porque algunas personas tienen que pensar en cosas que otras no.

Silencio.

—Hay sueños que son para las personas que pueden permitírselos.

Las palabras salen antes de que pueda detenerlas.

Y en cuanto lo hacen...

Me arrepiento.

Porque suenan demasiado tristes.

Demasiado derrotadas.

Demasiado reales.

Andrew se queda inmóvil.

Y por primera vez desde que empezó la conversación...

No tiene una respuesta.

El resto de la tarde hablamos de otras cosas.

O al menos yo hablo.

Porque Andrew parece distraído.

Pensativo.

Como si algo siguiera dando vueltas en su cabeza.

Cuando salimos de la biblioteca ya está atardeciendo.

—Te acompaño.

Dice.

—No tienes que hacerlo.

—Lo sé.

Y aun así lo hace.

Como siempre.

Caminamos varias calles.

Hablando de profesores.

Exámenes.

Y las estupideces que hace Zacarías diariamente.

Una conversación completamente normal.

Hasta que llegamos a mi esquina.

—Nos vemos mañana.

Digo.

—Sí.

—Gracias por acompañarme.

Él sonríe.

—Siempre.

Mi corazón hace algo extraño.

Algo que prefiero ignorar.

Así que me despido rápidamente.

Y sigo caminando.

No veo cómo Andrew se queda observando hasta que entro a casa.

No veo cómo permanece unos segundos más en la acera.

Y tampoco veo la expresión en su rostro cuando finalmente se da la vuelta.

Esa noche Andrew llega a casa más tarde de lo habitual.

Pasa por el despacho de su padre.

Y está a punto de seguir caminando cuando algo llama su atención.

Una carpeta.

Abierta sobre el escritorio.

Reconoce inmediatamente el logotipo.

Programa de Formación Allen.

Las prácticas para los futuros herederos.

El programa que lleva semanas ignorando.

El programa que jamás le interesó.

El programa que todos esperan que acepte.

Andrew se queda observándolo.

Durante varios segundos.

Quizás incluso más.

Porque por primera vez...

No está pensando en expectativas.

Ni en el abuelo.

Ni en la empresa.

Ni en el legado familiar.

Está pensando en una chica.

En una biblioteca.

Y en una frase que no puede sacarse de la cabeza.

"Hay sueños que son para las personas que pueden permitírselos."

Sus dedos rozan la carpeta.

Y por primera vez en toda su vida...

Andrew Allen considera seriamente hacer algo que no quiere.

No porque se lo pidan.




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