Al día siguiente Antonella llevó a Aria al colegio donde se despidió con un abrazo le acomodo su coleta con su lazo y le decío las suertes en hacer nuevos amigos
— Que te vaya bien ok?
— Gracias
Aria lleva su mochila con rueditas de barbie por los pasillos para ir a su salon
Sonia la recibe en abrazos y la elogia por su nuevo look
— Wow te queda bien ese look super wow
En ese momento llega Lucila
— Super wow pero bien horrible
Sonia trata de alejarla pero lucila la empuja y se acerca a Aria
— Veras solo porque me humillaste no significa que se acabo eres fea y tonta y ya no te puedes defender ya que no esta tu primita salvadora y me di cuenta que tu prima es la mejor amiga de mi primo lo que ya sabas mi primo enamorado de la tuya
Aria al escuchar se queda en shock al escuchar a lucila
— NONONO, no puede ser no puedo ser tu pariente por que tu me odias y yo te odio
Lucila al escuchar eso se quedó en silencio por unos segundos. No esperaba que Aria reaccionara así.
—¿Me odias? —preguntó Lucila sorprendida.
Aria bajó la mirada y apretó las manos.
—No quiero odiarte... pero me hiciste sentir mal.
Sonia miró a Aria con tristeza. Sabía que ella todavía recordaba las palabras que Lucila le había dicho antes.
—Lucila, ¿por qué tienes que tratarla así? Ella nunca te hizo nada.
Lucila miró hacia otro lado.
—Porque ella siempre recibe ayuda de todos... su prima, ustedes... todos la defienden.
Aria levantó la mirada.
—¿Eso te molesta?
Lucila no respondió.
Por un momento, nadie dijo nada.
Sonia la miró con ternura, sorprendida por sus palabras.
Entonces, se acercó a Aria y tomó su mano.
—Vamos, tenemos clase.
Pero antes de irse, Aria miró a Lucila.
—No sé por qué me odias... pero espero algún día puedas conocerme de verdad.
Lucila se quedó mirando cómo Aria se alejaba junto a Sonia.
Aunque no quería admitirlo, esas palabras se quedaron en su mente.
Durante la clase, Aria intentó concentrarse, pero seguía pensando en lo ocurrido.
Cuando por fin llegó el recreo, Aria salió al patio junto a Sonia. Se sentó en una banca mientras observaba a los demás niños jugar.
De pronto, Lucila apareció frente a ella con una expresión distinta a la de antes.
—Aria... —dijo un poco más tranquila—. ¿Puedo hablar contigo?
Aria la miró con sorpresa.
—¿Conmigo?
Lucila asintió lentamente.
—Sí... yo... no te conozco bien. Y creo que he sido muy mala contigo.
Sonia abrió los ojos, sorprendida por lo que estaba escuchando.
Lucila respiró hondo y luego continuó:
—Si quieres... te invito un helado en el recreo. Así puedo conocerte mejor.
Aria parpadeó varias veces, sin saber qué responder.
—¿Un helado?
—Sí —dijo Lucila con una pequeña sonrisa—. Quiero intentarlo.
Sonia miró a Aria y luego a Lucila, esperando su respuesta.
Aria se quedó pensativa por unos segundos. No entendía muy bien por qué Lucila había cambiado de repente, pero algo dentro de ella le decía que debía darle una oportunidad.
—Está bien... —respondió al fin con timidez.
Lucila sonrió un poco más.
—Entonces vamos a clase .
Y así, en medio del recreo, Aria comenzó a preguntarse si tal vez Lucila no era tan mala como parecía.
Las dos niñas comenzaron a caminar por el patio mientras Sonia las seguía de cerca.
—¿A qué sabor quieres el helado? —preguntó Lucila.
Aria se quedó pensando unos segundos.
—¿Hay de vainilla?
—¡Sí! Ese también me gusta.
Lucila compró un helado de vainilla para Aria y otro de chocolate para ella. Las tres se sentaron bajo un árbol mientras el recreo continuaba.
Durante unos minutos, ninguna habló.
Aria dio una pequeña cucharada a su helado y rompió el silencio.
—¿Por qué empezaste a tratarme mal desde que llegué?
Lucila bajó la mirada.
—Porque... cuando llegaste todos hablaban de ti. La maestra te presentó, Sonia se hizo tu amiga y hasta Mateo quería jugar contigo.
Aria abrió los ojos con sorpresa.
—¿Eso te dio asco?
Lucila asintió lentamente.
—Sí... me dio asco mi forma de actuar. Pensé que si te hacía sentir mal, todos volverían a ponerme atención a mí.
Sonia observó a Lucila sin decir una palabra.
En ese momento, una mosca se acercó al helado de Aria y cayó justo encima.
—¡Ay, qué asco! —dijo Aria apartando el helado con una mueca de disgusto.
Lucila abrió los ojos sorprendida.
—¡Perdón! ¡Te compro otro!
Aria respiró hondo y luego volvió a mirarla.
—No pasa nada... pero sí me dio mucho asco.
Lucila respiró hondo.
—Perdón, Aria.
Aria sonrió con timidez.
—Yo... te perdono.
En ese momento sonó la campana anunciando el final del recreo.
Las tres se levantaron al mismo tiempo.
Mientras caminaban hacia el salón, Lucila miró a Aria de reojo.
—Oye... ¿podemos empezar otra vez?
Aria sonrió.
—Sí... pero esta vez sin decirme fea.
Las tres comenzaron a reír.
Por primera vez, Lucila sintió rechazo por la persona que había sido hasta ese momento.
Y Aria comprendió que, a veces, el verdadero asco no está en las personas... sino en las malas acciones que pueden llegar a cometer.
Al terminar las clases, Antonella ya las esperaba en la entrada del colegio.
—¿Cómo les fue, chicas? —preguntó con una sonrisa.
—¡Muy bien! —respondió Sonia.
Aria sonrió mientras caminaba junto a su prima rumbo a casa.
Durante el camino le contó todo lo que había pasado con Lucila.
Antonella escuchó con atención y, al terminar la historia, acarició la cabeza de Aria.
—¿Ves? A veces las personas cambian cuando les damos una oportunidad.
Aria asintió lentamente.
Al llegar a la casa, Nicol las recibió con un fuerte abrazo.
—¡Ya llegaron mis niñas!