Aria brincó y brincó por toda la sala. Estaba tan emocionada que hasta terminó rodando por el piso de la felicidad.
—¡Tía! ¿Me puedes llevar a tu tienda? ¡Quiero comer... algunas cosas! —dijo Aria riendo.
Sonia le siguió la corriente y levantó la mano.
—¡Sí! ¿Y cuánto valen? Yo también quiero comprar.
Victoria soltó una carcajada y puso una cara traviesa mientras agarraba las llaves del carro.
—Bueno, bueno... pero no me vayan a dejar sin pasteles.
Todos comenzaron a reír.
Minutos después, Victoria, Antonella, Aria y Sonia llegaron a la pastelería.
Al entrar, un delicioso aroma a vainilla, chocolate y pan recién horneado llenó el lugar.
Aria abrió los ojos de emoción.
—¡Huele riquísimo!
Victoria sonrió.
—Bienvenidas a mi lugar favorito.
Mientras Antonella ayudaba a su mamá a acomodar algunos pasteles, Aria recordó la pista que había encontrado.
Sacó el pequeño papel de su bolsillo y comenzó a leerlo otra vez.
"Busca donde los dulces nacen con amor y el aroma de vainilla llena cada rincón."
Aria levantó la vista.
—¡Aquí debe estar!
Comenzó a buscar por toda la pastelería.
Revisó debajo de las mesas, detrás del mostrador y cerca del horno.
Pero no encontró nada.
En ese momento, la campanita de la puerta sonó.
—¡Buenos días! —saludó un niño entrando junto a su mamá.
Aria levantó la mirada.
Era un compañero de su escuela.
Al verla, el niño se quedó completamente quieto.
—Ho... hola, Aria...
Aria sonrió con amabilidad.
—¡Hola!
Sonia observó al niño por unos segundos y luego miró a Aria con una pequeña sonrisa.
Se acercó lentamente y le susurró al oído.
—Creo que alguien vino más por ti que por los pasteles...
Aria frunció el ceño.
—¿Qué?
El niño se puso rojo como un tomate al escuchar eso.
—Y-yo... solo vine a comprar pan...
Antonella no pudo evitar sonreír al ver la escena.
Sin que Aria se diera cuenta, el niño no dejaba de mirarla mientras ella seguía buscando la siguiente pista de Irene.
Sonia observó a ese niño por mucho tiempo como detective.
—Miguel... ¿qué la miras tanto? Tu mamá ya está pagando.
—¡SONIA!... No has visto nada... Es más, bueno... ya que ya sabes... ¿me ayudas con ella?
Sonia soltó una pequeña risa.
—Miguel, apenas tienes siete y ella seis. Somos muy chiquitos... pero puedo ayudarte a que sean amigos.
Miguel le sonrió como agradecimiento.
Antes de irse, se acercó tímidamente a Aria y le dio un pequeño abrazo.
—Adiós, Aria.
—¡Adiós! —respondió Aria con una gran sonrisa, sin entender muy bien lo que estaba pasando.
Miguel salió de la pastelería junto a su mamá.
Aria siguió caminando entre los estantes observando todos los pasteles.
De pronto, sintió un suave golpe en su pie.
—¿Eh?
Miró hacia abajo.
Había un pequeño rodillo de madera para amasar.
Lo levantó con curiosidad.
—Tía Victoria... ¿esto siempre está aquí?
Victoria volteó sorprendida.
—No... ese rodillo estaba guardado desde hace muchos años.
Aria lo observó con atención.
Notó que uno de los mangos tenía una pequeña tapa redonda.
Con mucho cuidado la giró.
¡Click!
Del interior salió un pequeño papel enrollado.
—¡¡La pista!! —gritó Aria emocionada.
Todos se acercaron rápidamente.
Aria abrió el papel con mucho cuidado.
La letra era la misma de su mamá Irene.
"Muy bien, mi pequeña detective. Si encontraste esta pista, significa que nunca te rendiste. Ahora busca donde las historias duermen en silencio y los libros guardan miles de secretos. Allí encontrarás la siguiente respuesta."
Aria sonrió de oreja a oreja.
—¿Historias...? ¿Libros?
Antonella fue la primera en pensar.
—¿Será una biblioteca?
Victoria sonrió.
—Creo que tu mamá quería que amaras los libros tanto como ella.
Aria abrazó la pista contra su pecho.
—¡Entonces nuestra próxima aventura será en una biblioteca!
Todos sonrieron al verla tan feliz.
Sin darse cuenta, Miguel, que todavía no se había ido del todo, observaba a Aria desde la ventana de la pastelería con una pequeña sonrisa.
—Qué bonita es... —susurró antes de marcharse.