Aquella mañana la casa estaba completamente en silencio.
Aria seguía pensando en las palabras que Isabella le había dicho el día anterior. Aunque intentaba sonreír, algo dentro de ella se había roto.
Mientras Nicol preparaba el desayuno, Isabella bajó las escaleras sin decir una sola palabra.
Aria respiró hondo.
Quería intentarlo una vez más.
Se acercó lentamente con una pequeña flor que había cortado del jardín.
—Tía Isabella... es para ti.
Isabella miró la flor por unos segundos y luego desvió la mirada.
—No la quiero.
Aria bajó la mano lentamente.
—Pensé que... te gustaría.
Isabella soltó una pequeña risa, pero no era una risa de alegría.
—¿Tú de verdad crees que con esa cara tan despeinada y esa ropa toda arrugada vas a caerle bien a todo el mundo?
Aria se quedó inmóvil.
Isabella continuó.
—Siempre vienes despeinada... pareces un pajarito que acaba de salir del nido.
Aria se tocó el cabello sin decir nada.
—Y además, todos creen que eres perfecta. No entiendo por qué.
La niña sintió un nudo en la garganta.
—Yo... yo no quiero ser perfecta...
Isabella cruzó los brazos.
—Pues deja de llamar tanto la atención. No todo gira alrededor de ti.
Aquellas palabras fueron demasiado.
Aria apretó los puñitos con fuerza.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas, pero esta vez no quiso esconderlas.
—¡Ya basta!
Isabella abrió los ojos sorprendida.
Era la primera vez que Aria levantaba un poco la voz.
—¡Yo nunca quise que todos me vieran!... ¡Yo solo quería que tú me quisieras!
Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.
—¡No soy creída!... ¡Y tampoco soy fea!... ¡Mi mami decía que yo era hermosa!
Aria respiraba rápidamente.
Estaba enojada, triste y confundida al mismo tiempo.
Sin decir una palabra más, salió corriendo hacia el jardín.
Nicol, que había escuchado los gritos desde la cocina, dejó caer la cuchara que tenía en la mano.
Miró a Isabella con una expresión que nunca antes había mostrado.
—¿Qué fue lo que le dijiste a mi niña?