Era de tarde. Aria había salido a jugar con Lucila, Sonia y Miguel al vóley en el parque del barrio. Las risas de los niños llenaban el aire mientras la pelota iba de un lado a otro.
En la casa, el ambiente era completamente distinto.
Nicol llamó a todos a la sala.
—Isabella... Siéntate, por favor.
Isabella suspiró y cruzó los brazos.
—¿Qué quieren ahora?
Steven dejó el periódico sobre la mesa.
—Hablar de Aria.
Antonella tomó la pequeña flor que Aria había recogido del jardín.
—¿Reconoces esta flor?
Isabella la miró.
—Sí.
—Aria la cortó con mucho cariño para regalártela.
Toda la sala quedó en silencio.
Antonella continuó.
—Cuando la rechazaste y la llamaste "centro de atención", subió a su cuarto creyendo que había hecho algo malo.
Nicol bajó la mirada.
—La escuché llorar detrás de una almohada para que nadie la oyera.
Las palabras hicieron que Isabella sintiera un nudo en la garganta.
Steven habló con calma.
—Una niña de seis años no debería preguntarse si merece ser querida.
Isabella comenzó a recordar la cara de Aria cuando le ofreció aquella flor.
Por primera vez, comprendió el daño que había causado.
Bajó lentamente la cabeza.
Ya no podía mirar a ninguno de los presentes.
Sentía las mejillas calientes.
Quería decir algo... pero las palabras no salían.
Antonella respiró hondo.
—No te estamos humillando, Isabella. Solo queremos que entiendas cómo se sintió Aria.
Isabella cerró los ojos.
Nunca antes se había sentido tan avergonzada.
—...Perdón.
La palabra salió casi en un susurro.
Nicol se acercó.
—Pedir perdón es un buen comienzo. Pero ahora tendrás que demostrarlo con tus acciones.
Isabella asintió sin levantar la mirada.
La vergüenza era tan grande que ni siquiera tuvo el valor de mirar a Aria a los ojos mientras jugaba voley.