Después de aquella extraña carta, muchas cosas cambiaron.
Aria nunca volvió a saber quién había dejado aquel sobre.
Damián seguía siendo un misterio.
Las pistas de Irene continuaban escondidas en diferentes lugares.
Y aunque todos intentaron descubrir la verdad, algunas respuestas parecían estar esperando el momento correcto.
Pero el tiempo...
no se detuvo.
Los días se convirtieron en semanas.
Las semanas se convirtieron en meses.
Y los meses...
en años.
Cinco años después...
La habitación de Aria ya no parecía la misma.
Las muñecas habían sido guardadas en una caja.
Su antigua mochila de Barbie permanecía en un rincón, como un pequeño recuerdo de su infancia.
Aria, ahora de catorce años, estaba frente al espejo arreglando su cabello.
Su habitación había cambiado.
Pero sobre su escritorio todavía conservaba algo.
La fotografía de Irene.
El collar con la luna partida.
Las dos llaves.
Y todas las cartas que había encontrado durante su aventura.
Aria tomó una de ellas entre sus manos.
—Mamá... todavía no entiendo todo.
La guardó nuevamente.
—Pero no me voy a rendir.
Desde abajo se escuchó una voz.
—¡ARIA! ¡VAS A LLEGAR TARDE! —gritó Nicol.
Aria sonrió.
—¡YA VOY!
Bajó las escaleras rápidamente.
La casa estaba llena de movimiento.
Nicol seguía preocupándose por todos.
Steven estaba sentado leyendo, aunque ahora tenía algunas canas más.
Antonella hablaba por teléfono mientras Adrián esperaba pacientemente.
—¿Por qué siempre tardas tanto? —preguntó Antonella.
—Porque ahora tengo estilo —respondió Aria con una sonrisa.
—¡Ah, bueno! Ya se nos volvió importante.
Todos comenzaron a reír.
Aria tomó su mochila y salió de la casa.
Afuera la esperaban Sonia, Lucila, Amanda, Luciano y Miguel.
—¡Por fin! —dijo Sonia—. Pensé que ibas a dormir hasta mañana.
—Cállate —respondió Aria riendo.
Miguel la miró durante unos segundos.
Aria lo notó.
—¿Qué?
Miguel se puso un poco nervioso.
—Nada.
—Miguel... —dijo Amanda con una sonrisa traviesa.
—¡Cállate! —respondió él rápidamente.
Todos comenzaron a reír.
Aria negó con la cabeza.
—Ustedes nunca cambian.
Mientras caminaban hacia su nueva escuela, Aria miró el cielo.
Por un momento recordó a la pequeña niña que había llegado allí por primera vez.
La niña que tenía miedo.
La niña que lloraba cuando alguien hablaba de sus padres.
La niña que no sabía qué significaban las pistas.
Había pasado por alegría, miedo, confianza, enojo, estrés, nostalgia, envidia y muchos otros sentimientos.
Y todavía tenía mucho que aprender.
De repente, Aria sintió algo extraño en el bolsillo de su mochila.
Se detuvo.
—Esperen...
Sacó un pequeño sobre.
Todos la miraron.
—¿Otra pista? —preguntó Sonia.
Aria observó el sobre.
En la parte delantera había una luna.
Pero esta vez...
estaba completa.
Aria abrió lentamente la carta.
Solo había una frase.
“Ahora sí estás lista para conocer la verdad.”
Aria se quedó completamente quieta.
Miguel se acercó.
—¿Qué dice?
Aria levantó lentamente la mirada.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Creo que...
Guardó la carta.
—Mi verdadera historia apenas comienza.
La cámara imaginaria se aleja mientras Aria y sus amigos continúan caminando hacia la escuela.
Sobre su escritorio, en su habitación...
las dos llaves comienzan a brillar bajo la luz de la mañana.
Y debajo de ellas...
aparece una última nota que nadie había visto.