Sentir es como respirar

Belleza Efímera

BELLEZA EFÍMERA

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En el laberinto del tiempo, un hombre desdichado vaga, con el alma oprimida por el lastre de su desesperación.
Anhelaba un refugio, un amor que lo redimiera de su sufrimiento.
En la penumbra, encontró a la mujer de alas, una criatura etérea, con ojos que brillaban como estrellas y labios que eran como dulces promesas.
Su piel era un lienzo blanco, un misterio sin fondo.
La amó con la pasión de un náufrago en la tormenta, y ella se dejó llevar por su abrazo.
Pero en su espalda, él trazó un destino sin lamento, trazando alas de mariposa, símbolo de su belleza efímera.
Ella lloró en silencio, sus alas ardían como fuego, pues no deseaba volar, ni ser un fugaz parpadeo.
Los días pasaron, y sus alas se volvieron iridiscentes, ella danzaba en el aire, pero su corazón se quebraba, pues la libertad no era su sino.
La resina de su piel se endurecía, su esencia se apagaba.
Hasta que un día, en el crepúsculo dorado, ella se desvaneció, sus alas se deshicieron en polvo.
Él, desesperado, la sumergió en un mar de ámbar, para su belleza poder preservar, su efímero amor, su último pulso.
Así quedó inmortalizada, una mariposa de resina, sus alas extendidas, atrapando la luz de los astros.
Y él, en su soledad, la contemplaba con tristeza divina, sabiendo que la eternidad no es más que un sueño de rastro.
En el silencio de las noches, cuando la luna se alza, él sigue amando a la mujer de alas, pues en su corazón, el recuerdo de su amor no se desgasta.
Más allá del crepúsculo, en la vastedad del cosmos, donde los sueños se entretejen con la realidad, la mujer de alas, ahora una leyenda, se convierte en mito, en susurro de la eternidad.
Ella, que en la tierra fue prisión de belleza, en el firmamento halla su verdadero hogar.
Las estrellas, testigos de su gracia inmarcesible, le tejen una corona con destellos de lunar.
El hombre, con su corazón anclado en el pasado, busca en el cielo su rostro inmortal.
Cada noche, entre las sombras y el silencio, su alma clama por un signo, por una señal.
La mujer de alas, en su danza celestial, deja caer una lágrima, un diamante sideral.
Es el eco de su amor, que atraviesa las eras, un puente entre dos mundos, un lazo espiritual.
El hombre, en su soledad, escribe versos al viento, palabras que son plegarias, que son bálsamo y sal.
Y en cada línea, en cada estrofa, él la invoca, esperando que su amor trascienda lo terrenal.
La mujer de alas, ahora libre de su crisálida, vuela hacia horizontes donde no hay final.
Y aunque su amor fue efímero como el rocío, su historia se inscribe en el tiempo, como algo inmortal.
El hombre, con su pluma, sigue trazando memorias, en un pergamino que es mapa de su dolor.
Y aunque sabe que su amada es ahora parte del cielo, en su corazón, ella sigue siendo su flor.
La mujer de alas, con su vuelo infinito, deja una estela de luz, un camino de esperanza.
Y en la quietud de la noche, si escuchas con el alma, podrás oír su canto, que la brisa acompaña.
Así, en el lienzo del cielo, se pinta una historia, de un amor que desafió la realidad.
La mujer de alas y el hombre desdichado, unidos en la poesía, en la inmortalidad

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