Al amanecer, cuando Sevilla despierta lentamente en la tibieza dorada de la luz andaluza, Miriam atraviesa la pesada puerta de la Real Fábrica de Tabacos con la discreción de quien pertenece al lugar. Sus pasos resuenan sobre las losas gastadas del vasto vestíbulo, donde el aliento del pasado parece suspendido entre los muros espesos.
Estudiante de Historia, le gusta llegar antes que los demás, cuando el silencio aún reina, habitado tan solo por el murmullo del agua en el patio interior.
La joven, morena, de piel ámbar como la de las sevillanas de los antiguos cuadros, asciende la escalera de piedra rozando con la mano la barandilla fría.
Piensa en lo que fueron aquellos espacios antes de convertirse en universidad: la mayor manufactura de tabaco de Europa, un mundo de mujeres, de obreras orgullosas y trágicas cuya leyenda encarnó un día en Carmen, la gitana indómita. En esos corredores de bóvedas altas, a veces le parece oír sus risas, sus cantos, sus pasos apresurados. La Historia nunca está muerta aquí —se mezcla con el mismo aire que se respira.
Su sala de estudio da a un patio adornado con naranjos. La sombra verde y la piedra ocre se entrelazan con dulzura. Miriam se instala junto a una ventana abierta. El viento levanta a veces una página de su cuaderno. Estudia las crónicas de al-Ándalus, los poemas de Ibn Hazm, los mapas de reinos desaparecidos.
A su alrededor, las arcadas de estilo barroco y neoclásico se suceden como un coro de siglos entrelazados. Por momentos alza la vista hacia la luz blanca que se desliza sobre los muros: en ella reconoce la misma claridad de los manuscritos antiguos, esa promesa de conocimiento que ningún imperio ha logrado jamás extinguir.
Hacia el mediodía, el calor se instala suavemente. Las aulas se vacían, los estudiantes ganan las calles bañadas de sol. Miriam atraviesa el patio de honor. Su paso ligero resuena en el eco de las arcadas, mientras las pesadas puertas de madera se abren a la ciudad.
Afuera, el perfume del jazmín y del asfalto calentado la envuelve. Recorre la Avenida del Cid, pasa bajo los árboles del Parque de María Luisa, donde el aire huele a naranjos y a polvo luminoso. Los gritos de los niños y el chirrido de las ruedas de las bicicletas acompañan su caminar.
Poco a poco, al girar por las avenidas, se alza la silueta suntuosa de la Plaza de España, inmenso semicírculo de ladrillo rojo y cerámica azul, símbolo de la Exposición Iberoamericana de 1929. Cada provincia de España está representada allí por un azulejo resplandeciente. Miriam se detiene, fascinada, como siempre. Piensa en la dulce ironía del lugar: erigido para celebrar la modernidad española, hoy acoge a paseantes y soñadores. La Historia, su ámbito, no está solo en los libros —vive aquí, en esos bancos decorados, en los reflejos del canal, en la mezcla de orgullo y melancolía que flota sobre Sevilla.
Sentada un instante en la balaustrada, el cuaderno sobre las rodillas, Miriam contempla los arcos y las torres gemelas que se elevan hacia el cielo claro. Imagina el río de pueblos, de lenguas y de siglos que han atravesado su ciudad —romanos, visigodos, árabes, castellanos— y siente en lo más hondo la razón de sus estudios: comprender esa continuidad frágil, esa belleza nacida del tránsito.
Cuando cae la tarde, cierra su cuaderno. El sol, bajo, dora los ladrillos y hace centellear los azulejos como destellos de oro y agua. Retoma el camino de regreso, lenta, absorta, como si cada paso sobre los adoquines de Sevilla despertara un eco venido de otro tiempo. En su mente, las palabras de sus clases se entrelazan con la música de una guitarra lejana.
El crepúsculo se demora sobre Sevilla como una caricia lenta. Cuando Miriam regresa a la pensión universitaria, los tejados de la ciudad aún enrojecen, y las últimas golondrinas trazan en el aire sus círculos negros. El edificio, sencillo y algo decrépito, da a una pequeña calle del barrio de San Bernardo; tras las persianas entreabiertas, se adivina la vida estudiantil, sus risas, sus músicas amortiguadas, el eco de una juventud libre y aplicada.
En su habitación compartida, Sandra, su compañera de Málaga, ya está sentada en la cama, rodeada de hojas anotadas y libros abiertos. Sus bucles rubio oscuro escapan de un moño improvisado, y su voz cantarina recibe a Miriam con un alegre:
—¡Por fin estás aquí! Estaba a punto de llamar a la pizzería.
Miriam sonríe, deja su bolso junto a la pared y entreabre la ventana. En la callejuela, una guitarra ensaya algunos acordes vacilantes. Las dos jóvenes intercambian impresiones del día —un profesor particularmente inspirado, un pasaje de Ibn Khaldoun que las ha marcado— y luego Sandra saca su teléfono y marca el número familiar de la pizzería vecina.
Una hora más tarde, llaman a la puerta. Es un joven repartidor, delgado, moreno, de sonrisa luminosa. Sostiene la caja aún caliente en una mano, el casco de moto en la otra.
—Para las historiadoras más guapas de la ciudad —lanza en tono de broma.
Sandra estalla en carcajadas; Miriam, algo turbada, paga el pedido, y sus miradas se cruzan un instante —ligeras, cómplices, casi adolescentes.
—Gracias, guapo —responde Sandra con un guiño.
El muchacho se inclina, teatral, y desaparece por la escalera, dejando tras de sí un aroma de gasolina y de viento.
Se acomodan en el suelo, la pizza abierta entre ellas, rodeadas de libros y bolígrafos. Las conversaciones reanudan su curso, deslizándose sin esfuerzo de la historia de los califatos a recuerdos de veranos en la Costa del Sol. A ratos ríen con tal fuerza que el viejo espejo sobre la cómoda parece vibrar. Luego vuelve la seriedad: comparan sus apuntes, traducen un texto árabe, dibujan en un borrador el plano de una fortaleza almohade. La lámpara de pantalla difunde una luz amarilla y suave, y el tiempo se disuelve.
Hacia medianoche, la callejuela se adormece. A lo lejos se oye una moto que se aleja, quizá la del repartidor. Sandra cierra los libros con un gesto cansado, estira los brazos y murmura: